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El acto de comunicación El acto de comunicación a través del texto escrito ha iniciado en las últimas décadas una transformación radical. Tradicionalmente se privilegió al autor y la lectura de un texto era un intento por descubrir lo que el autor(a) quiso decir. Se consideraba el texto escrito como fuente de autoridad. El símbolo más poderoso en la cultura occidental es el texto de la Biblia. A mediados del siglo XX se empezó a cuestionar la posibilidad de un mensaje unívoco y universal. El texto —todo texto— aparece ahora como un producto de sus múltiples contextos y como algo mutable en el tiempo y por lo tanto con significados independientes de su autor(a). Es decir, se pasa a una etapa en la que se privilegia el texto como centro del acto de comunicación y como productor de significado. Para finales del siglo XX, la inestabilidad de los signos y la multiplicidad de los posibles significados de un mismo texto parecían anular el acto mismo de comunicación. Se había destacado correctamente que el autor(a) dependía de un proceso de codificación en un contexto socio-cultural, y también que el significado de un texto no era inalterable, sino algo dinámico en su contextualización a través del tiempo y del espacio. Pero en este proceso se había olvidado al lector: el punto final de la comunicación. El diálogo se inicia, es cierto, con el autor y la comunicación se hace a través de un texto, pero esa comunicación sólo tiene lugar cuando el texto es leído e interpretado por un lector. Se inicia así una nueva etapa, la actual, en la que se enfatiza el diálogo mismo y con ello se privilegia al lector en el acto de comunicación. Podemos representar estas tres etapas de un modo gráfico —valor direccional de las flechas— de la siguiente manera:
Hagamos uso de un ejemplo que lleve a la práctica las tres etapas anteriores. Vamos a aplicarlas a un suceso histórico: la llegada de Cristóbal Colón a América en 1492:
El autor contextualiza el acto de comunicación en un texto; es decir, en un sistema de signos que corresponde a un contexto socio-cultural. Ambos, autor y contexto social, se encuentran en una relación de mutua influencia. Y si bien siguen procesos semejantes, nunca llegan enteramente a coincidir. El producto de este intento de comunicación es un texto (sistema dinámico de signos). La comunicación, sin embargo, sólo se efectúa en el lector (incluso en la lectura que el propio autor pueda hacer de su obra). Visto de este modo el acto de comunicación, podemos afirmar que el texto en sí no significa. El significado reside en el lector y en la apropiación que éste haga del texto. De ahí el cambio de paradigma; la perspectiva se traslada ahora al lector. No se trata de un texto con múltiples significados, sino de un lector (o múltiples lectores) que se apropian del texto desde múltiples contextos y con diversos objetivos. (Gómez-Martínez) |