Consuelo Triviño Anzola
"De
Montaigne a Arciniegas:
la escritura y la construcción del ser americano"
Una
de las características del intelectual hispanoamericano ha sido su activa
participación en la construcción del continente, no sólo desde el
ejercicio de las letras, sino desde lo que podría llamarse el ejercicio
de las armas, su papel combativo y polémico en momentos cruciales de la
historia. El creador, en América, como señala Graciela Maturo, “es
a menudo un agudo teórico que no sólo analiza y comprende su propia
creación: avanza haciendo de ella un espejo del mundo y de sí mismo,
hacia más amplios niveles de comprensión en interpretación”
(Maturo, 1991: 10).
En ese proceso creador ha sido de vital importancia la comprensión del
otro, circunstancia que surge desde el momento del descubrimiento y que
empuja a ensayar caminos para de definir una identidad cuestionadora y
conflictiva, siempre en relación con ese otro que es también es parte de
uno mismo. Por sus características el ensayo se ha adecuado más que ningún
otro género a las necesidades expresivas del intelectual hispanoamericano
que ha encontrado en la escritura una posibilidad de ser.
Recordemos la clásica definición
del ensayo de Alfonso Reyes: “Este
centauro de los géneros donde hay de todo y cabe de todo, propio hijo
caprichoso de una cultura que no
puede responder ya al orbe circular y cerrado de los antiguos, sino a la
curva abierta, al proceso en marcha, al etcétera....cantado ya por un poeta contemporáneo preocupado de filosofía”
(Reyes, 1959: 403).
Las características que subrayo
sirven también para explicar la función del ensayo en la configuración
de lo americano entendido como proyecto, como forma híbrida inconclusa y
en proceso de gestación, siempre en busca de su expresión. El Colombiano
Germán Arciniegas en Nuestra América
es un ensayo (1963) ya
señalaba los orígenes del género en el momento del descubrimiento, con
Vespucci y Colón, quienes discuten los temas que ocuparán gran parte de
la ensayística hispanoamericana a lo largo de su historia: los seres
humanos y el medio geográfico en el que se desarrollan.
Arciniegas plantea que el ensayo no
nace con Montaigne, sino mucho antes, con el Almirante y con cronistas
como López de Gomara en cuyos textos se inspira el autor francés para
criticar, entre otras cosas, la política colonialista española. Lo que
el colombiano pretende demostrarnos es que América proporciona la materia
de un género en el que tan cómodamente se instala la mentalidad
renacentista. Tales afirmaciones nos resultan enormemente sugestivas
porque afianzan la idea de que América es ante todo sustancia, materia
genésica y, a la vez, origen del pensamiento moderno, de ciencias tan
nuevas como la sociología que, según el autor, no surge con Compte, sino
con los cronistas cuyas observaciones dan lugar a perturbadoras
comparaciones.
Con esta teoría Germán Arciniegas
(Bogotá, 1900) imprime una tonalidad distinta a ese diálogo entre lo
europeo y lo americano que dinamiza gran parte de la producción literaria
en Hispanoamérica. Desde El
estudiante de la mesa redonda (1932) este colombiano ha polemizado con
los europeos, como Hegel y Papini, cuestionando sus teorías sobre América
y los americanos, enfrentando a sus razonamientos la magia y la poesía de
un continente que rechaza todas las clasificaciones, defendiendo la
diferencia frente a las tesis sobre la inferioridad de estos pueblos,
proclamando la pluralidad cuando el mundo estaba dividido en dos bloques
ideológicos y desdramatizando los hechos de la conquista con altas dosis
de humorismo.
Como teórico y maestro del género,
Arciniegas fija los rasgos de lo americano en una extensa obra que abarca
más de cincuenta títulos en los que cabe de todo: la historia, los seres
humanos, la naturaleza, la poesía, las costumbres, la magia, etc. En
ensayos como América tierra firme es evidente su apropiación del modelo de
Montaigne tanto en la estructura del texto como en los recursos que
utiliza para persuadir al lector. “De la edad del bejuco a la edad del
cerrojo”, un capítulo de el libro arriba mencionado, evoca textos como
“Los coches” en el tercer tomo de los Essais
donde Montaigne utiliza como disculpa la reflexión sobre la función
social de los coches para manifestar su rechazo por el lujo de ciertos
imperios, a la vez que lamenta el sometimiento de las tribus americanas
por los españoles a quienes encuentra codiciosos y brutales.
Veamos el orden de exposición de las
ideas de Arciniegas en el ensayo mencionado y los trucos utiliza para
capturar a los lectores. En la introducción el autor expone la tesis del
dominico francés M. J. Lagrange sobre el origen de las puertas: “El primer golpe de genio y el primer rasgo de audacia no fue la
conquista y la invención del silex de Thenay, sino con toda seguridad la
invención de las puertas, la colocación de una piedra gigantesca en
medio de la entrada, por cuyos lados pudiera pasar el hombre y ninguno de
sus grandes y voluminosos enemigos” (Arciniegas, 1937: 51).
A continuación refuta la teoría,
poniendo en duda su universalidad, cuestionando no sólo lo que se dice,
sino desde dónde se dice. Las generalizaciones europeas son para el
colombiano un problema de perspectiva. “El
francés -sugiere Arciniegas-
tiene un sentido que le es
peculiar: el del ahorro, el de la economía.” Tal característica,
afirma de manera arriesgada, degenera en el defecto de la avaricia que se
filtra en los juicios del autor: “El
ilustre señor Lagrange, al querer hacer una filosofía universal apoyándose
en el invento de las puertas, se ha limitado a presentarnos una fotografía
psicológica del francés, que posiblemente no nos servirá de base para
analizar un proceso semejante tomando a América como punto de partida”
(Arciniegas, 1937: 51).
Para refutar las afirmaciones de
Lagrange Arciniegas se sitúa en su perspectiva de americano: “Yo no sé si sea una presunción excesiva la de creer que nosotros, los
habitantes de ésta América, estamos más cerca del salvaje, y aún del
hombre primitivo que de los muy civilizados de la cultísima Europa”.
Así deja en el aire una duda, para después aclarar su perspectiva con
otra ironía: “Pero la verdad
es que me siento más cerca de los días simiescos de la creación de lo
que supongo habrá de sentirse el señor Lagrange” (Arciniegas,
1937: 52).
Esta defensa de lo salvaje parece
responder al dilema de Sarmiento, civilización o barbarie,
enfrentando a las teorías eurocentristas el paisaje americano donde están
gran parte de los argumentos de Arciniegas: “Y
mirando el paisaje primitivo de América, no veo la puerta sino como una
invención muy posterior en el desarrollo intelectual del hombre.”
El autor relaciona la puerta con un momento de la historia del ser humano
que va del paso a la lucha por la conservación de la especie a la
explotación del hombre por el hombre: “Se
me ocurre que esa puerta de pura roca, si bien pudo ser útil en el caso
de ciertos pueblos, no debió generalizarse entre los hombres sino cuando
su lucha pasó a ser la de la defensa de la especie para convertirse en la
lucha del hombre por el hombre” (Arciniegas,
1937: 52).
Otra de las tesis que refuta
Arciniegas es la de que los pueblos primitivos fueron todos cavernarios,
obviamente, por razones de tipo medio ambiental: “Lo
mismo en las épocas prehistóricas que en las actuales, en esta carcasa
de planeta han existido climas y circunstancias. De una zona a otra
cambian la flora, la fauna, el paisaje, y es muy verosímil que hubiesen
existido hombres primitivos no cavernarios” (Arciniegas,
1937: 53) A continuación, recurre a la ironía para cuestionar el
complejo de inferioridad de algunos hispanoamericanos: “Yo sé que esta afirmación entristecerá a muchos de mis conciudadanos
que desearían tener progenitores de las cavernas para exhibir una
prosapia de tipo europeo y justificar ancestralmente algunas de sus
ideas…” (Arciniegas,
1937: 53).
Para convencer al lector Arciniegas
no sólo recurre a argumentos como el determinismo ambiental y la
diferencia, sino que refuerza sus afirmaciones bajo la forma de un
testimonio personal: “Yo traje
del Amazonas, y la conservo en un museo de curiosidades, una piedrecilla
del tamaño de un grano de maíz. El mérito de esta roca consiste en que
es la roca de mayor tamaño que se puede hallar en estas regiones”
(Ariniegas, 1937: 53). Y
para rematar su exposición de motivos y la fuerza de sus convicciones, el
autor se dirige a sus lectores como si buscara la complicidad de los
amigos: “Yo quiero que todos
mis amigos que me leen participen de mi propio desconcierto y se convenzan
de que nosotros los americanos vivimos en un mundo arbitrario, en países
exóticos y estrambóticos, en un gongorismo geográfico que elude las
clasificaciones de los sabios europeos” (Arciniegas,
1937: 54).
Elevando la temperatura moral de un lector cautivo por el mágico
poder de su palabra, el escritor evoca la historia de América, citando a
los cronistas como Juan de Palafox y Mendoza que describe el modo de vida
de los indígenas americanos: “Contentanse
con un pobre jacal por casa, y en sus tierras, donde no hay sino indios,
no tienen más cerradura en sus puertas que la que basta a defenderlas de
las fieras, porque entre ellos no hay ladrones ni qué hurtar, y viven en
una santa ley sencilla y como era la de la naturaleza” (Arciniegas, 1937: 56).
Tal defensa de lo americano es sin
duda una reacción entusiasta, posible gracias al clima creado por las
vanguardias de las primeras décadas del siglo XX. Arciniegas es uno de
esos americanos que como Asturias realizaron el viaje a Europa que resumía
la quimérica búsqueda de la modernidad de sus antepasados. Pero al
llegar a la mítica ciudad de París donde rabiosamente se ensayan tantas
propuestas estéticas y se lanzaban tantos manifiestos contra la razón y
las costumbres burguesas y en defensa de un pensamiento mágico y de un
arte primitivo y puro, descubrieron que la idea de la decadencia se
apoderaba de Europa y que los artistas como Artaud buscaban en las
culturas precolombinas una vía hacia un contacto directo con las formas
de la naturaleza, un retorno a los orígenes.
Esta situación, que sin duda sacudió
la conciencia de los americanos, contribuyó a elevar su auto estima y les
aportó elementos para superar el tradicional complejo de inferioridad
frente a Europa. Si bien, Bolívar y Martí proclamaron con urgencia la
necesidad de crear modelos adecuados para superar la dependencia cultural
frente a las potencias europeas, los intelectuales se quedaron atrapados
en las oposiciones barbarie / civilización, atraso / modernidad,
tradicionalismo / cosmopolitismo, etc, en las que entraban en juego la
defensa o el desdén hacia de lo propio frente a lo foráneo.
Con las vanguardias se rompe, al
menos al nivel del discurso, esa falsa dicotomía. Lo foráneo se asimila
y cuestiona. Lo propio se redimensiona desde las corrientes de pensamiento
foráneas, se le asignan nuevos valores. La sustancia literaria que
proporciona la naturaleza americana, se moldea con técnicas como las
propuestas por el surrealismo. Por eso no debe extrañarnos que un
ensayista como Arciniegas cuestione en 1937 las teorías de los europeos,
oponiendo a sus clasificaciones la diversidad; a sus generalizaciones, la
pluralidad; presentando argumentos históricos (textos, crónicas, etc);
argumentos medio ambientales -como los positivistas-, apelando a la ironía
y al humor, aportando su experiencia y su perspectiva: la de un americano
que se niega a ser clasificado y encasillado en los moldes eurocentristas.
Nada más apropiado para esta
terapia, la de elevar la moral de los americanos, que el ensayo en donde
el sujeto puede exteriorizar sus fantasmas bajo formas diversas y con
distintas tonalidades. Como todos sabemos, el ensayo es producto de la
mentalidad renancentista, que necesita mostrar la interioridad del ser
humano, en una aventura ciertamente arriesgada, tal es la de confesarse
ante sus contemporáneos. El género obviamente tiene en Montaigne a uno
de sus precursores.
En Essais éste señala sus
rasgos esenciales: subjetividad y arbitrariedad, los cuales permiten que
el sujeto desarrolle su capacidad crítica al aproximarse al mundo que lo
rodea.
Pero el estilo de cada ensayista es
tan personal que muchas veces es difícil encontrar rasgos comunes entre
ellos. Sin embargo, M. Butor encuentra la unidad del ensayo siguiendo un
riguroso análisis estructural, es decir,
identificando sus elementos y determinando su función y sentido,
estableciendo las relaciones entre ellos.
Lukasc, en cambio, lo explica desde
su función expresiva y su peculiar subjetividad: “Hay
vivencias (...) que no podrían ser expresadas por ningún gesto y que,
sin embargo, ansían expresión (...) la intelectualidad y la
conceptualidad como vivencia sentimental, como realidad inmediata, como
principio espontáneo de la existencia; como concepción del mundo en su
desnuda pureza, como acontecimiento anímico, como fuerza motora de la
vida” (Lúkasc,1975).
Ciriaco Morón Arroyo en Ensayo y ciencias sociales, plantea la necesidad de definir el género
a partir del modelo de Montaigne, tomando como punto de referencia un
“concepto universal” del ensayo, es decir, una estructura a priori del
género, una realidad que sólo pueda cobrar forma a través del ensayo,
definición que quizás se acerca a la de Lúkasc, todo ello estableciendo
una historiografía. El autor se remite a Bacon quien aclara: “the
word is late, but the thing is ancient” (Morón, s/f: 6) y se
remonta a las epístolas de Séneca a Lucio, para establecer los orígenes
del ensayo.
Como ya se ha dicho, Montaigne elige
como disculpa un tema cualquiera para expresarnos su punto de vista sobre
diferentes aspectos de la vida, proceso que implica una indagación honda
sobre sus principios morales, sus emociones, sus conocimientos, lo cual
supone un ejercicio de honestidad cuyo resultado debe ser la desnudez del
ser interior, Je m'etudie plus
qu'autre subjet. C'est
ma metaphysique, c'est ma physique , nos dice.
Así, parte de una historia personal
que inserta dentro de una estructura universal, para evitar caer en lo
anecdótico. El tema de los coches en “Los coches” -capítulo sexto
del tomo III- es una disculpa para darnos sus opiniones sobre el lujo y la
vanidad de algunos monarcas y la sensación de malestar que esto le
produce y, al mismo tiempo, dejar oír su diatriba anticolonialista,
lamentando que los pueblos americanos no fueran conquistados por los
griegos y romanos que, a su juicio, hubieran “disipado dulcemente” su
“naturaleza salvaje”, y no por los españoles que los doblegaron y
empujaron hacia la traición, la lujuria la avaricia y hacia toda suerte
de inhumanidad de crueldad y de cinismo.
Esta retórica facilita la inserción
de su pensamiento en el tiempo, en un proceso que parte de él y va hacia
el conocimiento de “sí mismo” en la trama del discurso, de modo que
la experiencia personal es a menudo la piedra de toque de la verdad. Pero
tal argumentación, no exenta de prejuicios morales e ideológicos, no se
considera objetiva desde el punto de vista científico.
Al
comparar la forma del ensayo con el método científico, Ortega y Gasset
nos dice que es “la ciencia,
menos la prueba explícita.” A Montaigne no le interesa demostrar
nada, él sólo pretende exponer una idea y desvelarla a los otros. La
subjetividad de esta forma de conocimiento es entonces relativa, pues lo
que nos muestra de su experiencia personal con los coches está inserto
dentro del concepto del lujo, como expresión de poder, de ciertos
imperios, actitud que, a la vez, justifica despotismo y el sometimiento de
otros, principio en que se apoya una determinada política colonialista.
Esta actitud frente al conocimiento es retomada por la fenomenología que
no pretende demostrar nada, sino invitar a ver, exponiendo las cosas desde
una perspectiva determinada. En el ensayo, como señala José Olivio Jiménez,
“(...) todo depende del
enfoque, no del tema”, es decir, los marcos de una historia del
ensayo están dados “por la
presencia de ciertos elementos intrínsecos que tienen que ver con el modo
en que un escritor piensa un asunto” (Jiménez, 1990: 13).
Entre tanto, el método científico
de conocimiento que se apoya en la experiencia y en la observación va
abriéndose paso hacia el Siglo de las Luces en la época de Montaigne,
por lo que resulta curioso que en un momento en que las ciencias avanzan más
allá de las fronteras, el autor de Essais
se repliege en su interior e indague las profundidades de su ser otro tipo
de saber que va del logocentrismo a la escritura en el tratamiento de los
temas éticos y morales (o psicológicos), en un diálogo entre el yo y el
mundo circundante, de modo que la existencia se va desvelando a sí misma
en la escritura.
El ensayo, como afirma José Olivio
Jiménez, “cuestiona la verdad
establecida, abre fronteras y niega las formas sacralizadas del
conocimiento (incluso la propia, pues el ensayo se interroga a sí mismo),
cuestionamiento que las enriquece y les da nueva vida” (Jiménez,
1990: 13). Esa flexibilidad del género permite el libre fluir de
las ideas, abre camino a las especulaciones filosóficas, acerca muchas
veces la palabra al poema y hace del proceso del conocimiento una grata y
arriesgada aventura. “Antidogmático,
asistemático y con frecuencia herético”, al decir de Olivio Jiménez,
el ensayista, se convierte muchas veces en la conciencia de su tiempo.
La literatura hispanoamericana nos
ofrece una notable cantidad de ejemplos en los que la lucidez del autor
destaca tanto como su virtuosismo en el manejo del idioma, como si el
hecho de indagar sobre el pasado y el presente, se convirtiera en un
ejercicio poético. Desde Mariano Picón Salas hasta Octavio Paz, la
pregunta por el ser es prácticamente un ejercicio poético a través del
cual se construye la imagen de esa América
mágica que Arciniegas descubre al reinterpretar los hechos del
pasado, al estilo de Montaigne, como En América
tierra firme, donde toma como disculpa el tema de las puertas y los
cerrojos, para ilustrar los hábitos de la sociedad colonial
hispanoamericana y expresar su inconformidad ante la tendencia de ciertos
estudiosos de Hispanoamérica que suelen generalizar desde los parámetros
europeos.
El autor de un ensayo pone emoción
en sus ideas e intenta confesarse y persuadir haciendo gala de su maestría
en el manejo del lenguaje. Esta literatura de tipo confesional pone de
manifiesto el carácter del ensayista, que quiere convencer con su
exposición, ganar adeptos para su causa y hacer arte -porque pone a su
servicio todos los recursos de la estética-, pero, ante todo, quiere,
como un Mesías, poner su experiencia al servicio de los otros. ¿Vanidad?,
¿humildad?, ¿ausencia de pudor?, ¿autoreferencialidad?, ¿qué ocultas
razones empujan a un escritor a desnudarse ante sus contemporáneos?
El clima de las vanguardias europeas
tan favorable al ensayo hispanoamericano aportó, entre otras cosas, un
nuevo concepto del ser humano. El descubrimiento del inconsciente por
parte de Freud y la concepción marxista de la historia introdujeron
cambios fundamentales en el tratamiento de los temas sociales. Si el
positivismo estableció una relación directa entre el ser humano y el
medio ambiente en el que se desarrolla, el psicoanálisis y el marxismo
ofrecieron nuevos elementos para explicar el devenir de los pueblos desde
un inconsciente colectivo.
Un Historiador como Waldo Frank,
que tanto influyó en autores como Arciniegas, presenta los hechos desde
diferentes perspectivas: la del indígena, la de los colonizadores, la de
los misioneros, la del mestizo atrapado en el problema de su identidad:
“En el mestizo, España y América
se unen por primera vez. Y la unión es la guerra. Dos voluntades del
mundo se encuentran y se vuelven una contra otra. Ninguna puede prevalecer
y ninguna puede morir” (Frank,
1932: 48). Esta condición
dual del mestizo se convierte en un motivo de reflexión a partir del cual
se explican los conflictos de la sociedad hispanoamericana, desde
Garcilaso hasta Paz.
Abordar el tema del mestizaje desde
la perspectiva de un americano, como ocurre con Arciniegas, implica
desvelar el ser interior y abrir una vía para el conocimiento de ese ser
americano que se define, siempre en relación a Europa y a los Estados
Unidos. Las relaciones con lo europeo, como se ve, suscitan grandes polémicas
entre los ensayistas. Mariátegui, Alfonso Reyes y Baldomero Sanín Cano,
difunden las corrientes europeas en Hispanoamérica. Éste último, como
bien señala, J. O. Jiménez, es una figura por descubrir. Con una visión
más moderna que la de muchos de sus sucesores, frente a lo europeo, el
colombiano Sanín Cano señala que hay valores “distintos de los
nuestros”, pero no por ello pueden negarse. Su crítica al concepto de
lo “exótico” muestra una actitud abierta y una clara percepción de
que las ideas cambian y evolucionan, afectando a las diferentes áreas del
saber. Los valores europeos, desde su punto de vista, no son los únicos
aceptables.
José Luis Martínez en De la naturaleza y el carácter de la literatura mexicana, 1960,
resuelve este antagonismo entre lo europeo y lo americano explicando que
América es una síntesis entre las culturas indígenas y la española y
europea como dos brazos que pertenecen a un mismo cuerpo. De este modo
presenta como complementarias dos vertientes que se han visto como
opuestas. Vasconcelos proclama con entusiasmo la creación de una raza cósmica.
Rodó también se reconoce como herencia de España, en tanto ésta es
distinta de Norteamérica y de la cultura anglosajona.
Germán Arciniegas comparte con
matices estos puntos de vista ofreciendo argumentos sugestivos. Se trata
de una mirada que se centra más en lo que América le aportó a Europa
que en lo que ésta legó. Al igual que Sanín Cano, considera que los
valores europeos no son los únicos válidos y que por, el contrario, son
los menos indicados para explicar los americano, que no puede ser
interpretado desde la lógica, sino desde la magia y la poesía -Lo mismo
defiende Carpentier.
Después de la Segunda Guerra Mundial
empiezan a advertirse en Hispanoamérica los síntomas de un conflicto
generacional. En Europa, como sabemos, el desencanto y la crisis dan lugar
a las corrientes estructuralistas ahistóricas y deshumanizadoras de los
procesos sociales. Las estructuras representan las realidades. La irrupción
de los medios masivos de comunicación permiten que América descubra el
mundo y se descubra a sí misma. La crítica al pasado es despiadada. Hay
una suerte de conciencia moral que invade la producción literaria de la década
de los cincuenta.
Con la publicación de El laberinto de la Soledad (1950) Paz rastrea las huellas de la
identidad mexicana, penetrando en lo más hondo de la conciencia,
reinterpretando los mitos de la cultura maya y azteca. Igual que
Arciniegas, Paz se detiene en diferentes períodos de la historia,
buscando en ellos la esencia de ese carácter ensimismado y taciturno de
los mexicanos. En América tierra
firme Arciniegas ya había reflexionado sobre el carácter de los
americanos: “¿A qué, preguntará el lector, este dolido recuento de lo que fue la
grandeza americana? ¿A qué este rastrear por los subterráneos de la
historia, cuando todo aquello se fue a tierra y no tenemos a la vista sino
la realidad de una cultura fundada en los principios europeos? No. Nuestra
cultura no es europea. Nosotros estamos negándola en el alma a cada
instante. Las ciudades que perecieron bajo el imperio del conquistador,
bien muertas están. Y rotos los ídolos y quemadas las bibliotecas
mexicanas. Pero nosotros llevamos por dentro una negación agazapada.
Nosotros estamos descubriéndonos en cada examen de conciencia y no es
posible someter la parte de nuestro espíritu americano por silenciosa que
parezca” (Arciniegas,
1937: 103). Paz señalará la búsqueda del mexicano de una forma
que lo exprese y su lucha con entidades imaginarias, con los vestigios del
pasado que impiden su realización plena, es decir la lucha del mestizo
entre su voluntad de ser y su miedo a ser (Paz, 1985: 66).
No cabe duda que esa búsqueda de una
forma de expresión está íntimamente unida a una voluntad de ser que se
aprecia claramente en la obra de Arciniegas. En un artículo publicado en
1992 éste confirma la idea de un ser americano en proceso formativo: “El
hombre americano en último término va a ser una creación civil de
convivencia que al cabo de cinco siglos, reduzca al bárbaro de Europa y
al salvaje de lo que se llamó las Indias Occidentales, a convivir”
(Arciniegas.1992).
Asimismo en Arciniegas la utilización
de la gramática, uso de los plurales, de los diminutivos, de formas
verbales como “poder ser”, “va a ser”, “llegar a ser”, etc, no
obedece a lo que algunos llaman voluntad de estilo, sino a la necesidad de
expresar, primero, un concepto del ser humano como proyecto, como
posibilidad -no se confunda este concepto con la idea de que los
americanos son inmaduros-; segundo, una voluntad de “ser americano”;
tercero una necesidad de escapar de las generalizaciones; y, por último,
un placer de ser distinto, inclasificable, diverso, plural,
indisciplinado, irreverente. Así se asoma al siglo XXI este eterno
estudiante de noventa y seis años que aún conserva su capacidad de
asombro y su habilidad para volver insólito e irrepetible elementos
cotidianos como los cerrojos, las puertas, las ventanas o los bejucos.
Bibliografía
de obras citadas
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Arciniegas Germán. El estudiante de la mesa redonda. Madrid: Imprenta de Juan Pueyo,
1932.
-
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tierra firme. Santiago de Chile: Ediciones Ercilla, 1937.
-
______. América
Mágica. Buenos Aires: Sudamericana, 1958.
-
______. “Nuestra América es un
ensayo”. Cuadernos 73
(1963): 9-16.
-
______. “Posdata con coletilla
de hurakán”, Bogotá, El
tiempo, 20 de enero de 1992. También en América
es otra cosa. Bogotá: Intermedio Editores-Círculo de Lectores,
1992.
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Jiménez, José Olivio. Breve historia del ensayo hispanoamericano. Madrid: Alianza, 1990.
-
Lukasc, Goerg. El alma y las formas y la teoría de la novela. Barcelona: Grijalbo,
1975.
-
Maturo, Graciela. “La imaginación
creadora en la teoría literaria hispanoamericana”. Imagen
y expresión. Hermenéutica
y teoría literaria desde América Latina.
Buenos Aires: Fernando García Cambeiro, 1991.
-
Montaigne,
Michele. Oeuvres Complètes.
Paris : Seuil, 1967.
-
Morón Arroyo, Ciriaco, “Ensayo
y ciencias sociales”. En El
escritor como crítico literario y el ensayo en la literatura hispánica.
Hispanic Literatures 6th
Annual Conference, Oct 17-18, Indiana, Pennsylvania University, Editor
Cruz-Mendízabal
-
Ortega y Gasset, José. Meditaciones del Quijote. Madrid: Espasa Calpe, 1978.
-
Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. México: FCE, 1985.
-
Reyes, Alfonso. Obras Completas. Tomo IX, México: FCE, 1959.
Publicación original: Consuelo Triviño Anzola. "De
Montaigne a Arciniegas: la escritura y la construcción del ser americano".
Cuadernos Hispanoamericanos 551-552 (1996): 61-70.
Consuelo Triviño Anzola
© José Luis Gómez-Martínez
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