Enrique José
Varona
"Enrique
José Varona ante
la condición humana"
Pablo
Guadarrama González.
Datos
biográficos
Nace
en Santa María de Puerto Príncipe (Camagüey), Cuba el 13 de abril de
1849. Dirige la Revista de Cuba,
una de las de mayor prestigio intelectual de la época en el país. Se
vincula a la dirección del Partido Autonomista. Entre 1880 y 1883 dicta y
publica en La Habana sus célebres Conferencias
filosóficas sobre Lógica,
Psicología y Moral, En 1885 luego del fracaso de su gestión como
diputado ante las Cortes de España, rompe con el autonomismo por
desacuerdos respecto al tema de la abolición de la esclavitud y el tipo
de leyes que debían regir en Cuba. A partir de 1886 dirige la Revista
Cubana en la que publica numerosos trabajo de carácter filosófico,
literario, político y de divulgación científica.
A solicitud de Martí
en 1895 asume en New York la redacción del periódico
Patria órgano del independentista Partido Revolucionario Cubano.
Durante la intervención norteamericana en la guerra de Cuba contra España
en 1898, desempeña el cargo de Secretario de Hacienda y posteriormente de
Educación del gobierno norteamericano en la Isla.
Con el
establecimiento de la República en 1902 se dedica integralmente a su
labor como Catedrático de la Universidad de la Habana. Reedita sus
conferencias filosóficas actualizándolas con los avances del pensamiento
de inicio del siglo XX. Regresa a la política en 1906 y funda el Partido
Conservador Nacional. Asume la vicepresidencia de la República durante el
gobierno de Mario García Menocal entre 1913 y 1917. Frustrado por la
realidad política y social del país y condicionado también por el
estallido de la I Guerra Mundial, entra en un período de marcado carácter
escéptico que se plasma en sus aforismos de Con
el eslabón.
En 1923 preside en La Habana, a solicitud del líder
estudiantil comunista Julio Antonio Mella, el acto de fundación de la
Federación Estudiantil Universitaria (FEU). En los últimos años de su
vida abandonó su anterior escepticismo político y se convirtió en el
mentor optimista de la juventud cubana de los años veinte, especialmente
apoyando el movimiento de la Reforma Universitaria y en la lucha
revolucionaria que logra derrocar la dictadura de Gerardo Machado. Fallece
el 19 de noviembre de 1933 en Cuba, donde desarrolló básicamente su
labor.
Su obra filosófica
y su prestigio como escritor, crítico literario, periodista, orador, han
sido reconocidos tanto en Cuba como en otros países. Su labor pedagógica
dejó una significativa huella en los planes de estudio y en la política
educativa cubana de la primera mitad del siglo XX.
Concepciones de
Enrique José Varona sobre la condición humana
Las reflexiones
antropológicas de Varona se fueron modificando en dependencia de múltiples
factores condicionantes del pensamiento cubano del siglo XIX . Tras la
batida propiciada por Félix Varela a la escolástica y José de la Luz y
Caballero al eclecticismo la filosofía especulativa e idealista intentó
infructuosamente tomar alguna fuerza con el krausismo que encontraría
fuerte oposición en Varona (Monal, 2002: 35) . En la primera etapa de su
evolución intelectual, con marcada postura positivista sui generis (Guadarrama,
2001), fundamentalmente durante las dos últimas décadas del siglo XIX,
se mantuvo bajo la influencia de Spencer y afloran tempranamente sus ideas
filantrópicas y de estimulación de la solidaridad entre los hombres.
Esta actitud se mantendrá en definitiva, de un modo u otro, a lo largo de
toda su vida.
Sin embargo, a
principios del siglo XX, y en especial durante el período de crisis
existencial marcado por el estallido de la I Guerra Mundial y por su
frustración ante la corrupta vida de la naciente república cubana --al
abandonar en 1917 la vicepresidencia de la República hasta mediados de
los años veinte--, aparecieron en él con mucha frecuencia
manifestaciones de escepticismo, pesimismo y nihilismo en cuanto a la
condición humana, en las que se aprecia la impronta de Nietzsche (Varona,
1903: 66) y
hasta ciertas expresiones misantrópicas (Varona,1927). Tales ideas han
conducido a algunos investigadores a considerarlo como un escéptico creador (Camacho, 1949).
Sólo en los últimos
años de su vida parece recobrar su optimismo y confianza en la
posibilidad del progreso y el perfeccionamiento humano, plasmada en su
identificación con las luchas de la juventud y en las potencialidades del
pueblo.
Desde el inicio de
su labor intelectual había confiado en el enriquecimiento humano a través
de la educación y otras instituciones de la sociedad. Consideraba que ya
que no es posible la ciudad de Dios, al menos se debe tratar de lograr un
ser inteligente y bueno (Varona, 1883: 262). Y para lograrlo había que
estimular la sociabilidad y la solidaridad, pues “el hombre sólo es
hombre en el trato de sus semejantes, por eso sus emociones más gratas o
más dolorosas, las mejor definidas, las que dejan tras de sí una huella
más duradera se deben a la comunicación social” (Varona, 1905: 468).
Incluso consideraba que aunque las emociones tienen una base fisiológica
ante todo dependen del factor social. Y en otro momento sostendría que
“la ley de afinidad existe para los glóbulos hombres, como la ley de
afinidad para los glóbulos sangre [...] el hombre es un ser incompleto,
para sentirse completo necesita del hombre” (Varona, 1895a: 85). Pero
ante todo éste necesita de los avances de la ciencia, la técnica, y
otras conquistas de la modernidad, como la democracia, además de la
sociabilidad. Varona puso todo su empeño a lo largo de su vida en la
labor pedagógica (Varona,1961). Propugnaba:
“Que
se haga descansar toda la obra de nuestra enseñanza sobre una base
estrictamente científica, para que sea objetiva, experimental y práctica.
Hacer que el adolescente adquiera sus conocimientos del mundo, del hombre
y de la sociedad de un modo principalmente directo, y no de la manera
refleja que dan los libros y las lecciones puramente verbales, es preparar
a los hombres para la activa competencia a que obliga la multiplicidad de
relaciones de la vida moderna no espíritus para la especulación fantástica”.
(Varona, 1900: 9)
Y aspiraba a la
democratización de la enseñanza para que llegara a todos los sectores
sociales. “Monopolizar el saber --planteaba
en 1919-- resulta
tan perjudicial como monopolizar las utilidades” (Varona, 1919ª: 332).
Su confianza en la posibilidad de un progresivo y solidario mejoramiento
de la condición humana a través de la educación se observa al inaugurar
el curso de la Universidad de la Habana en 1903, cuando sostenía:
“Desde
la escuela a la universidad la necesidad, el propósito y el deber de los
profesores se concentran en formar hombres. Hombres que se sientan capaces
de actuar frente a la naturaleza, para sacar de ella las utilidades que le
permiten vivir y desarrollarse, que se sientan solidarios de sus
coasociados, para concurrir con ellos a la generosa empresa de hacer
mejor, más bella y noble la condición humana” (Varona, 1918:
37).
La preocupación por
el mejoramiento de la condición humana no sólo está presente en
momentos como estos cuando lo expresa en sus propios términos sino a lo
largo de toda su labor humanista y desalienadora (Guadarrama, 2002), que
se corresponde con la estos significativos elementos de la trayectoria del
pensamiento latinoamericano. Sin embargo, en 1921, en plena crisis de su
valoración de la naturaleza humana sostenía algo muy contrario a sus
anteriores opiniones al respecto:
“El
hombre ha inventado la máquina de vapor, el telégrafo, el bombillo eléctrico,
el teléfono, el fonógrafo, el aeroplano, ha suprimido la distancia, ha
suprimido el tiempo y el hombre es un estúpido. Enajena su libertad por
vivir en sociedad y se queda sin libertad y sin sociedad. A no ser que
llamemos asociación a la mutua explotación” (Varona, 1921: 8).
No obstante, durante
ese período de arraigado escepticismo intentó analizar la condición
humana con la mayor objetividad posible: “El hombre es imperfecto.
Palabrería. El hombre es como es. Pudiera ser de otro modo. Eso quiere
decir que puedes imaginártelo de otro modo; pero es como es. Pudiera
estar colocado en otras circunstancias. Eso quiere decir que puedes
idearlo en otro ambiente;
pero las cosas son como son. No hay salida.” (Varona, 1924: 207).
Las
ideas sobre la condición humana que prevalecen en este período de
principios del siglo XX en Varona, en verdad, resultan muy desfavorables.
Algunas de sus anteriores ideas críticas de la naturaleza humana, que habían
aflorado esporádicamente en la nueva etapa, se incrementan como la
siguiente: “La
generalidad de los hombres son unos autómatas que se imitan unos a otros,
lo mismo cuando obran que cuando piensan” (Varona, 1914: 129).
Recrudece
sus críticas a la crueldad del hombre para con sus semejantes. Sostiene
que la concepción del hombre bueno del pasado sólo existe en la fantasía
del historiador. ( Varona, 1919b: 143). Considera que: “como el hombre
es una fiera inteligente, es la peor de las fieras” (Varona, 1924: 203).
Y no duda en denominarlo “gorila repulido”, “orgulloso antropoide
reformado”. (Varona,1903: 228) Lo considera “ el desconcentrador, el
destructor, el hombre” (Varona,1921: 32), “un monstruo” (Varona, 1923:
198), que
“tiene la mentira” (Varona, 1919b: 359). Aun cuando son innegables
estas manifestaciones de cuestionamiento de las virtudes humanas por parte
de Varona en ese período
de su vida, resulta erróneo extrapolarlas y considerar que fueron nota
común a toda su concepción antropológica.
Varona insistió
mucho en la necesidad de la sociabilidad humana. La importancia que le
atribuye a los factores sociales en la determinación del hombre se
demuestra cuando plantea que la formación del individuo por el grupo
cambia en correspondencia con la extensión y cohesión del mismo, pero no
por eso es menos real que cuando se reducía a la horda primitiva. “En
este caso como en aquel caso, el individuo recibe de fuera la impresión
que la modela y se encuentra al cabo, pensando, queriendo y obrando como
su maestro anónimo e incógnito: la sociedad de su época”. (Varona,
1914: 115).
Para él “no es
posible concebir al hombre fuera del estado de sociedad porque carecería
de sentido” (Varona, 1914: 115). Esto implica que “sus estados
subjetivos se modelan sobre sus impresiones objetivas del orden social”,
aunque “no nos demos cuenta de esa dependencia, como no nos las damos
generalmente de que respiramos” (Varona, 1914: 105). Es por eso que
“aun este reducto de la individualidad la conciencia de un sabio, lo
vemos forzado por la influencia de la colectividad. Se refugia en su
pensamiento y encuentra allí mil huéspedes extraños; aquella idea que
le parece más propia es quizá mero préstamo de un acreedor incógnito”
(Varona, 1914: 127).
Las
reflexiones antropológicas de Varona siempre tomaron en consideración la
articulación entre los individuos, las personalidades y los pueblos.
Varona no acepta que la historia universal sea simplemente la que realizan
sólo los grandes hombres y se desconozcan los determinantes sectores
populares que participan en el progreso social. (Varona, 1884: 73).
Se opuso a la
exageración del papel del individuo en la historia. “Los hombres
superiores son útiles --sostenía--,
pero no indispensables. Los pueblos no deben esperar milenarios, ni Mesías
deben saber que el trabajo continuado de los pequeños es el que realiza
las obras colosales que luego se atribuyen a los grandes” (Varona, 1886:
87). A su juicio “los pueblos son los que labran su propio destino”(
Varona, 1933: 131):
“En
todo momento histórico hay algo siempre accidental que no conviene
confundir con lo permanente. Lo accidental son los hombres que representan
una situación. Lo permanente son las ideas que conforman un estado
social. Desde luego que las ideas no son entelequias como decía la vieja
escolástica, viven en el cerebro que las hospeda. No se puede prescindir
de los hombres que las abrigan y realizan; pero se debe tener presente que
todo hombre es efímero” (Varona, 1969: 10).
El determinismo
varoniano no implicaba que el hombre no pudiese actuar con entera
libertad. Desarrolla una comprensión dialéctica entre la necesidad y la
libertad, como había sido propio de otras grandes personalidades
latinoamericanas, entre ellas Bolívar y Martí, porque con acierto
plantea que el hombre, en la medida en que aumenta sus conocimientos sobre
la realidad, actúa con mayor libertad; por tal motivo le otorgaba tanta
importancia a la educación. Según Varona, “el hombre no puede por
tanto sustraerse al determinismo, pero sí puede en cierto modo educarlo y
guiarlo que es aquí vencerlo. No es un autómata, más para no serlo se
necesita cultivar tanto la inteligencia como el sentimiento: la educación
es su verdadera redentora” (Varona, 1905: 410). En realidad, sí concibe
al hombre actuando con libertad condicionado históricamente.
El determinismo
varoniano no conduce al fatalismo, porque valora correctamente el papel
del conocimiento en su función desmistificadora de la realidad. La
necesidad es objetiva, pero el hombre no se somete a ella como dócil
cordero, sino que la conoce y transforma en su praxis social, y Varona se
percató de ello al plantear: “El hombre no es libre, pero se hace libre, Empieza por obedecer, acaba por escoger, pero no
escoge por capricho, escoge determinándose” (Varona, 1905: 411). En sus
análisis sobre la evolución de la moral arribó a la correcta conclusión
según la cual una postura determinista absoluta significaba la negación
del valor de la acción moral. El hecho de que el hombre por medio del
conocimiento adquiriese grados de libertad, no significaba que se
emancipase por entero de las exigencias de la necesidad. Por esa razón
argumentaba:
“Enriqueciendo
la conciencia con experiencia y preceptos, depurando los sentimientos
escapa el hombre en la medida de lo posible al yugo de hierro de la
determinación, acto reflejo, y su actividad despojada de un automatismo
ciego, se espacia en tan diversas direcciones, por campos al parecer tan
limitados, que se siente, que se cree libre” (Varona, 1914: 265)
Incluso en momentos
de crisis de sus concepciones antropológicas, planteaba: “La sociedad
nos pone una camisa de fuerza --Cierto. Pero quítatela y verás. Ni
Polifemo con su ojo sano” (Varona, 1927: 3). Esto demuestra que en
general confió en que el hombre puede actuar con libertad en la medida en
que va conociendo las fuerzas naturales y sociales, así, de manera
consciente puede intervenir en el desarrollo de los acontecimientos y al
menos orientarlos de acuerdos con sus intereses.
Según él: “Ante
la naturaleza el hombre se siente pequeño. Pero si va hacia ella con
aliento y constancia logra penetrar sus secretos y dominarlos. Entonces
sus manos realizan milagros y de nuevo Cristo da luz a los
ciegos”(Varona, s.f: 432).
Aunque en
determinados momentos de la evolución filosófica de Varona,
especialmente en sus años de crisis, se observan ciertos rasgos de
escepticismo, en lo fundamental de su obra se identificó mucho más en
sentido general con el optimismo epistemológico. Consideró que el
conocimiento humano avanza a cada instante y las teorías científicas se
perfeccionan y se ajustan cada vez más a la realidad objetiva. Para él,
“ El hombre busca la verdad, porque necesita ajustar sus acciones a sus
conocimientos” (Varona, 1902: 7). Fue la confianza en el conocimiento
científico lo que fundamentó su fe en el progreso de la humanidad y la
confianza en que el hombre puede alcanzar la verdad como adecuada
correspondencia del pensamiento con la realidad.
Su postura empirista
mesurada descansa sobre la base de un optimismo epistemológico que se
enfrenta a todo subjetivismo, idealismo y espíritu metafísico. Esa misma
actitud es la que sirve de sostén a sus ideas evolucionistas y ateas
confluyentes con el materialismo filosófico, aunque crítico de las
trivializaciones de que este había sido objeto por parte de algunos de
sus representantes. Ese optimismo epistemológico se puso de manifiesto
cuando valoró los méritos de la teoría evolucionista y afirmó que
“siempre ha sido la primera que ha dicho al hombre; para conocerte a ti
mismo, para determinar el lugar que ocupas en la naturaleza, para
descorrer el velo de los orígenes, te basta a ti propio, te bastan tus métodos,
te basta tu ciencia” (Varona, 1883: 311).
El optimismo
epistemológico de Varona se fundamentaba en el criterio de que la
correspondencia de la acción humana con la búsqueda del “efecto ideado
y previsto” sobre la base de una adecuada observación del mundo
objetivo, conducía a la posesión de la verdad, la cual siempre, para que
fuese tal, tendría que tener un carácter y contenido objetivo, pues con
razón sostenía que “una verdad meramente subjetiva es una quimera”
(Varona, 1902:
56). Aunque el
filósofo cubano le otorgó merecida importancia a la fuente del
conocimiento en la experiencia, no desdeñó en modo alguno el decisivo
papel de la deducción lógica como camino imprescindible del conocimiento
humano.
Las preferencias de
Varona por el empirismo se justificaban por su identificación con el
cientificismo propio del positivismo. En la misma medida que
paulatinamente fue comprendiendo las limitaciones de esta postura filosófica,
así también tomó mayor distancia del reduccionismo empirista e insistió
en la necesidad de ir a un proceso de reconstrucción de algo tan esencial
al saber filosófico como es el método, que permite el adecuado
conocimiento del mundo si se aplican adecuadamente sus procedimientos, los
cuales posibilitan que “el espíritu empiece su tarea frente a la
naturaleza y la termine volviendo a la naturaleza” (Varona, 1902:
136-137).
No aceptó la
contraposición del dualismo cartesiano entre actos reflejos y actos sicológicos.
Tampoco se identificó con la teoría mecanicista del estímulo-reacción,
referida únicamente a los planos inferiores del sistema nervioso, ni
consideraba al individuo como un simple receptor pasivo de estímulos
exteriores. En este sentido otorgaba mayor reconocimiento al papel del
lado activo del sujeto en el proceso del conocimiento.
Criticó el
sensualismo: “por desconocer la actividad verdadera del sujeto convirtiéndolo
en una tabla rasa, llamado a repetir solamente los estímulos
exteriores” (Varona, 1880: 156). Al criticar la concepción mecanicista
del estímulo-reacción, cuya base teórica se encuentra en el
determinismo mecanicista, no se enfrentó a la concepción determinista en
general del mundo, sino que, por el contrario, se adhirió a ella.
Varona se negaba en
principio a escindir en un abismo los procesos psíquicos y los fisiológicos,
aunque se percataba de las limitaciones del conocimiento científico de su
época para demostrar su postura monista y enfrentarse al dualismo y al
idealismo filosófico. En todo momento Varona insistió en la fuente
objetiva del conocimiento, y se enfrentó a todo subjetivismo que
condujese a conclusiones erróneas sobre el contenido objetivo de la
realidad que el hombre conoce. Por tal motivo sostenía:
“parece que cuando nos entretenemos en dar libre curso a nuestra
imaginación, tenemos fenómenos del todo independientes de un comienzo
objetivo. No hay nada de eso” (Varona, 1905: 30). Este punto de partida
es básico en su confluencia con el materialismo filosófico y en su
postura crítica ante el idealismo y la metafísica (Guadarrama: 1987). Su
optimismo epistemológico se expresa sintéticamente en estas palabras:
“Sólo
tengo una fe, una fe tranquila, pero inquebrantable en la ciencia del
hombre y en la bondad de los métodos que emplea. Un problema no resuelto
no es un problema irresoluble. Esperemos [...] Nuestro intelecto busca la
unidad; las fuerzas materiales son una; las mentales son una; esta dos ¿serán
una sola?.
Así lo creemos, ni lo sabemos [...] esperando el hermoso día en que la
voz del genio perseverante diga otra vez sea la luz y la luz sea”
(Varona, 1883: 192).
Se mantuvo atento al
desarrollo de las investigaciones científicas de su época, como se
manifiesta en los múltiples artículos que publicó para comentar estos
avances, tanto en las ciencias naturales como en las sociales. Se percató
del creciente papel que asumían las ciencias en el mundo moderno y, por
tanto, la necesidad que tenían los pueblos emergentes de cultivarla para
disfrutar de sus logros e intentar alcanzar el nivel de vida y desarrollo
de los más avanzados. A su juicio, “la pesquisa de la ciencia ha de ser
desinteresada; muy cierto; pero desinteresada no quiere decir indiferente.
Ha de ser animarla y moverla el alto y claro propósito de que sus
adquisiciones se encaminen al mejoramiento del hombre, al bien de la
patria, al mejoramiento de la civilización; que es la manera que tienen
los pueblos de contribuir con su cuota individual al progreso de la
humanidad” (Varona, 1918a: 27). La búsqueda de diversas vías para el
mejoramiento humano es algo constante en su pensamiento.
No compartió la
tesis positivista, según la cual el desarrollo de las ciencias atentaría
contra el contenido y el status del saber filosófico. Para él la filosofía
tenía un objeto y una función que jamás podrían ser sustituidos por
las ciencias, aun cuando no pudiese prescindir de los resultados de estas,
del mismo modo que las ciencias no podrían desarrollarse plenamente al
margen del desarrollo del pensamiento filosófico. La labor integradora de
todo el saber humano y la pretensión de esclarecer los enigmas planteados
por enfoques dicotómicos de la
realidad que conducían al dualismo, constituían para el pensador cubano
una labor eminentemente filosófica que la ciencia no podría nunca por sí
sola resolver.
Estimulaba la
investigación científica porque sabía que el hombre, utilizando ese
insustituible instrumento, podía asegurarse una vida mejor, “el hombre
necesita prever los cambios que se verifican en torno suyo y muchas veces
necesita suscitarlos. Las relaciones de causa le permiten esa previsión y
le dan ese poder [...] El fin de la ciencia es llegar al descubrimiento de
las causas y las proporciones” (Varona, 1902: 132). Y en otro momento
apuntaba: “las ciencias, cuyo objeto principal es el conocimiento de la
naturaleza, para seguridad y provecho del hombre, han de poner su
principal empeño en la determinación de las causas, y que las
inducciones de causalidad sean el dominio propio del hombre científico”
(Varona, 1880: 113).
Sus ideas sobre la
ciencia estaban orientadas a ponerla en función de la transformación de
la realidad social de su tiempo; por eso, aseguraba: “El trabajo no
puede estar bien dirigido, ni ser productivo de un modo remunerador, si no
lo guía y fecunda la ciencia. No trabajan del mismo modo y con igual éxito
el hombre inculto y el civilizado” (Varona, 1961: 157). Y para Varona la
cultura no debía ser exclusiva cuestión de élites, pues “La cultura
superior es de incontestable importancia, pero florecerá siempre como
planta exótica y como riesgo inminente de muerte donde no arraigue en una
extensa y bien preparada y dirigida cultura popular”(Varona, 1883: 344).
La ciencia la consideraba una poderosa arma contra el oscurantismo:
“En
nuestra época, --aseguraba--
hastiada de las
quimeras de lo sobrenatural, la pesquisa sincera de la verdad se sustituye
a los antiguos ideales que ponían en un mundo trascendente la explicación
de lo real, la norma de la vida y el fin de la humanidad. La ciencia
escruta la naturaleza y penetra en su gran laboratorio, haciendo al hombre
colaborador inteligente de sus ocultas obras. La ciencia estudia al
hombre, aislado y en sociedad, lo analiza y descompone y le enseña a
conocerse y regirse. Le da a la vez la voz de alerta para que se precava,
le muestra la sanción ineludible que las leyes naturales saben imponer a
sus transgresores y al mismo tiempo le enseña como puede fortificarse
contra las causas de destrucción, llámese enfermedad, vicio o
injusticia. Enseña al hombre físico que hay un componente de reglas, que
constituyen la higiene, y lo ponen a salvo de terribles dolencias; enseñan
al hombre social, que hay una higiene superior, que se llama la moral, que
garantiza a las sociedades contra males más destructores que la peste”
(Varona, 1888a IX).
Las ideas de Varona
sobre la religión se caracterizan no sólo por su marcado
anticlericalismo, y su refinada postura atea, a la cual llegó producto de
la lectura de los clásicos de la literatura y la filosofía universal, así
como mediante su sostenido contacto con los avances científicos de su época,
en especial, la teoría evolucionista.
Sus ideas sobre el
origen de la religión resultan impresionantes por su claridad y marcada
intención de rigor científico. Rebuscó las raíces epistemológicas y
sociológicas de la aparición de las ideas religiosas. Un elemento
significativo en sus ideas sobre la religión es la tesis sobre la génesis
social de las mismas y el vínculo
existente entre ellas y los intereses de diferentes sectores y clases
sociales. Según él: “ desde el fetichismo más grosero hasta el deísmo
más depurado, todas las relaciones del hombre y sus dioses están
vaciadas en el molde social” (Varona, 1914: 182).
Criticó a todas las
religiones por igual, no tanto en lo que las diferencia, sino en lo que
las identifica según él, esto es, imbuir el espíritu de sumisión y no
permitirle al hombre que despliegue todas sus potencialidades, de ahí que
se cuestionase “ El cristianismo ¿es la verdad? No, ni el mahometismo,
ni el mosaísmo, ni el budismo. Pero resulta que en materia de religión,
la verdad no tiene voz en el capítulo. Quien habla y dogmatiza y ordena
con mero y mixto imperio es el sentimiento” (Varona, 1927: 355).
Considera que “las grandes religiones, y las sectas que pululan en torno
suyo, disputan furiosamente por los centímetros de absurdidad en más o
menos, que cada uno contiene” (Varona, 1927: 146).
Para Varona “ la
base de toda religión es pesimista” (Varona, 1927: 89). Y “La
religión no es la verdad. Es el consuelo” (Varona,
1927: 11). Más allá de consideraciones ontológicas sobre la existencia
o no de Dios, lo que le interesaba a Varona era enfatizar la vía
desalienadora que posibiliten al hombre nuevos grados de emancipación en
todos los planos y no solamente en el político o económico. Además de
declarar abiertamente su ateísmo acentuaba el motivo social que le hacia
desconfiar de que las ideas religiosas contribuyesen verdaderamente a la
construcción de un pensamiento humanista y desalienador en nuestra América.
Varona siempre se
consideró “evolucionista convencido” que consideraba al hombre como
una especie de “animal perfeccionado” (Varona, 1883: 215). A su juicio
todo análisis, tanto de la naturaleza como de la sociedad, debía ser
sometido “al principio evolucionista, que ilumina todas las ciencias”
(Varona, 1880: 16). Esta concepción, tenía, en primer lugar, el mérito
de reconocer la existencia de leyes objetivas tanto en la naturaleza como
en la sociedad, con independencia de la presunción de la existencia de
algún tipo de voluntad sobrenatural.
La evolución en su
condición de ley universal se expresaba en todo el desarrollo social y
especial en la moral. Su preocupación primordial era convertir la ética
en una verdadera ciencia que se debía estudiar desprejuiciadamente. La
base de todo su análisis ético se asentaba en la idea de que “el
hombre es moral porque es sociable” (Varona, 1888b: 9). Deducía la
moralidad de la sociabilidad, la que consideraba como un producto natural
inherente a todos los seres orgánicos en diverso grado; esto lo haría
inicialmente aproximarse a algunas de las conclusiones de los etólogos al
considerar la validez de la moral en el mundo animal.
Su intención básica
era demostrar que la moral humana poseía una raíz natural y no dar
posibilidad, de ese modo, a algún tipo de su supuesta génesis divina. En
este aspecto ratificaba su postura materialista. Sin embargo, sus ideas al
respecto no se mantuvieron inalterables. Posteriormente, en 1921, sostendría
que “la moral es una cosa puramente humana. En el resto de la naturaleza
no se encuentra. Ni debajo, ni encima del hombre. Varía con él, como él
varía en el tiempo, varía en el espacio. Y sobre este cimiento inestable
presumimos edificar el gran edificio de la sociedad” (Varona, 1927:
11).Ahora bien, en la mayor parte de su pensamiento ético se aprecia una
visión naturalista y evolucionista de la moral, que toma en consideración
factores biológicos como la herencia genética, el medio geográfico, las
diferencias raciales, etc., para delimitar su evolución.
Consideraba que la
mezcla de razas era un factor que podía contribuir al perfeccionamiento y
desarrollo de la moralidad (Varona, 1888b: 21). Admitía un progreso en la
moral de los pueblos, al considerar que la humanidad iba superando
criterios que en un momento eran aceptados como válidos, y luego han sido
enjuiciados críticamente. Pensaba que el hombre se ve obligado en alguna
medida a subordinarse a los demás y que el desarrollo de su conciencia
moral da lugar a que ejercite determinados sentimientos morales, los
cuales resultan fortalecidos y ponen al individuo en mejores condiciones
para vencer en la lucha por la existencia. Así, concebía el
afianzamiento de los sentimientos morales como producto de un proceso de
ejercitación que fortalece al hombre en su progreso social.
Varona le concedió
mucha importancia al impacto social de los valores morales aunque el tema
axiológico propiamente no haya sido objeto de su reflexión teórica, por
lo que resulta difícil precisar la especificidad de sus criterios al
respecto.
El pensador cubano,
más que ningún otro positivista de aquella generación suya, confió en
las posibilidades humanas y en su perfeccionamiento a través de la
educación y de otros mecanismos sociales que traerían, a la larga, un
mejoramiento notable de la moralidad. El énfasis otorgado por Varona a la
enseñanza y a la búsqueda de nuevos métodos pedagógicos, basados en la
experiencia y en la actividad práctica utilitaria, demuestra su
inconmovible fe en el engrandecimiento del género humano. Pero para
lograrlo sabía que era necesaria una transformación social, que al
principio pensó era posible sin alterar las bases sobre las que se
asentaba la sociedad capitalista, hasta que llegó a reconocer que los
socialistas tenían alguna razón al criticar las injusticias que el
capitalismo propiciaba, por lo que debía ser superado.
Se
identificó inicialmente con el reduccionismo propio del darwinismo
social, que implicaba subordinar la complejidad de las leyes sociales a un
nivel inferior del desarrollo de organización del mundo material, esto
es, el mundo biológico. Esta concepción tenía la intención de concebir
los fenómenos sociales por medio de un enfoque sistémico a través del
cual la estructura y función de cada elemento que compone el complejo
andamiaje social pudiese ser explicada con la misma objetividad con que se
hace en el estudio de cualquier ser vivo.
Este criterio le
condujo inicialmente a admitir la existencia de razas humanas superiores e
inferiores, y hasta admitir la existencia de “caracteres morales de las
razas” (Varona, 1888b: 133). Sin embargo, resulta muy significativo que
Varona aunque admitía la existencia de razas superiores e inferiores no
se dejase arrastrar por las consecuencias ideológicas de tipo racista
(Meza, 1999: 12) que era común encontrar en algunos defensores de las
ideas socialdarwinistas. Por el contrario, sus tesis melioristas y su confianza en el papel activo de la acción humana,
y en especial de la acción política y educativa, le hicieron oponerse a
la esclavitud de los negros, a su discriminación, así como a cualquier
tipo de justificación biologizante de la explotación de algún pueblo, género
o etnia.
Criticó la
esclavitud por la degradación de la persona que esta produce: “El
sentimiento y la noción suprema en la vida social se encarna en el
respeto a la persona humana ¡Tengamos cuidado! Todavía entre nosotros,
si buscamos bien, encontraremos en nuestras casas el látigo olvidado en
algún rincón” (Varona, 1927: 63). Sostenía que la raza negra podría
llegar a los niveles más altos de la vida política y económica del país
si se le proporcionaban las vías educativas y sociales para ello. Según
Varona, la superación del racismo era indispensable para el logro de la
plena emancipación, no sólo del pueblo cubano, sino de todos los pueblos
del mundo.
Atribuía a una
falta de evolución en los pueblos el crimen, la prostitución de las
capas y pueblos inferiores en la civilización (Varona, 1914: 164). Varona
le otorgó mucha importancia al papel de la mujer y la familia en la
sociedad. Concebía la necesidad de una educación diferenciada para ella
de acuerdo a las funciones específicas que esta debía desarrollar.
Reconocía al igual que otros intelectuales de su época el papel
destacado de las mujeres en grandes ideas y transformaciones sociales de
la vida moderna como la Revolución Francesa (Varona, 1882: 19). Confiaba
en el incremento del papel de la mujer en el desarrollo científico y político
de la sociedad, además de su insustituible función en el desarrollo de
la familia:
“Pues
ha de vivir y es lucha la vida, --sostenía--
dejadla tomar
las mejores armas, las de la ciencia. Una educación muy sólida, porque
la mujer es un ente moral cuyos sentimientos, deseos y pasiones tienen un
influjo constante en la vida de las sociedades, que pueden alterar y
trastornar, como pueden conservar y fortalecer; porque su papel es
preponderante en el hogar, donde se templan los caracteres, de cuya pugna
o concierto resulta luego la prosperidad o la ruina de los estados”[...]
“Una educación muy sólida, porque la mujer es un miembro de la
sociedad, y cuando por excepción vive sólo para sí, debe conocer los
derechos que la guardan, como conoce los deberes que practica, y no hay
razón para que la dejeís indefensa cuando se queda en el aislamiento.
Puesto que es una persona jurídica, abridle los secretos de la ley,
dejadle conocer la organización y el mecanismo del cuerpo social de que
forma parte y a cuyo desarrollo contribuye” (Varona, 1961: 52).
Otro sector social
que estuvo permanentemente valorado y estimulado en Varona fue la
juventud. En 1917 sostenía:
“La
esperanza del mundo, esa preciosa simiente de mejores destinos, está
depositada en manos de nuestros mancebos. Que no contaminen su espíritu
ferviente las miasmas deletéreas de nuestra desesperación. Que esperen a
pesar de todo y contra todo;
y que sepan realizar con generoso esfuerzo lo que les promete para el mañana
el noble ardor que los espolea. Que sepan desnudarse de veras del hombre
viejo, y que logren realizar, en hora más bonacible, la necesaria
palingenesia de la humanidad” (Varona, 1917a: 37).
Y en otro momento
apuntaba: “la juventud siembra; la edad madura cosecha; la vejez consume
los rastrojos” (Varona, s.f: 66). La mayor confianza de Varona se plasmó
al final de su vida cuando apoyó el movimiento estudiantil de la reforma
universitaria y la lucha contra la dictadura de Machado (Vitier, 1937).
Inicialmente Varona
no había prestado tanta atención en la existencia de la lucha de clases,
como lo haría posteriormente en la etapa final de su vida; enfatiza mucho
más en otras formas de lucha del hombre con la naturaleza, el medio geográfico
y con el propio hombre, por lo que en un inicio puso de manifiesto una
concepción multifactorial sobre el desarrollo social, hasta que llegó a
reconocer el significado especial que para el mismo poseía el elemento
económico. En los primeros años del siglo sostenía: “Cada individuo
imita al otro que admira; cada clase a la que está encima [...] Mientras
haya hombre y clases sociales --lo
que va para largo-- se repetirá
inflexiblemente el mismo fenómeno” (Varona, 1917b: 34).
La confianza de
Varona en el avance de la ciencia, la tecnología, el arte y la literatura
así como en el perfeccionamiento étnico y moral de los pueblos, se
fundamentaba en su visión del progreso social. La teoría del progreso
poseía una raigambre ilustrada y positivista, que en este último caso
estaba articulada a las ideas de orden y evolución. La noción varoniana
de progreso estaba indisolublemente ligada a su evolucionismo extendido al
plano social. Su concepción del progreso descansaba en la filantrópica
postura de la solidaridad social. En este plano su pensamiento se
articulaba con lo mejor de la tradición humanista del pensamiento cubano
y latinoamericano.
Consideraba que el
progreso debía partir, ante todo, del trato altruista de cada individuo
con sus semejantes. Tales concepciones eran muy comunes en esa época, no
sólo entre los seguidores del “socialismo ético” de Bernstein, sino
entre otros reformadores sociales que aspiraban honestamente a un
perfeccionamiento de la sociedad evitando los métodos revolucionarios. En
esta situación se encontraba Varona, quien generalmente se opuso a las
transformaciones revolucionarias de la sociedad. No obstante estas
consolidadas ideas hostiles a las vías revolucionarias para impulsar el
progreso social Varona, ante la solicitud expresa de Martí, se incorporó
a la lucha revolucionaria por la independencia de Cuba y desplegó una
valiosa labor ideológica en su fundamentación.
Varona vio las
revoluciones, en general, como obra de minorías, y como un triunfo de la
irracionalidad en la historia, en la que se despliega una demencia general
nociva al progreso social. La antítesis evolución-revolución estuvo muy
presente en el pensamiento social de Varona, y aunque prefirió siempre
las reformas y las vías evolutivas graduales, no dejó de reconocer que
hay momentos en la historia como en la lucha por la independencia de Cuba
en que se justifican los cambios revolucionarios y la utilización de la
violencia y las guerras, pues “Cuando un pueblo no resuelve sus
problemas, los resuelve con las armas” (Varona, 1896: 1).
Consideraba que
“la guerra es una triste necesidad” (Varona, 1919: 3), por lo que se
debe “reducir la guerra a los límites necesarios” (Varona, 1895b: 1),
ya que según su opinión “para el hombre moderno y civilizado, el
derecho cesa de ser tal cuando se le reclama por medio de la violencia”
(Varona, 1919c: 224). Su pensamiento democrático y liberal era mucho más
favorable a la solución de los conflictos por la vía pacífica, pero
esto no impidió su comprensión de aquellas situaciones en que había que
utilizar la violencia.
Inicialmente
compartió las tesis spencerianas de la defensa del individuo frente al
Estado, pero la lucha política le conduciría a cambiar de opiniones y a
considerar que al menos en la situación cubana de inicio de la vida
republicana, el Estado debía ser centralizado con energía por el poder
ejecutivo. Para él la función del Estado no era tanto la organización
de la sociedad, sino la constitución del derecho y la justicia (Varona,
1891: 142), especialmente la defensa de los derechos humanos de los
ciudadanos.
Aceptó la maquiavélica
opinión sobre la posibilidad de corrupción de los gobernantes, aunque en
su caso estuvo muy lejos de evidenciarse esa tendencia, pues hasta sus últimos
días vivió en la mayor austeridad. En 1922 recomendaba: “¿Y si
tropezamos con el ave fénix, con el gobernante perfecto?
Como el gobernante perfecto ha de ser un hombre, no demos ocasión
a que el tiempo cercene y fatalmente ha de cercenarle sus perfecciones.
Que sirva en su único período, de modelo y de estímulo” (Varona,
1922: 9).
La formación ideológica
de Varona se orientó desde su juventud por la senda del liberalismo, que
se identificaba con el establecimiento de una república bajo los
principios que la democracia burguesa que había se había consagrado en
el siglo XIX, época en la que predominaba el capitalismo premonopolista.
Sin embargo, ya en esa época se percataba de los males sociales que
aquejaban a aquella sociedad.
Y entre esas clases
sociales condenadas estaban los trabajadores, a quienes Varona, admiraba y
trataba de que se encontraran soluciones que mejoraran su difícil situación.
Al concluir la I Guerra Mundial, el pensador cubano planteaba al respecto
que “el problema obrero del mundo, que es inmediato después de los
grandes problemas relacionados con la paz, el más grave de los que han de
presentarse en el futuro inmediato. No es posible que creamos que no ha
cambiado nada en el mundo. La situación hoy de la parte civil de la
humanidad es muy distinta a la que precedió a la guerra actual. Ocurrían
antes choques de gobiernos; el de hoy es de pueblos contra pueblos, y el
gran auxilio en la empresa magna ha sido precisamente el de las capas que
se han dado cuenta de su verdadera importancia como factor social”
(Varona, 1918b: 1).
Su postura política,
en sentido general, lo distanciaba de las ideas socialistas como lo expresó
en múltiples ocasiones a fines del siglo XIX. Pero esto no impidió que a
partir de la segunda década del siglo XX se percatara paulatinamente de
las justas demandas de la clase obrera por mejorar sus condiciones de
vida. Y por eso, se percató de la envergadura que tomaría la lucha entre
las clases fundamentales de la sociedad capitalista. “La lucha que ahora
empieza de veras –sostenía en la segunda década del siglo XX--, la
lucha entre el propietario y el proletario, dejará pequeñitas cuantas ha
presenciado la humanidad con espanto” (Varona, 1927: 94).
Su antiimperialismo
descansó en un análisis sociológico y económico del fenómeno, que
expresaba una actitud identificada con el sentir del pueblo cubano frente
a la amenaza constante de los gobiernos ingerencistas de los Estados
Unidos de América.
Varona sabía muy
bien que el conflicto entre las dos Américas no era simplemente económico, político o militar,
era también un problema de desarrollo cultural. Exaltó el extraordinario
valor de la cultura latinoamericana. Se dio a la tarea de promover el
reconocimiento de los valores de la cultura latinoamericana en múltiples
espacios intelectuales norteamericanos y europeos. A la vez su labor
intelectual fue altamente valorada y reconocida en numerosos espacios
intelectuales de América y Europa, no sólo por su condición de pensador
original y auténtico, sino también en su condición de escritor.
Gran parte de la
obra varoniana está dedicada a temas sobre arte y la literatura. No sólo
cultivó la poesía, el aforismo y el ensayo con magistralidad, sino que
dedicó numerosos trabajos al análisis como crítico literario y artístico.
Incursionó en múltiples temas de la literatura iberoamericana, europea y
norteamericana. Su labor periodística en este terreno le abrió espacios
en muchas revistas y otras publicaciones nacionales y extranjeras. Al
comentar una obra sobre “El romanticismo en España” considera a su
autor:
“El
tipo cabal del hombre de letras, por vocación y dedicación; el hombre
que se da al arte literario como el pintor verdadero a la Pintura, el músico
a la Música. Ve la obra literaria y gusta de ella y la juzga como
artista, por la obra en sí, por el valor expresivo y emocional que
atesora. Gracias a eso sostenido por ese amor y el concepto de la dignidad
profesional que inspira, nos da estudios completos desde el punto de vista
de la información, sinceros, y cuando el caso lo demanda, vivificados por
el calor de la emoción hondamente sentida” (Varona, 1949: 86).
En otro momento
analizando la importancia social del arte sostenía:
“Son
las sociedades organismos que cuanto más coherentes, mejor resisten a las
fuerzas circunstantes y adversas, y ya veis que poderoso medio de provocar
y mantener la cohesión entre los hombres, es una rica producción artística.
Los que aprenden a sentir del mismo modo, aprenden a la par a amarse,
porque no hay comunión que aproxime y unifique más que la del
sentimiento. Dondequiera que halléis unas mismas obras igualmente
estimadas, estudiadas y enaltecidas, no miréis si hay divisiones
ficticias, si hay fronteras que separen, allí hay hombre cuyos
pensamientos se comunican, allí hay un pueblo”(Varona,1949:154).
Varona apreció en
alto grado la dimensión intelectual de algunos de sus contemporáneos
como José Martí, José Ingenieros, José Enrique Rodó, José
Vasconcelos, Antonio Caso, Pedro Henríquez Ureña, José Carlos Mariátegui,
etc. Del mismo modo que estos expresaron su admiración por el pensador
cubano y sostuvieron intercambio epistolar con él. También Baldomero Sanín
Cano, German Arciniegas, Cesar Zumeta, Gabriela Mistral, Alfonso Reyes y
otras destacadas personalidades de la cultura iberoamericana le expresaron
directamente su alta estimación por el valor de la integridad de su obra.
Si desacertado
resulta pensar que hubo un significativo cambio ideológico en la postura
de Varona, también erróneo sería desconocer que se produjo una
radicalización de su pensamiento durante los últimos años de su vida.
Eso no significó que se observase un giro radical en su orientación
ideológica, pero sí el reconocimiento de que los pilares del
democratismo liberal sobre los cuales había cimentado sus ideas sociopolíticas
se habían quebrado y aparecía una nueva opción de construcción social.
A un filósofo de la
talla intelectual de Varona no se le podían escapar las agudas
contradicciones de la sociedad contemporánea, y que los socialistas, -aunque
no compartiese sus ideas-, parecían proponer encontrarle alguna solución.
Por tal motivo reflexionaba: “ En la vida social aunque el egoísmo
suele hacernos olvidadizos, todos somos solidarios. Y yo, que no soy
socialista, he dicho y muchas veces, que el gran problema de la hora
actual es el socialismo, con las soluciones que cree presentar a todos los
problemas del día. Y repito que, seamos socialistas o no, a todos nos
toca ver el modo de preparar ese porvenir más o menos inmediato de modo
que sea el resultado de conciertos sociales y no de colisiones. Todos los
factores de la vida colectiva tienen derecho a ser atendidos. El mal está
en haberse creído que unos podían pesar siempre sobre otros y vencer su
fuerza de resistencia. Hagamos porque esta fuerza de resistencia procure
equilibrar y no destruir a la otra en su reacción” (Varona, 1918b: 1).
Por fortuna, nuevos
brotes de optimismo aparecieron en sus últimos años cuando cifró sus
esperanzas en la juventud y en las nuevas fuerzas sociales que derrocaron
revolucionariamente la dictadura de Gerardo Machado. De nuevo el viejo filósofo
recuperó la confianza en el perfeccionamiento humano que su humanismo
desalienador desde temprano había cultivado.
Varona no fue un filósofo
que se dejó atar por una postura ideológica cerrada o una corriente
filosófica en particular. Simpatizó la mayor parte de su vida con el
positivismo sui géneris, que se
manifestó en América Latina, pero también supo dejarlo a un lado y
superarlo cuando comprendió sus limitaciones. Fue lo suficientemente
capaz para analizar los problemas filosóficos y sociológicos con el
mayor nivel de originalidad y autenticidad que sus circunstancias históricas
se lo permitieron. Su incansable avidez autodidacta por la lectura de los
clásicos de la filosofía mundial, así como la realidad cubana y
latinoamericana, sus estancias en España y Estados Unidos, le sirvieron
de fuente directa de información y objeto permanente de análisis para
enfoques con óptica propia. Su pensamiento no quedó encartonado en
anaqueles académicos. Supo ganarse el merecido prestigio en el ámbito
intelectual iberoamericano (Entralgo,1965) especialmente en la vida filosófica,
literaria y periodística de su época, y a la vez trascender en la praxis
pedagógica y política.
Sus ideas filosóficas,
en general y en especial sus reflexiones sobre la condición humana,
forman parte de lo mejor de la tradición del pensamiento filosófico
latinoamericano que trascendió a inicios del siglo XX, por su profundo
sentido humanista y desalienador.
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Guadarrama González. El pensamiento latinoamericano del siglo XX
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2003, a cargo de José Luis Gómez-Martínez. |
© José Luis Gómez-Martínez
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