Zea: "El contexto iberoamericano"
José Luis Gómez-Martínez
Un análisis de la
evolución del pensamiento filosófico iberoamericano desde comienzos del siglo XX hasta
nuestros días, que preste atención primordial a las fuerzas internas que modelan su
carácter, revela tres etapas fundamentales, claramente desarrolladas, y el inicio a
finales de la década de los años ochenta de una cuarta, todavía luchando por definirse,
pero que se perfila en su carácter dialógico.
La primera etapa, la formación de tres focos de irradiación cultural (el mexicano, el
peruano y el argentino), se forja a partir de la generación de 1915 y bajo la tensión y
desprestigio de los valores europeos que traía consigo la Primera Guerra Mundial.
Iberoamérica se pregunta por su "yo" colectivo y dentro de sus extremas
realidades nacionales comienza a encontrarlo: emerge omnipresente y vigoroso en el México
revolucionario, y soterrado, necesitado de una "re-creación," en la nueva
sociedad de inmigrantes argentina. Pero de uno a otro extremo hay cierto reconocimiento de
una identidad iberoamericana que invierte el proceso de recogimiento nacionalista que
caracterizó el siglo XIX, en una marcha ahora hacia el entendimiento continental. El
nuevo arte mural mexicano descubre y revalora dimensiones estéticas autóctonas antes
desconocidas o despreciadas. Iberoamérica hacía oír su voz. Rivera, Orozco y Siqueiros
transcienden el ámbito mexicano y se integran en el diálogo filosófico del siglo XX.
Manuel González Prada y José Carlos Mariátegui injertan, desde el foco peruano, la
preocupación social en el discurso axiológico iberoamericano. La expresión europea de
rebelión, "yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo
yo," que formula Ortega y Gasset, fundamenta el nuevo diálogo y se convierte en el
estandarte de independencia cultural iberoamericana que permea desde la novela de la
revolución mexicana a las esculturas de la boliviana Marina Núñez; desde el
replanteamiento de la realidad iberoamericana en la obra de Mariátegui, a la búsqueda de
la Argentina soterrada en Historia de una pasión argentina (1937), de Mallea, o en
Radiografía de la pampa (1933), de Martínez Estrada.
La segunda etapa, la forja de un programa iberoamericanista, se gesta con la
generación de 1939. Samuel Ramos y José Gaos desde México y Francisco Romero desde la
Argentina son los promotores iniciales. La Segunda Guerra Mundial parece confirmar la
"decadencia de Occidente," de que hablara Spengler. Iberoamérica había
iniciado ya su colaboración en el diálogo de la cultura universal; y, ante el vacío que
dejaba Europa, se siente ahora la necesidad de participar con voz creadora, de contribuir
desde el propio discurso axiológico. Así es como se descubre que Iberoamérica se
desconocía, que se necesitaba primero recuperar sistemáticamente el propio pasado.
Leopoldo Zea emerge en la década de los cuarenta como el líder intelectual que aglutina,
estructura y dirige este esfuerzo de recuperación que se convierte en empresa
continental. Se unen y se proyectan de este modo en Zea, en su obra, en sus iniciativas,
el foco argentino (Alejandro Korn, Coriolano Alberini, Francisco Romero) y el foco
mexicano (Samuel Ramos, José Gaos) y se inicia también la recuperación del foco
peruano, marginado desde la muerte de Mariátegui. Como ya había demostrado en sus
comienzos el arte mural, la circunstancia iberoamericana se presentaba preñada de
fecundas proyecciones. La década de los años sesenta es el taller donde fermentan las
nuevas ideas y comienzan a germinar frutos originales del pensamiento iberoamericano.
La tercera etapa, el planteamiento de una filosofía de la liberación, emerge como
pensamiento maduro a finales de los años sesenta. Se trata de una visión iberoamericana
del orden mundial, de una confrontación primero, deconstrucción después, del discurso
axiológico del pensamiento occidental, al mismo tiempo que éste se erigía a escala
global como portador de los valores universales. En este sentido, 1968 parece ser la fecha
catalizadora de este pensamiento: desde la reunión episcopal de Medellín que marca el
inicio de la teología de la liberación como discurso teórico, a las protestas
estudiantiles y los trágicos sucesos mexicanos de la noche de Tlatelolco. Iberoamérica
ha madurado un nuevo pensamiento que expresaba con claridad la obra de Leopoldo Zea y que
muy bien puede resumirse en las palabras claves: "La filosofía en Latinoamérica
como problema del hombre," con que comienza su libro La filosofía americana como
filosofía sin más (1969). Este es el pensamiento que anima el sincretismo
estético-filosófico de Cien años de soledad (1967), de Gabriel García Márquez;
o la formulación utópica del "Hombre Nuevo" que populariza el triunfo de la
Revolución cubana y el pensamiento del Che Guevara. Es también el pensamiento que anima
las reflexiones económico-sociales de Fernando H. Cardoso y Enzo Faletto en Desarrollo
y dependencia (1970) o de Paulo Freire en Pedagogía del oprimido (1971) o, en
fin, la revalorización del cristianismo de Gustavo Gutiérrez en su Teología de la
liberación (1970).
A finales de la década de los años ochenta se perfila el surgir de una nueva
generación que asume el pensamiento de la liberación y al hacerlo lo problematiza. Se
acepta el proceso deconstructivo con que la filosofía de la liberación desenmascaró el
discurso opresor occidental, pero se rechaza la posición exclusivista y de confrontación
con que se formuló en su comienzo. La filosofía de la liberación proyecta ahora
justamente la posibilidad de reconocer un discurso bancario a través de una comunicación
antrópica. Es decir, reconoce el derecho del "otro" a crear su propio discurso,
pero, al mismo tiempo, establece que la legitimidad de todo discurso axiológico se
encuentra únicamente en su relación con el "otro." La obra de Leopoldo Zea,
epítome de la trayectoria de la filosofía iberoamericana en el siglo XX, se ha mantenido
a la altura de estas tres últimas generaciones: asumió el legado de la primera,
organizó y dirigió la segunda, asentó las bases filosóficas de la tercera y hoy
representa la fuerza institucional que apoya y dialoga con el nuevo discurso filosófico
de la liberación. Por ello, presentar el pensamiento de Zea es establecer la biografía
intelectual de este proceso iberoamericano. Zea articula su discurso filosófico en
íntimo diálogo con su circunstancia, y la fuerza y originalidad de su filosofar se hace
sólo inteligible en el contexto de la gestación de la filosofía de la liberación. El
desarrollo del pensamiento de Zea que se expone en estas páginas, se hará, pues,
igualmente, en función del desarrollo del pensamiento iberoamericano durante la segunda
mitad del siglo XX.
José Luis Gómez-Martínez
Octubre 1998
[Fuente: José Luis Gómez-Martínez. Zea.
Madrid: Ediciones del Orto, 1997. Reproducimos aquí con ligeras
modificaciones el texto original de este libro.]
© José Luis Gómez-Martínez
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