José Rizal y Alonso:
El hombre y su
obra
Manuel García Castellón
University of New Orleans
1. Introducción.
Situación
colonial de Filipinas a finales del siglo XIX.
Durante
los 333 años de presencia española en Filipinas, la falta de efectivos militares y la
lejanía de la metrópoli hizo que la tutela colonial fuese virtualmente confiada a las
órdenes religiosas del archipiélago. Los frailes instilaban en la conciencia nativa el
papel providencial de España, destinado según ellos a salvar a los insulares de pasadas
tiranías y, más aún, del peligro mahometano, que campeaba en la sureña Mindanao y
resto de la Insulindia. Las tareas de pacificación se llevaban a cabo mediante
colaboración de la principalía nativa, de la cual iba surgiendo una clase ilustrada
que, aun fiel a su íntima esencia asiática, educada por frailes y monjas iba asimilando
filialmente la religión, las costumbres y la lengua de la metrópoli. Los criollos puros
siempre fueron escasos en la remota colonia. La instrucción en castellano no se
intensifica ni generaliza hasta los días de la revolución liberal española de 1869.
Así pues, los dos pilares del colonialismo lo formaban el monacato con su
omnímodo poder y aquella clase ilustrada, amestizada de elementos chinos y
españoles, la cual gozaba de cierta cota de poder sufragáneo local. Hacia finales del
siglo XIX, especialmente tras la apertura del Canal de Suez y del puerto de Manila a la
navegación y tráfico internacionales, de dicha clase emerge toda una intelligentsia
nativa atenta al discurso del derecho, progreso y eventual emancipación de los pueblos
bajo tutela colonial.
Por otra parte, aquella conciencia se había ido despertando precisamente
a través de las arbitrariedades frailunas. Tras graves incidentes que mermarían
grandemente el prestigio de los religiosos, como el fusilamiento en 1872 de tres clérigos
seculares nativos por haber protestado de que los más pingües curatos fueran acaparados
por los frailes peninsulares, surgen ideas de asimilacionismo y aun de franco
secesionismo. El asimilismo, ideología de gran parte de la clase social protagonista,
reclamaba la derogación del sistema de coloniaje, el estatuto de provincia española de
pleno derecho y la consiguiente representación filipina en Cortes (privilegios que ya se
habían gozado brevemente durante el trienio liberal fernandino). En cuanto a las bases
populares nativas, lógicamente más descontentas y escasamente hispanizadas en lengua o
cultura, hacia 1886 se adhieren en grandes contingentes al llamado Katipunan, movimiento
clandestino y violento de organización afín a la masonería y metas claramente
separatistas. Por cierto, el ideario de dicho movimiento se inspiraba, como veremos, en la
obra literaria de un ilustrado, José Rizal.
2. José Rizal y Alonso y la novela ideológica
en el ámbito de la insurgencia filipina.
El "Movimiento Propaganda" (1880-1895).
Bajo el ministerio del restaurador Cánovas del Castillo, período de
garantías constitucionales, la prensa de ideas contribuye a la efervescencia política
española. Eso observan los estudiantes filipinos que, en creciente número creciente y
tras la apertura de Suez, arriban a la Península. Allí les ofende muy pronto el discurso
racista que, frente a los vientos de emancipación colonial, emiten ciertos escritores
viajeros acerca de las Filipinas y sus pueblos. Los estudiantes filipinos de Madrid y
Barcelona, en su mayor grado de conciencia patria, comienzan por lanzar una tímida
campaña propagandística en la prensa a fin de responder al denuesto. En 1880, tras un
efímero "Círculo Hispano-Filipino," surge en Madrid el "Movimiento
Propaganda," por el que los jóvenes malayos se deciden a utilizar plenamente las
libertades de expresión que los frailes de Filipinas vedaban acérrimamente en el ámbito
colonial. La liberal Ley de Imprenta de 1883 les da nuevos bríos.
Por su parte, en 1889, el grupo filipino de Barcelona emite el primer
número de La Solidaridad, quincenario que asimismo se proponía defender la imagen
de Filipinas ante los que aducían su estado de barbarie, así como afirmar la prontitud y
madurez de las élites isleñas para asumir funciones de cogestión colonial. Cuando meses
después pasó a Madrid la redacción del periódico, éste se constituyó en órgano del
Movimiento Propaganda. Publicado hasta 1895, contó siempre con las simpatías de de
importantes políticos y publicistas como Manuel Becerra (ministro de Ultramar),
Segismundo Moret, Francos Rodríguez, Pi i Margall, Miguel Morayta, liberales todos ellos
de filiación krausista o masónica, proclives a la gradual emancipación de las colonias.
La ideología del grupo propagandista no se consolida hasta que en 1882
llega a Madrid José Rizal, miembro de una rica familia ilustrada. Habiendo sufrido
incidentes personales y familiares con la Guardia Civil y los frailes de la colonia, su
conciencia estaba entrando en una etapa de agudo criticismo anti-colonial. Nacido en 1861,
José Protasio Rizal Mercado y Alonso Realonda había recibido la exquisita educación
humanista de los jesuitas de Manila, donde también inic iniciaría su licenciatura en la
dominica Universidad de Santo Tomás. Llegaría a dominar varias ciencias y lenguas,
siendo además un fino poeta de afinidades esproncedianas y temáticas heróicas. Acudía
a Madrid con objeto de realizar estudios de Medicina y Filosofía, pero también (con
discreta reserva y quizá juramentado iniciáticamente en una logia masónica), decidido a
inducir en sus paisanos la superación del mero asimilacionismo. Una tarde, con motivo del
homenaje que se rendía a dos pintores filipinos galardonados por la Dirección de Bellas
Artes, Rizal improvisa un discurso-brindis que despierta la conciencia de la hasta
entonces indolente colonia filipina. El juvenil discurso, aun incluyendo táctica
declaración de adhesión a España, profesaba patriótica fe en una identidad propiamente
filipina, a la vez que pedía para la alejada colonia los urgentes beneficios de la
modernidad y, por supuesto, el fin de la hegemonía frailuna. A partir de aquel brindis,
Rizal se constituye en líder natural del grupo.
Hasta entonces, el eje de la colonia filipina había sido el opulento
Pedro A. Paterno, quien con los mencionados fines propagandistas había publicado Nínay,
una anodina novela de costumbres filipinas. Tras esta huella, pero reconociendo la
fuerza testimonial de la narrativa natural-realista de la época--Galdós, Clarín,
Palacio Valdés--Rizal comienza el borrador de su novela Noli me tangere. El
título latino (i.e., no me toques) que el escritor médico daba a su relato
aludía al cáncer social, al corrupto estado de cosas existente en su lejana patria
filipina. Aunque el discurso no era todavía francamente secesionista, al denunciarse la
postración y corrupción de la vida colonial, (haciendo responsables de ello a los
frailes y sus secuaces laicos) se afirmaba la separada identidad filipina, aun
reconociéndose los beneficios culturales aportados por España. También se proclamaba
con especial convicción la necesidad de intensificar la educación en las islas a fin de
redimir al pueblo de tres siglos sin verdaderas luces. El libro se publica en 1886 en
Heidelberg, donde Rizal estaba especializándose en oftalmología.
Rizal vuelve fugazmente a Filipinas en 1887, ocultando algunos ejemplares
del Noli me tangere que distribuye entre familiares y amigos. El libro ya es
conocido en las islas y ha sido objeto de una airada censura oficial. En censor insular,
un agustino llamado Agustín Font, alegaba que la novela contenía ataques y acusaciones
de venalidad a la administración, a los tribunales de justicia, a las autoridades
sufragáneas nativas y, sobre todo, a las órdenes religiosas. En cuanto a los ataques a
la integridad territorial de España, a través del personaje nativo de Elías se
propugnaba la causa separatista, mientras que su contrapunto el ilustrado Ibarra,
con sus manifestaciones de adhesion a España, aparecía subrepticiamente como un ejemplo
de colaboracionismo.
El censor quizá no veía que el contrapunto revolución-asimilacionismo
sería quizá una batalla que estaba librándose dentro del alma del mismo Rizal. Tampoco
quería reconocer que, en la retórica de la novela, el autor debe crear diferentes voces
y actitudes. El solo propósito de Noli me tangere--continuaba el Padre Font--era
disponer la absoluta independencia del archipiélago filipino, con ingratitud hacia la
obra civilizadora y cristianizadora de España. Por todo los cual, una vez más añadía
que el libro debía ser absolutamente prohibido. La censura y las públicas condenas
emitidas por los prefectos religiosos atrajeron al escritor la animadversión del sector
más ultramontano de los ilustrados. La presión social hizo entonces a Rizal
abandonar una vez más su patria. Se retira a Japón y, más tarde, a Londres.
Desde Londres, Rizal envía sus artículos a diferentes periódicos de
Europa y España, en especial a La Solidaridad. El periódico llegaba también a
Filipinas, donde era clandestinamente distribuido entre los miembros más críticos de la
clase ilustrada. Émulos de Rizal, los redactores filipinos de Madrid comienzan a
sorprender a la opinión no sólo con sus reclamaciones patrias, sino con creativas
propuestas de solución al grave problema colonial en general. Sus artículos, de
acendrado castellano y madurez política, no se limitaban sólo a La Solidaridad,
sino también a la prensa liberal española como Los Dos Mundos, El Imparcial, El
Liberal, El Progreso... Se distinguen Graciano López Jaena, Marcelo Hilario del
Pilar, Eduardo de Lete, Antonio Luna y Novicio, Mariano Ponce... Bien por limitaciones de
clase, bien por táctica, las protestas de aquellos jóvenes periodistas no por vehementes
dejan ver fisura alguna en su lealtad a España. De hecho, muchos no pasarían jamás de
meros asimilacionistas.
Desde 1890, tras la caída del gobierno liberal de Sagasta, un Rizal
desengañado piensa que el ágora de las reclamaciones filipinas no está ya en la Corte,
sino en el mismo archipiélago. Endurecido el Gobierno de Madrid, el momento es malo para
actuar en favor de la sola idea de autonomía. Cansadas de promesas, Cuba y Puerto Rico
están alzadas en sendos movimientos de secesión. En las mismas Filipinas se han dado ya
algunas acciones aisladas de idéntico signo. Por entonces publica Rizal en París una
nueva edición de la crónica colonial Sucesos de las Islas Filipinas (1609), de
Antonio de Morga, precedida por un prólogo de su amigo Fernando Blumentritt. En las notas
explicativas, del propio Rizal, se invalida moralmente la pretendida providencialidad de
la conquista, a la vez que se pone de manifiesto el alto grado de civilización propia que
los isleños poseían a la llegada de Magallanes y Legazpi.
Rizal, por sus posturas sugerentes de secesionismo, recibiría ataques de
aquellos compatriotas que, en Madrid o Filipinas, no concebían el extremo del
secesionismo. Algunos de ellos eran incluso colaboradores de La Solidaridad, y lo
hacen saber con artículos que constituyen más que indirectas. Por tal razón, en 1891
suspende Rizal sus colaboraciones en dicho periódico y decide llevar la guerra
propagandista por su cuenta, sumergiéndose en la creación de la segunda parte de su saga
novelística. Se titulaba ésta El Filibusterismo (recuérdese que se llamaba
entonces "filibustero" o "laborante" al que luchaba por la
emancipación de una colonia), que publica por fin en Amberes en 1891. A través de
algunos de sus personajes, en especial el nativo Simoun, El filibusterismo reducía
aún más la indecisión ideológica en cuanto al franco secesionismo de Filipinas.
La Solidaridad dejó de publicarse en 1895 por muerte de su último
animador, Marcelo Hilario del Pilar, cesando así aquella empresa editorial que no por
modesta dejó de influir hondamente en la política española de ultramar. Gracias a ella,
según Schuhmacher, se suprimieron el monopolio del tabaco filipino, los anacrónicos
tributos de vasallaje y la mita, las obsoletas leyes especiales de Indias. En cambio, se
imponían los códigos de justicia peninsulares; el registro de la propiedad y la ley
hipotecaria; la extensión de los planes de enseñanza primaria, secundaria y
universitaria; los juzgados de primera instancia; la traída de aguas y saneamiento a las
ciudades, etc.
Pero sobre todo, el Propagandismo sentó las bases de la nacionalidad
filipina, en lo que Rizal, con sus artículos y novelas, tuvo que ver más que nadie.
Desgraciadamente, en el frente insular no se consiguió reducir la influencia de los
frailes, pues hasta los gobiernos liberales siguieron considerándilos los mejores
fautores coloniales. A su influencia se debería la temprana muerte de Rizal, mártir y
patriota de Filipinas.
En 1892, un Rizal enfermo de tuberculosis y cansado de su solitario errar
y escribir por Europa, América, China y Japón, a la vez que con conciencia culpable por
las represalias de que en Filipinas son objeto sus parientes y amigos, decide volver a las
islas con ánimo de autoinmolación. Consciente de la dialéctica histórica, tres años
atrás, desde París, había escrito a sus compañeros de La Solidaridad: "Sin
1872 [fusilamiento de Gómez, Zamora y Burgos] no habría ahora ni Plaridel, ni Jaena, ni
Sanciangco, ni existirían las generosas y valientes colonias filipinas en Europa; sin
1872 Rizal sería ahora jesuita y, en vez de escribir Noli me tangere, habría
escrito lo contrario. [...] Lo que faltan ahora es gente que, desde las prisiones y
destierros, manifieste valor y entereza para dar ejemplo al pueblo y lo entusiasme como
los antiguos mártires cristianos, como los nihilistas [rusos]." (Epistolario,
II:166-167).
El poder de los frailes parece más absoluto que nunca tras las fracasadas
reformas coloniales de Segismundo Moret. Rizal, en la boca del lobo, quizá dándolo todo
por pérdido en el plano personal, decide llevar su obra al extremo. Apenas desembarcado
pasa a la acción, y con el acerbo de diez años de lucha propagandística y reflexión
política, osa fundar en Manila una "Liga Filipina" destinada no sólo a urgir
reformas sociales y educativas, sino también a promover "protección y defensa
mutuas" entre los filipinos frente a los abusos de la administración.
Implícitamente, la recién fundada asociación cívica, sin ser en sí un llamamiento a
la sublevación, daba por supuesta la incapacidad de las autoridades coloniales para regir
la vida pública y permitir el progreso en Filipinas. Por supuesto, dichas autoridades no
tardan en declarar ilegal la organización, tildándola de foco de subversión
secesionista. A instancias de los religiosos y por orden del Gobernador General, pero sin
verdadera causa formal, Rizal es acusado de agitador y filibustero y, por fin aprehendido,
es deportado a Dapitan, en Mindanao.
La deportación movilizó por fin a las clases populares. La bandería
secesionista del Katipunan, fundada por el caudillo popular Bonifacio, aunaba ideas
socialistas radicales, principios masónicos y, sobre todo, de analecta patriótica
espigada de los textos de Rizal. Integraba a miembros del estamento gremial y popular
tagalo, por supuesto menos hispanizados que la clase de los ilustrados. El
Katipunan daría su grito revolucionario en Balintawak el 29 de agosto de 1896, al
proponer Bonifacio a sus correligionarios que destruyeran sus cédulas españolas de
identidad y empuñaran las armas.
Durante el destierro, no le faltaron a Rizal contactos secretos con
enlaces de la causa independentista, pero al parecer él ya había renunciado a la
radicalidad de sus principios. En Dapitan se dedicó a la agricultura y a practicar la
medicina con los pobres habitantes del lugar. La joven belga Josephine Bracken, que había
llegado como lazarillo de un paciente ciego, se enamoró de Rizal y decidió permanecer
con él en su destierro. Ni esta amable compañía ni la placidez del lugar impidieron
que, tras cuatro largos años, la relegación se le hiciera angustiosa a Rizal, por lo que
un día, haciendo valer el mérito de su buena conducta como deportado, cursa instancia
para servir como médico de campaña en la insurrecta y lejana Cuba.
El Gobernador General Blanco le concedió lo solicitado, por lo que a
últimos de noviembre de 1896 Rizal salió rumbo a Barcelona en el "Isla de
Panay." Sin embargo, al coincidir su partida con la súbita difusión del alzamiento
katipunero por la provincia de Manila, las autoridades insulares--a instigación
frailuna--telegrafían con urgencia al "Isla de Panay." Reclaman la devolución
de Rizal, a quien acusan de ser el instigador de la revuelta, y aducen que la marcha del
libertado a Cuba no obedece a razones humanitarias, sino a querer concitarse con los
sublevados de la gran Antilla. Así pues, apenas llegado a Barcelona y tras breve
cautiverio en Montjuich, Rizal fue reenviado a Manila. Tras un sumarísimo proceso-farsa,
en el que no pudo probarse su afiliación al Katipunan, una escuadra militar le fusiló
días después (la madrugada del 30 de diciembre de 1896), frente a un gran gentío
dividido en sus adscripciones políticas. Como fuera, la ejecución avivaría el
sentimiento nacionalista y el anticlericalismo de no pocos ilustrados y, sobre
todo, de las masas populares, a las que se les daba un final motivo de repulsa a la
opresión colonial.
Según R. Constantino, tras el mutis de España en 1898, la
administración americana, en su deseo de obliterar el pasado español, hábilmente supo
utilizar la figura de Rizal para favorecer a sus propios fines. En efecto, Rizal nunca
llegó a formular una completa teoría independentista. Más bien, por razón de clase y
ávido no más de reformas, sólo llegó a situarse en el polo extremo del asimilismo,
jamás descartando con verdadera convicción--quizá por influencia krausista--la idea de
una metrópoli dirigente para un pueblo de nacionalidad en ciernes. Por ende, había
rehusado secundar directamente los métodos radicales y sanguinarios del revolucionario
Katipunan. Bajo la administración colonial americana--dice también Constantino--el culto
cívico a Rizal daba además a los filipinos cierto escape en su anhelo por la prometida
independencia (la cual se demoraría hasta 1947).
A fin de consolidar iconología y hagiografía del mártir abatido por
España, la imagen de Rizal se estampó en sellos y monedas; a la la más bella avenida de
Manila se le impuso su nombre; se creó el Museo Rizalino; se declaró gran fiesta
nacional la efemérides del fusilamiento, y una elegante estatua se alzó para honrar su
memoria en el Parque de Luneta, cercano al lugar de la ejecución. Con ello, las masas de
la posteridad--y con ellas las élites que de ellas surgirían--se aprestarían a
alienarse de España, su lengua, su cultura y su imperio de 333 años sobre Filipinas.
"Mi último adiós" (1896), la más popular y conmovedora de las
poesías de Rizal, fue finiquitada por éste en la celda del Castillo de la Real Fuerza de
Santiago la víspera de ser ajusticiado, y apareció depositada en una lámpara del
alféizar. El poema, testamento espiritual de un emplazado, se había ido formando tras
largo proceso, quizá a partir de lejano día en Dapitan, intuyendo Rizal su propia
muerte. He aquí algunos fragmentos:
Adios patria adorada, region del sol querida,
perla del mar de oriente, nuestro perdido Edén.
A darte voy alegre la triste, mustia vida:
si fuera más brillante, más fresca, más florida,
también por tí la diera, la diera por tu bien.
Mis sueños cuando apenas niño o adolescente
mis sueños cuando joven, ya lleno de vigor
fueron el verte un día, joya del mar de oriente
secos los negros ojos, alta la tersa frente
sin ceño, sin arrugas, sin manchas de rubor.
Ora por todos cuantos murieron sin ventura
por cuantos padecieron tormentos sin igual,
por nuestras pobres madres que gimen su amargura,
por huérfanos y viudas, por presos en tortura
y ora por tí, que veas tu redención final.
3. Rizal, ensayista.
La circunstancia de la obra rizalina se corresponde con una época de
fermento de ideas no sólo en la Península, sino en lo que restaba de "las
Españas." La emancipación de las últimas colonias no se explica sin ese fermento
de masonería, utopías románticas, krausistas, krauso-positivistas; nihilismos a la
rusa; proto-socialismos... Como se ha dicho, tras la revolución liberal de 1869, las
élites del mundo hispánico reencuentran "la funesta manía de pensar." Cuba,
Puerto Rico y Filipinas conocen el establecimiento de logias masónicas, muchas veces
fundadas por deportados españoles, en las que sus miembros se conjuran para importantes
causas tras dejarse indoctrinar de pensamiento liberador. Por más que Filipinas es
entonces feudo de órdenes religiosas oscurantistas, Rizal ha tenido la suerte de formarse
con los jesuitas del Ateneo, siempre sabios en la manera de conjugar ilustración y
Revelación. Además, muy joven aún se inicia en la masonería. Con estos antecedentes
será hombre ungido de ideas, no sólo vertidas en sus artículos periodísticos y ensayos
propiamente dichos, sino también entretejidas en su narrativa, en sus cartas, en las
notas críticas a la edición de la crónica de Morga. Del ensayo y las formas afines a
éste, Rizal deja abundantes muestras en su corta vida.
Rizal ha pasado a la posteridad, sobre todo, por sus dos novelas, Noli
me tangere y El Filibusterismo. En ambas obras, la insistencia en las ideas
constituye la fuerza, a la vez que la debilidad estética. Es decir, un eficaz didactismo
prevalece sobre cierto aire de feuilleton. En cuanto al estilo, su formación
médico-científica hace a Rizal escoger el natural-realismo narrativo, con toda la fuerza
persuasiva que la corriente posee en la época, para crear nada menos que el moderno
discurso de la nacionalidad filipina: el pueblo está afecto de una tumefacción, la cual
hay que extirpar con los instrumentos que haya menester, y a más cortantes, mejor.
A pesar de su intensa fabulación o diegesis de amores, alianzas,
aventuras y luchas, ambas novelas sirven a una tesitura ensayística, especialmente en
tres aspectos: excursos, diálogos y cuadros de costumbres. En lo primero, el yo narrante
se explaya en consideraciones tan ideológicas como apasionadas, cual mini-ensayos de
autonomía discursiva, coadyuvando a la implicación del propio yo la técnica entonces en
voga del stream of consciousness. En cuanto al diálogo (que, de suyo, puede dar
lugar a obras independientes, cual en amena forma afín al ensayo), Rizal gusta de los
intensos contrapuntos dialécticos, vg. entre los personajes Simoun e Ibarra, ambos
encarnando respectivamente secesionismo y asimilismo, representando así la irresuelta
dicotomía que tensaba el alma del mismo Rizal; es decir, por una parte la lealtad a una
España misionera e iconizada, enquistada en un panteón de íntimas creencias y, por otra
parte, el compromiso de redimir a Filipinas, entonces envilecida y oprimida por la España
real de frailes, soldados, guardias civiles y burócratas. Por último, los abundantes
cuadros que esmaltan la narrativa rizalina, no sólo aportan valiosa documentación
etno-folklórica sobre la vida colonial manileña de finales del XIX, sino que responden a
un patrón de costumbrismo dinámico y crítico, afin a Larra, autor que Rizal tenía por
modelo de castellano. En carta a Mariano Ponce, desde San Francisco (abril de 1888), dice
Rizal: "Le ruego me compre las obras completas de Larra [...] Tengo prisa en leer
esas obras maestras para ponerme al corriente otra vez del idioma." (II:8).
Independientemente de las dos novelas de Rizal, su actividad ensayística
propiamente dicha es notable para vida tan corta, prodigando sátiras, epístolas,
artículos periodísticos, escritos políticos e históricos, notas críticas... En cuanto
a la sátira anticlerical, practicada por otros escritores filipinos como López Jaena y
émula del Fray Gerundio de Campazas, está también representada en tres escritos
escasamente conocidos, como "La visión de Fray Jiménez," "Por
teléfono" y "Llanto y risas," donde el autor, con íntimo conocimiento del
mundo clerical filipino, displaya sus inquietudes religiosas. En cuanto a la carta como
género afín al ensayo, la recopilación póstuma del epistolario rizalino suma cuatro
grandes volúmenes que recogen lo más íntimo de la reflexión y de las actitudes del
autor. Junto a las cartas de valor puramente ocasional, Rizal produce también ese tipo de
carta polémica o crítica a la dieciochesca que, aun dirigida a un lector concreto, se
destina también tanto a la universalidad como a la posteridad. En efecto, con voluntad de
estilo y estructura formal--a veces hasta tratadística--emite propuestas para la
escritura del tagalo; dirige amables refutaciones de tipo teológico al jesuita catalán
Pastells; responde con sarcasmo a la pseudociencia dramatúrgica de Vicente Barrantes
sobre el teatro tradicional isleño. Obviamente, el interés de tales cartas no remite en
el tiempo.
Los escritos políticos e históricos, muchos de ellos producidos durante
la activa campaña propagandista en España y, con posterioridad, por cuenta propia en su
vagar europeo al apartarse de La Solidaridad, menudearon hasta que marchó a la
deportación de Mindanao. (Durante este período, quizá ansioso por que se le liberte,
deja de emitir sus proclamas). Dichos artículos eran de tono mesurado y constructivo,
pero siempre enérgico y realista, usando con frecuencia el símil médico y científico
para hablar de la etiología de los males filipinos y sus remedios. En esta línea, entre
sus mejores ensayos se encuentran "Filipinas dentro de cien años" (vaticinando
el rechazo de los filipinos a la posibilidad de caer bajo soberanía americana);
"Sobre la indolencia de los filipinos" (achacando dicha indolencia a las
alienaciones que sufre el pueblo, en especial la de la tierra), y "Como se gobiernan
las Filipinas" (alegato y propuestas que dirige al Gobierno español desde la misma
Corte), todos ellos publicados en La Solidaridad entre 1889 y 1890.
Por último, también procedería incluir en la prosa rizalina de ideas el
copioso conjunto de notas a la edición de la crónica de Antonio de Morga (Sucesos de
las Islas Filipionas, 1609), que Rizal publica en París en 1890 con prólogo de su
amigo austríaco Ferdinand Blumentritt. Dicha crónica, con la que principia la historia
de la hegemonía española en Filipinas, sirve a Rizal de punto de partida teórico para
dar cuenta de la realidad de las islas en sentido evolutivo. Las notas son la primera
contribución crítica a la historiografía europea de Filipinas, precisamente por un
filipino. Desplegando erudición histórica, etnológica, económica, etc., ora refutando,
ora puntualizando, constituyen una especie de ensayo sin armar, pero articulables en una
unidad de propósito apologético-patriótico, a la vez que denunciatorio. Explican los
males de la contemporaneidad a la luz de los errores del pasado.
Rizal, que sin duda debería figurar en una triada con Sun-Ya-Tsen y
Tagore en cuanto al despertar de los nacionalismos asiáticos (cual reclama Coates,
351-352), es también occidental e hispánico por su circunstancia e incluso por su
talante. Es occidental en cuanto que hijo ecléctico de la Welschmertz romántica, el
darwinismo, el trágico desengaño nietzcheano, poniendo la literatura al servicio de una
verdad moral y existencial, a lo Zola o a lo Larra. Es asimismo hispánico, por ser hijo
de la circunstancia hispano-filipina, cuando a tres siglos de hispanización suceden tres
férvidas épocas de despertar de conciencia y fermento de ideas en español. Cual dijo
Unamuno, "en español, Rizal dejó escrita la Biblia de Filipinas." Ello ocurre
al socaire de las libertades expresivas dimanantes del liberalismo español decimonónico,
a la vez que en respuesta a circunstancias específica y secularmente hispánicas de
oscurantismo e inquisición.
Dada la paulatina desaparición del legado español a partir de 1898 (bien
por el sistemático esfuerzo norteamericano, bien por el prodigioso ascenso demográfico y
cultural de las razas insulares), la Filipinas por la que Rizal lucha y muere periclita en
el tiempo. Los últimos gobiernos filipinos--Marcos, Aquino, el actual--eliminaron el
español de los planes de enseñanza. Amén de esto, los esfuerzos por des-hispanizar a
Rizal (virtualmente ignorando su esencia intelectual y talante hispánicos y, a tal fin,
haciendo prácticamente imposible la consecución de sus obras en español) son
circunstancias que impiden a las nuevas generaciones filipinas el cabal conocimiento del
fundador de su propia modernidad y nacionalidad.
Manuel García Castellón
University of New Orleans
1998
© José Luis Gómez-Martínez
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