Teorías en
debate
"Teorías
sin disciplina "
"EL BOOM DEL
SUBALTERNO"
Mabel Moraña
La
invitación a reflexionar sobre la cultura latinoamericana "más allá de la
hibridez" propone la tarea de desafiar los límites de un concepto que hasta hace
poco tiempo se presentaba como incuestionablemente operativo para la captación de una
cualidad distintiva y definitoria de la historia latinoamericana, marcada desde sus
orígenes occidentales por la violencia de la apropiación colonial. En estas páginas
quiero referirme a las relaciones entre hibridez y subalternidad, y particularmente a las
implicancias de la apropiación de ambos conceptos en el espacio teórico del
Latinoamericanismo internacional, es decir, a las elaboraciones desde y sobre América
Latina, en relación con la creación de ese Tercer Espacio de que habla Homi Bhabha para
referirse al lugar contradictorio y ambivalente desde el que se enuncia, se discrimina y
se interpreta un campo cultural.
Desde la década de los años sesenta, los
latinoamericanos asumimos que el concepto de hibridez captaba el rasgo más saliente de la
experiencia cotidiana y de la producción cultural en formaciones sociales que desde la
colonia a nuestros días han debido negociar su existencia a partir del entrecruzamiento
de proyectos y agendas que definíamos en términos de lo propio y lo foráneo, aunque los
intercambios entre uno y otro nivel implicaran la comprensión de complejos procesos de
representación simbólica y la implementación de estrategias interpretativas que nos
permitían, como hace mucho advirtiera Althusser, complementar nuestra ignorancia con el
trasiego interdisciplinario. La noción de hibridez era utilizada de manera
"plana", como sinónimo de sincretismo, cruce o intercambio cultural, y como
forma de contrarrestar la ideología colonialista que desde el Descubrimiento aplicara,
con pocas variaciones, el principio de "un dios, un rey, una lengua", como
fórmula de sojuzgamiento político y homogeneización cultural. En la década de los
años sesenta, los trabajos de Cornejo Polar formalizan en torno al concepto de
heterogeneidad un campo semántico que incluía y superaba el nivel descriptivo que estaba
implícito en la noción de hibridez. Sus estudios sobre el área andina rescatan la
existencia de sistemas culturales diferenciados que revela a la nación como totalidad
contradictoria y fragmentada, atravesada por formas comunicacionales, modos de producción
económica y cultural y agendas políticas que contradicen la utopía liberal de la
unficación nacionalista. En la misma década, el concepto de transculturación extendido
por Rama desde el campo de la antropología al de la crítica literaria vuelve a explorar
el tema de la transitividad cultural como intento por comprender, en el contexto de las
políticas desarrollistas, el lugar y función del intelectual y las posibilidades y
riesgos de cooptación de éste por parte de los proyectos e instituciones del Estado, en
el contexto de la modernidad.
Con la microsociología de García Canclini la hibridez vuelve por sus
fueros, como cualidad central de un proceso de transnacionalización cultural e
intercambios sistémicos que reemplaza el esencialismo identitario con la mitificación
del mercado como espacio de conciliación civil, donde el valor de cambio de los bienes
culturales incorpora una nueva dinámica social e ideológica sobre la base de la
reconversión cultural y la democratización por el consumo. En el contexto de la
globalización, la hibridez es entonces el dispositivo que incorpora el particularismo a
la nueva universalidad del capitalismo transnacionalizado. Más que como concepto
reivindicativo de la diferencia, la hibridez aparece en Canclini como fórmula de
conciliación y negociación ideológica entre los grandes centros del capitalismo
mundial, los Estados nacionales y los distintos sectores que componen la sociedad civil en
América Latina, cada uno desde su determinada adscripción económica y cultural.
Hasta
aquí, la crítica latinoamericana utiliza la noción de hibridez para una crítica
"desde adentro" de la modernidad y del nacionalismo liberal, como superación de
los esquemas dependentistas y las dicotomías que oponían cultura popular/alta cultura,
elementos vernáculos y foráneos, centro/periferia. Sin haber efectuado un cambio
epistemológico radical, la noción de hibridez incorporó cierta fluidez culturalista en
los análisis de clases. Permitió, por ejemplo, inscribir en el mapa político
latinoamericano la topografía de la diversidad étnica, linguística, genérica,
desafiando sólo relativamente los límites de una cartografía impuesta desde afuera, con
los instrumentos que el imperialismo ha usado siempre para marcar el territorio,
establecer sus fronteras y definir las rutas de acceso al corazón de las colonias. En
este sentido, más que como ideologema que se sitúa en el intersticio de los discursos y
proyectos hegemónicos, la noción de hibridez pareció abrir para Latinoamerica un
espacio alternativo descentrando los parámetros del gusto, el valor, y la pragmática
burguesa, y anunciando en la narrativa cultural del continente el protagonismo de un
personaje colectivo largamente elaborado, desde todos los frentes culturales y políticos:
la masa, el pueblo, la ciudadanía, el subalterno, antes representado vicaria y
parcialmente en la épica de los movimientos de resistencia antiimperialista y de
liberación nacional, pero ahora incorporado por derecho propio a la performance de la
posmodernidad.
Con el fin de la Guerra Fría, la crisis del socialismo de estado y el consecuente
debilitamiento del pensamiento marxista como parámetro para contrarrestar la
implementación del neoliberalismo y los efectos de la globalización capitalista, se
producen dos fenómenos fundamentales para la teorización latinoamericanista a nivel
internacional: primero, la necesidad de refundamentar la centralidad de los espacios y
discursos que definen el lugar y función de América Latina a nivel internacional.
Segundo: la urgencia por redefinir las formas de agencia política en el sub-continente, y
el correlativo problema de la representación de una alteridad capaz de subvertir el nuevo
orden (la nueva hegemonía) de la posmodernidad. No es de extrañar que, por este camino,
la noción de hibridez se haya visto potenciada por lecturas "centrales" que le
adjudican una cualidad interpelativa creciente, una especie de "valor agregado"
que permite reconstruir la imagen de América Latina dentro del campo de influencia
teórica del occidentalismo finisecular. No es tampoco casual que esta apropiación del
concepto coincida con el tema de la agencia política, los debates en torno a la función
del intelectual en el contexto de la globalidad, la redefinición de las fronteras
disciplinarias y las reflexiones acerca de la ética de la representación cultural.
Particularmente en los Estados Unidos, la noción de hibridez se articula tanto al
pensamiento poscolonial como a la ideología de las minorías y a la que Bhabha llama con
razón la "anodina noción liberal de multiculturalismo", inscribiéndose en un
debate transdisciplinario que costruye a América Latina, otra vez, como objeto de
representación, como imagen que verifica la existencia y función del ojo que la mira. En
este contexto, la hibridez ha pasado a convertirse en uno de los ideologemas del
pensamiento poscolonial, marcando el espacio de la periferia con la perspectiva de un
neoexotismo crítico que mantiene a América Latina en el lugar del otro, un lugar
preteórico, calibanesco y marginal, con respecto a los discursos metropolitanos. La
hibridez facilita, de esta manera, una seudointegración de lo latinoamericano a un
aparato teórico creado para otras realidades histórico-culturales, proveyendo la
ilusión de un rescate de la especificidad tercermundista que no supera, en muchos casos,
los lugares comunes de la crítica sesentista.
Para dar un ejemplo, en The Post-Colonial Studies Reader editado por Bill
Ashcroft, Gareth Griffiths y Helen Tiffin (Routledge, 1995), uno de los textos más usados
para la difusión académica de la teorización potcolonial, América Latina aparece
representada justamente a partir de la puerta que abre la noción de hibridez, la cual
titula uno de los apartados de esta antología crítica. Pero incluso en esa mínima
inclusión, se rescata solamente la fórmula de lo real maravilloso, como intento por
demostrar cómo el pensamiento postcolonial integra en sus nuevos productos culturales (en
los procesos de creolización, por ejemplo) las formas del pasado, sin renunciar a las
bases epistemológicas desde las que se construía la alteridad desde el horizonte
desarrollista de la modernidad. Spivak y Said también se han referido a la hibridez
latinoamericana ligándola a la obra de Carpentier, García Márquez y otros
representantes del "boom", instrumentando así la inscripción de la cuestión
latinoamericana en el contexto teórico del poscolonialismo. Nueva demostración de que
América Latina no se repuso nunca del realismo mágico, que proporcionara en medio de las
luchas por la liberación y la resistencia antiimperialista de los '60 la imagen
exportable de una hibridez neocolonial gozosa y sólo moderadamente desafiante, capaz de
captar brillantemente la imaginación occidental y cotizarse en los mercados
internacionales, incluyendo la academia sueca.
A todo esto, en el contexto de este proceso de negociaciones y apropiaciones teóricas,
y ante el quiebre ideológico que registra la modernidad, ¿dónde reside la agencia
cultural, y cómo devolver a un panorama marcado por el descaecimiento de las grandes
narrativas, los pequeños relatos sectoriales, las reivindicaciones, levantamientos y
agendas de grupos que resisten el control de un poder transnacionalizado desde posiciones
que rebasan, sin superarlo, el verticalismo de clases? ¿Cómo entender la heterogeneidad
desde el fragmentarismo de los centros que se enfrentan al desafío de proponer las bases
ideológicas para una nueva hegemonía postcolonial, postoccidental, posthistórica?
¿Desde qué posiciones reinstaurar el nivel de lo político, en análisis marcados por un
culturalismo sin precedentes? ¿Cómo redefinir las relaciones Norte/Sur y el lugar
ideológico desde donde se piensa y se contruye América Latina como el espacio
irrenunciable de una otredad sin la cual el "yo" que habla (que puede
hablar, como indicaba Spivak) se des-centra, se des-estabiliza epistemológica y
políticamente? ¿Cómo arbitrar la entrada a la postmodernidad de formaciones sociales
que viven aún una (pre)modernidad híbrida, donde se enquistan enclaves neofeudales,
dependientes, patriarcales, autoritarios, donde sobrevive la tortura y el colonialismo
interno, la impunidad política, la explotación, la marginalidad? ¿Cómo re-establecer
el papel del intelectual, su mesianismo irrenunciable, su mediación privilegiada, desde
una crítica de la nación, del centralismo estatal y metropolitano, de la escritura, como
violencia de las élites? Finalmente, ¿desde qué autoridad (autoría, autorización)
reivindicar el programa de una nueva izquierda letrada, entronizada en la academia, en las
fundaciones de apoyo a la cultura, en la tecnocracia de un humanismo postmoderno, sin dar
la espalda a los derechos humanos, las clases sumergidas, y a la esperanza de una
integración real, de igual a igual, entre las regiones globalizadas?
Creo que queda claro que estas preguntas intentan sugerir al menos dos problemas
vinculados con la centralidad de los discursos. El primero, relacionado a la necesidad de
repensar el papel que jugarán en la etapa actual los espacios que se identifican, por su
mismo grado de desarrollo interno y de influencia internacional, con el programa de la
postmodernidad. Segundo, qué papel corresponderá en este proceso de rearticulaciones
político-ideológicas a la intelligentsia central y periférica en su función de
interpretar los nuevos movimientos sociales. A pesar de que la teorización de la
globalidad incorpora sin duda nuevos parámetros al problema de la representación
latinoamericana, muchos aspectos de la problemática actual crean un dejá vu que
vale la pena analizar. Para la etapa que se abre a comienzos del siglo XX, Angel Rama
caracterizaba el surgimiento de un "pensamiento crítico opositor", con
conceptos que podrían sostenerse, casi intactos, para explicar la coyuntura actual. Para
aquel contexto, Rama indicaba que la fuerza del intelectual opositor residía en su
capacidad de definir la siguiente agenda: "constituir una doctrina de regeneración
social que habrá de ser idealista, emocionalista y espiritualista; desarrollar un
discurso crítico altamente denigrativo de la modernización, ignorando las contribuciones
de ésta a su propia emergencia; encarar el asalto a la ciudad letrada para
reemplazar a sus miembros y parcialmente su orientación, aunque no su funcionamiento
jerárquico" (Rama 1984: 128).
La construcción de la nueva versión postmoderna de América Latina elaborada desde
los centros responde en gran medida a esos mismos propósitos: hacer de América Latina un
constructo que confirme la centralidad y el vanguardismo teórico globalizante de quienes
la interpretan y aspiran a representarla discursivamente. La noción de subalternidad toma
vuelo en la última década principalmente como consecuencia de este movimiento de
recentralización epistemológica que se origina en los cambios sociales que incluyen el
debilitamiento del modelo marxista a nivel histórico y teórico. Mientras los sectores
marginados y explotados pierden voz y representatividad política, afluye el rostro
multifacético del indio, la mujer, el campesino, el "lumpen", el vagabundo, el
cual entrega en música, videos, testimonios, novelas, etc. una imagen que penetra
rápidamente el mercado internacional, dando lugar no sólo a la comercialización de este
producto cultural desde los centros internacionales, sino también a su trasiego teórico
que intenta totalizar la empiria híbrida latinoamericana con conceptos y principios
niveladores y universalizantes.
Cuando hago referencia al "boom del subalterno" me refiero al fenómeno de
diseminación ideológica de una categoría englobante, esencializante y homogenizadora
por la cual se intenta abarcar a todos aquellos sectores subordinados a los discursos y
praxis del poder. Entiendo que se trata de una categoría relacional y
"migrante", que se define en términos situacionales y que trata de escapar a
todo riesgo de sustancialismo ahistórico y a todo marco de estricto verticalismo
teórico. Sin embargo, ¿qué nos entrega de nuevo este concepto? ¿Dónde coloca al
"otro" y desde qué sistemas de control ideológico se legitima esa
reubicación? El concepto de subalternidad no es nuevo en el imaginario latinoamericano.
En el discurso de los libertadores -discurso "autorizado" por la legitimidad de
la praxis política- el término aparece incluido para hacer referencia a los desposeídos
y marginalizados por el régimen colonial, pero la connotación denigratoria del término
impide utilizarlo como interpelación de los vastos sectores a los cuales debe abarcar el
utopismo de la emancipación. En las teorizaciones actuales el concepto de subalternidad
se vuelve a potenciar a partir de la elaboración gramsciana, en la cual el marxista
italiano hace referencia a los estratos populares que ante la unidad histórica de las
clases dirigentes, se hacen presentes a través de una activación episódica,
presentándose como un nivel disgregado y discontinuo con grados variables y negociados de
adhesión a los discursos y praxis hegemónicos. La elaboración actual del concepto
violenta, de algún modo, esa disgregación, convirtiendo la subalternidad en una
narrativa globalizante, sustituyendo el activismo político que fundamentaba los textos
incluidos en los Cuadernos de la cárcel por un ejercicio intelectual desde el que
puede leerse, más que el relato de las estrategias de resistencia de los dominados del
Sur, la historia de la hegemonía representacional del Norte, en su nueva etapa de
rearticulación postcolonial.
Con la expresión el "boom del subalterno" intento poner en articulación
tres niveles: Primero, lo de "boom" hace alusión al montaje
ideológico-conceptual que promueve la subalternidad como parte de una agenda exterior,
vinculada a un mercado donde aquella noción se afirma como un valor de uso e intercambio
ideológico y como marca de un producto que se incorpora, a través de diversas
estrategias de promoción y reproducción ideológica, al consumo cultural globalizado. En
un segundo nivel, la expresión se refiere al modo en que las relaciones de subordinación
(explotación, sujeción, marginación, dependencia) político-social se transforman en
campo de conocimiento, o sea se re-producen como objeto de interpretación y espacio de
poder representacional. En un tercer nivel, la expresión se refiere al modo en que ese
objeto de conocimiento es elaborado (tematizado) desde una determinada posición de
discurso o lugar de enunciación: la academia, los centros culturales y fundaciones a
nivel internacional, la "vanguardia" ideológica, donde la misma ubicación
jerárquica del emisor parece eximirlo de la necesidad de legitimar el lugar desde donde
se habla.
Me atrevería a decir que para el sujeto latinoamericano, que a lo largo de su historia
fuera sucesivamente conquistado, colonizado, emancipado, civilizado, modernizado,
europeizado, desarrollado, concientizado, desdemocratizado (y, con toda impunidad,
redemocratizado), y ahora globalizado y subalternizado por discursos que prometieron, cada
uno en su contexto, la liberación de su alma, la etapa presente podría ser interpretada
como el modo en que la izquierda que perdió la revolución intenta recomponer su agenda,
su misión histórica y su centralidad letrado-escrituraria buscando definir una nueva
"otredad" para pasar, "desde fuera y desde arriba", de la
representación a la representatividad. Y que ese mismo sujeto que fuera súbdito,
ciudadano, "hombre nuevo", entra ahora a la épica neocolonial por la puerta
falsa de una condición denigrante elevada al status de categoría teórica que,
justamente ahora, en medio del vacío dejado por los proyectos de izquierda que están
también ellos recomponiendo su programa, promete reivindicarlo discursivamente. Pero
siempre podrá decirse que son las trampas de la alienación las que impiden a ese sujeto
reconocer su imagen en las elaboraciones que lo objetivizan. Desde que la hibridez se
convirtiera en materia rentable en discursos que intentan superar y reemplazar la
ideología del "melting-pot" y el mestizaje con la del multiculturalismo y la
diferencia, la cuestión latinoamericana pasó a integrar el pastiche de la
postmodernidad. En las nuevas reelaboraciones sobre hibridez y subalternidad de alguna
manera la historia se disuelve (en la medida en que aumenta la desconfianza en la
historiografía burguesa) o aparece subsumida en la hermenéutica y el montaje
culturalista, y la heterogeneidad se convierte, paradójicamente, en una categoría
niveladora que sacrifica el particularismo empírico a la necesidad de coherencia y
homogeneización teórica.
Sobrevive, entonces, en este panorama de influjos transdisciplinarios y
transnacionalizados, lo que hace bastante tiempo señalaba Jean Franco, entre otros, con
respecto a la posición de América Latina en el mapa gnoseológico de la crítica
cultural. Franco indicaba los efectos y peligros de la dominación teórica ejercida desde
centros de poder económico y cultural situados en las grandes metrópolis del capitalismo
neoliberal, desde las cuales se asumía la necesidad de teorizar no sólo sobre y para
América Latina sino por la totalidad de un continente al que se asumía como
incapaz aún de producir sus propios parámetros de conocimiento. La supuesta virginidad
de América, que la presentara desde la conquista como la página en blanco donde debía
inscribirse la historia de Occidente, hizo del mundo americano un mundo "otro",
un lugar del deseo situado en la alteridad que le asignaran los sucesivos imperios
que lo apropiaron económica, política y culturalmente, con distintas estrategias y
grados, a lo largo de un devenir enajenado de su propia memoria y noción del origen, a no
ser aquel que le asignaran las agendas imperiales de la hora. Localizada teóricamente
como "sub-continente", mundo Tercero, "patio de atrás" de los Estados
Unidos, conjunto de naciones "jóvenes" que habían llegado tarde al banquete de
la modernidad, países suspendidos en el proceso siempre incierto de satisfacer un modelo
exterior, sociedad no realizada (siempre en vías de), Latinoamérica sigue siendo
aún, para muchos, un espacio preteórico, virginal, sin Historia (en el sentido
hegeliano), lugar de la sub-alteridad que se abre a la voracidad teórica tanto como a la
apropiación económica. Sigue siendo vista, en este sentido, como exportadora de materias
primas para el conocimiento e importadora de paradigmas manufacturados a sus expensas en
los centros que se enriquecen con los productos que colocan en los mismos mercados que los
abastecen.
En resumen, hibridez y subalternidad son, en este momento, más que conceptos
productivos para una comprensión más profunda y descolonizada de América Latina,
nociones claves para la comprensión de las relaciones Norte/Sur y para la
refundamentación del "privilegio epistemológico" que ciertos lugares de
enunciación siguen manteniendo en el contexto de la globalidad. Plantean, entre otras
cosas, la pregunta acerca de la posición que se asigna a América Latina como constructo
de la postmodernidad que, al definirla como espacio de observación y representación
cultural, como laboratorio para las nuevas hermenéuticas neoliberales y como parte de la
agenda de una nueva izquierda en busca de su voz y su misión histórica, refuerza la
centralidad y predominio de una intelectualidad tecnocratizada que se propone como
vanguardia de/en la globalidad. El binomio hibridez/subalternidad hace pensar en otras dos
nociones: sub-identidad/sub-alteridad, y en los nuevos fundamentalismos a los que esas
ideas pueden conducirnos. Finalmente, ambas nociones entregan a la reflexión teórica,
nuevamente la problemática de la nación en tanto "aldea global" (conjunto
conflictivo de regiones, espacios culturales y proyectos político-ideológicos) desde
donde puede ejercerse la resistencia a nuevas formas de colonización cultural y de
hegemonía -y, no hay por qué dudarlo, de marginación, autoritarismo y explotación
colonialista- que se sumarán en esta nueva etapa a las nunca superadas estrategias
excluyentes de la modernidad.
BIBLIOGRAFÍA
- Ashcroft, Bill / Griffiths, Gareth / Tiffin, Hellen The Post-Colonial Studies Reader.
London: Routledge 1995.
- Rama, Angel. La ciudad letrada. Hanover: Ediciones del Norte 1984.
[Fuente: Santiago Castro-Gómez y Eduardo Mendieta,
editores. Teorías sin disciplina (latinoamericanismo,
poscolonialidad y globalización en debate).
México: Miguel Ángel Porrúa, 1998.]
© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier
reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso
correspondan.