Finitud y transfinitud humanas:
una
aproximación ético-antropológica al pensamiento de J.D. García
Baccca
Castor Bartolomé
Toda antropología
se reduce a esa afirmación:
El hombre es un ser, el único ser,
que es para sí mismo y en sí mismo problema,
que sabe trocar esencia en problema, existir en aventura
J. D. García Bacca
Nos habla un sabio: Un Ben Sira de la
ciencia/técnica
Cualquier estudio
sobre la obra de Juan David García Bacca constituirá siempre una
visión limitada, dada la amplitud de su obra y la densidad de su
contenido. En este trabajo decidimos tomar su obra: Sobre
virtudes y vicios, como mirador principal o punto de
referencia a través del cual otear algunos ejes claves de su
concepción ético-antropológica del ser humano.
La obra mencionada se estructura a
partir de tres ensayos. Ella tiene la peculiaridad de ser un
fruto maduro, casi la síntesis/inicial de una vida/trabajo.
Desde el cenit de su existencia, un García Bacca maduro
escudriña la vida y la ciencia con la sabiduría de sus noventa
años. Él se auto-presenta como un nuevo Ben Sira y se siente:
“en el derecho, casi con
obligación, de dar al Lector unos consejos para leerla”
Como Ben Sira se
debate y embate, a vueltas y revueltas, con/contra la tradición
judaico-cristiana. Tradición de la que forma parte, que le
con/formó de modo vital pero con/contra la cual reacciona como
transfinitador que tiende a superar los refrenadores
humano-divinos que, a su vez, impiden al hombre el acceso al
infinito de Dios, y a la divinidad su inserción en la finitud
del hombre. En esta acción-reacción con/contra la tradición
cristiana, en la descontrucción filosófico-tecnológica que de
ella realiza, reencuentra el genuino sapere de
aquel que fue un trasfinitador existencial e histórico, Jesús de
Nazaret.
La prolija obra de
García Bacca tiene algunos ejes articuladores de coherencia
(preocupación) teórica. Uno de ellos es el tema de la ciencia y
el panegírico filosófico-humanístico que él realiza de la
técnica. Como nuevo humanista erasmiano pretende reivindicar un
Elogio de la Técnica a fin de superar los refrenadores (des)humanizadores
de tantos esencialismos estériles, de todas las ontologías
deterministas o de los tradicionalismos paralizantes:
“El fin del autor se
reconcentra en que esta obra sea, en uno, invitación y
provocación; invitación, para los amigos de pensar,
provocación, para la cuerda de dogmatiqueros, transidos del
miedo a pensar ellos y del pánico de dejar que otros
piensen”
Ese eu logos,
esa bondad casi natural del logos-techne, será su
gran contribución filosófica y, a su vez, constituye su sombra,
la contradicción que cuestiona su optimismo técnico. Pero si
concedemos que un pensador no tiene (ni debe) pensar sobre todo
ni en todas las posibilidades, tal vez sea ésta una tarea que
debe ser continuada por otros, seguidores o detractores, en la
búsqueda de una inserción simbo-lógica de la bondad
real-relacional-relativa de la técnina en el mundo
humano-natural, mito-lógico, del anthropos.
Viejas preguntas para nuevas respuestas
De las muchas
cuestiones que direccionaron la investigación de García Bacca,
nos interesa destacar, en este momento, aquella que se refiere a
la relación entre la ciencia, la ética y la antropología. El
modo tradicional de abordar esta relación consiste en costurar
estos saberes dispares por sus respectivas periferias. La ética
y antropología pretenden ejercer su imperio en el momento
pragmático de la ciencia, pero, normalmente, no se sienten
cuestionadas en su ser por el saber científico-tecnológico. Los
saberes humanísticos en general y la ética y la antropología de
modo especial, se muestran ajenas a la ciencia en su desarrollo
y en su método filosófico de especular. Se parte del presupuesto
de que la ética y la antropología son saberes humanísticos que
deben crear categorías y metodologías específicas, diferentes de
aquellas propuestas por la ciencia y la técnica, que son
consideras como saberes naturales (duros) que “lidian” con
conceptos y metodos estrictametne empíricos.
Una de las grandes originalidades
de García Bacca consistió en atreverse a desafiar esta ley, casi
natural, y (se) puso la cuestión de comprender si los avances
científicos-tecnológicos:
“¿servirán para transformar, a la
altura de ciencia y técnica actuales, los clásicos conceptos y
normas de la moral?”
Esta cuestión le hizo avanzar por tierras anteriormente
inexploradas y todavía muy poco comprendidas. Para tal fin ya no
sirven muchas de las categorías antropológicas y éticas
tradicionales y por ello debe incorporar nuevos conceptos y
presupuestos oriundos de la ciencia.
A vueltas con la tradición: ¿pecado o inocencia
original?
Antes de sumergirse de
pleno en los nuevos horizontes de la ciencia, García Bacca se
siente impulsado a re/volverse con/contra la tradición cristiana
tan epidérmicamente vivenciada.
De forma
machaconamente insistente, latente y explícita, en toda su obra,
García Bacca afirma la autonomía del ser humano. En un escalón
todavía superior, reclama su ineludible potencial creador.
Mirando al horizonte, clama a los cuatro vientos que es posible
robar el fuego supuestamente reservado a los dioses. Los límites
de lo humano son inconmensubles, tal vez no infinitos, pero sí
trans/finitos.
Convicto y militante
de esta antropología, desconstruye la noción de pecado original,
que resulta insuntentable desde las múltiples prespectivas de la
ciencia. No tenemos pecado original porque no nacemos de un
tronco común; la humanidad entera no es hija de Jafet. Por
detrás de la clásica defensa de un pecado común a todo el género
humano, subsiste el interés en mostrar su incapacidad para la
autosuperación. Es el viejo dilema que pretende rebajar lo
humano para poder ensalzar lo divino. El vicio corrompe la
acción humana y consecuentemente ella no tiene credibilidad por
sí misma. En tal caso sólo la heteronomía de una Gracia superior
puede compensar tamaño desequilibrio.
Tal vez porque sintió
en su piel y en la del conjunto de la sociedad española las
desastrosas consecuencias de esta antropología de la negación
humana, García Bacca se re-vuelte con ciencia y conciencia, con
sátira y filosofía a fin de pulverizar cualquier resquicio de
esta des-humanización pecaminosamente esparcida durante dos mil
años. En el otro fiel de la balanza afirma la inocencia original
de todo ser humano. No está en cuestión una mera disputa
teológica, sino que está en jaque una visión de la persona
humana y con ella el destino posible o imposible de muchas vidas
y proyectos sociales.
La afirmación de la inocencia
original supone reconocer, también, la existencia problemática
del mal en el mundo:
“Podemos ser, y efectivamente
lo somos o podemos ser, malos, hasta malavados; pero no
maliciosos. Aficionados al mal a ratos, o en actos sueltos,
hasta en hábitos; pero no por condenación filogenética
proveniente de Noé-Jafet, Noé-Cam, Noé-Sem”
Ante todo es urgente reclamar el
ámbito de la libertad. Libertad no en el sentido
liberal-burgués, sino en su acepción antropológica de poder
crear, superarse:
“Libertad es poder creador – de
novedades, inventos, maravillas. Condición previa,
necesaria, mas no suficiente, es libertarse de las simples,
inmediatas, naturales e irreprimibles ganas de hacer uno su
real y divina gana”
¡Hé aquí, resucitada,
la virtu o arete de los clásicos! Volviendo a la
tradición cristiana, Bacca (se) identifica con la lucha que
Jacob mantuvo durante toda una noche con Él (Dios) (Gen
32,24-31). La lucha obstinada contra Él substituye la
resignación alienante de los humanos. Él bendice a Jacob porque
luchó y venció, porque desafió a Él. Él le revela su nombre (la
esencia de su ser), El-hoim, y, a su vez, cambia el nombre de
Jacob por Israel, que significa: El fuerte como Elohím. Este es
el modelo de la tradición judeo-cristiana que se contrapone al
Dios que prohíbe comer del árbol de la ciencia del bien y del
mal y que termina expulsando a los humanos de su paraíso porque
se atrevieron a transgredir el límite entre lo divino y lo
humano.
El eco de los estoicos
La heteronomía tan
recalcitrante que se respira en gran parte de los pasajes
bíblicos del A. T., llevan a una callejuela sin salida. Según
ella, la virtud hay que practicarla porque Dios lo manda, y el
vicio hay que evitarlo por los terribles castigos que conlleva.
No queda nada para el ámbito de la decisión personal, todo está
preesteblecido. Sólo resta obedecer.
En contraposición a tamaña asfixia
de la creación/libertad humana, Bacca vuelve el foco de su
pensamiento para los estoicos. En ellos re-encuentra un viento
fresco de auto-creación o de re-velación de lo naturalmente
oculto:
“¿Qué más quieres por haber
hecho algo bueno a un hombre? ¿No te basta el que lo hayas
hecho según tu naturaleza? ¿Buscarás además que te lo
paguen? ¿Los ojos exigirán, además de ver, que se les
recompense por ver? ¿Y los pies, porque marchen, exigirán
premio? ¿Lo exigirán las flores, los frutos por ser tales?”
Embebido en estos principios
estoicos, Bacca, contra la moral heterónoma del Antiguo
Testamento y, según interpretaciones, en parte del Nuevo,
considera digna de desprecio cualquier virtud que exige premio
para ser tal o para poder practicarse. De igual modo, un vicio
que no con-lleve su castigo, también resulta desdeñable como
vicio, pues sólo es vicio de forma superficial.
Bacca hace una
distinción importante entre Moral de Mandamientos y Consejos.
En la moral de mandamientos prevalece la heteronomía sobre
la libertad, la obediencia sobre la creación. El bien y el mal
están predeterminados de modo prescriptivo y sólo cabe
cumplir cabalmente los mandatos codificados. Los consejos, por
el contrario, dejan abierto el campo para la decisión personal y
la opción existencial. El consejo no impone, sino que orienta.
Hay un espacio real para seguirlo o para innovar otra forma de
actuar. En el consejo lo intrínseco prevalece. Lo bueno
resplandece por su propia bondad y no porque sea mandado, y lo
malo se constata por sí mismo y no por determinación externa.
Esa diferenciación
aparece cristalinamente entre el modo de imponerse, propio del
A.T., y la forma de ofrecerse, original del N.T. No obstante, es
cierto, que el modo aconsejable del N.T. ha sido tergiversado, a
lo largo de la historia de la Iglesia, en una codificación
interminable de dogmas, credos, morales y mandamientos que
empañaron cualquier brillo creador y sofocaron el aspecto
inédito de libre/autonomía de aquella que fue/es buena noticia.
La perversión
ético-antropológica de una moral heterónoma adquiere rasgos
dramáticos, cuando no trágicos, en su apología del sufrimiento
humano. El trueque de Dios por Baal legitimó el ofrecimiento del
sacrificio humano, de su sudor, sus lágrimas y su sangre para
alegrar y sustentar la existencia del Dios/Baal, al mismo tiempo
que servían para redimir al fiel/subdito de sus culpas y le
otorgaban los beneficios divinos. El sufrimiento humano se
transmutó en la genuina fuente de salvación, y pasó ser exigido
como tributo necesario por Baal.
En esta breve
intromisión de García Bacca en la teoría sacrificial y sus
consecuencias, quedan indicados desafíos importantísimos que
deben ser más desarrollados y que apuntan para la comprensión
victimaria de muchos modelos institucionales actuales e incluso
de nuestro sistema social hegemónico.
Un sistema, institución u
organización que legitima la necesidad de víctimas para que el
engranaje de su lógica exista, no es nada más, ni nada menos,
que la transmutación (transustanciación, dirá
García Bacca)
de la sustancia del ídolo sediento de sangre humana en un modelo
racionalizado, científico-técnico (¡hé aquí uno de los muchos
desafíos puestos a García Bacca!). Modelo que puede ser el de un
sistema económico (ultra-liberalismo), que justifica como
necesarios a la lógica/racional/científico/técnica del sistema
la existencia de masas ingentes de excluidos sociales y de
muertes por inanición, emigración o de estúpida obesidad. Pero
también puede ser la lógica sacrificial de una
institución/organización que necesita hacer, generar víctimas
para que sus objetivos sigan en pie. ¡Que terrible laicización
del milenario acto del sacrificio humano para los nuevos ídolos!
García Bacca constata
y predica una neo-paganización. Nos paganizamos al humanizarnos,
al tomar conciencia de nuestra autonomía, de las potencialidades
creadoras puestas o robadas por nuestras manos. Parece una
venganza de los hombres contra el Dios que los expulsó de su
paraíso por haber comido de su árbol del conocimiento, o contra
los dioses del Olimpo que atormentaron cruelmente a Prometeo por
atreverse a robarles su tecnología más preciosa, el fuego.
Paganización no significa, sólo, descreencia, sino afirmación
ilimitada de las posibilidades creadoras del ser humano. En la
práctica todos somos paganos, incluso los propios monasterios
que se transformaron en turisterios, nada escapa a la
nueva y avasalladora onda de paganización.
Las premoniciones de
Weber sobre el desencantamiento del mundo son constatadas por
García Bacca y ampliadas, si cabe, no sólo desde el conocimiento
sino desde la perspectiva de una acción creadora que es
impulsada por vectores transfinitadores.
La Vida: los vivenciales
Siguiendo las huellas de Bergson,
García Bacca define la vida diciendo que,
“La Vida, el Vivir, es surtidor:
provee de agua, la lanza hacia arriba, en chorro. La Vida es
algo así cual surtidor de novedades: provee al hombre de
novedades, y a la vez las lanza hacia a arriba, hacia lo
transcendente”
El texto anterior es
suficientemente elocuente sobre el entusiasmo e importancia con
que García Bacca aborda el tema de la Vida. Tema humanístico por
excelencia, desafía la posibilidad de introducir categorías
técnicas o científicas para comprender, siempre parcialmente,
los procesos vitales. Ahí reside una de las grandes
originalidades de la obra de García Bacca.
La Vida, el Vivir, es,
esencialmente, un acorde vital. Un acorde en el sentido musical
del término. Nuestro vivir es una sinfonía musical nunca pre-escrita,
pues su nota fundamental es la creación. El acorde vital se
nutre de cuatro surtidores principales:
surtidor de novedades, surtidor de
espontaneidades, surtidor de originalidades, surtidor de
transcendentalidades.
Todos los surtidores
de la vida tienen en común la creación, la novedad vital que
genera lo sorprendente. Los surtidores desdeñan una apertura
ilimitada da la Vida y la acción humana. Ilimitada significa que
la Vida no está definida por ningún pre, ella es siempre
indefinida, porque es el surtidor de novedades.
Ella improvisa de forma casual, por ocurrencias o sopetones,
sospechas o sustos, es el surtidor de las espontaneidades.
La Vida es ingeniosa, genial, descubre, inventa, todo mana del
surtidor de las originalidades. Y por último, la Vida
indica un hacia ->..., impulsa para el más allá, promueve el
éxtasis, cría los anhelos, siempre se direcciona para un extra,
ella está impulsada por ascensores o vectores que son sus
surtidores transcendentales.
Existe una diferencia
fundamental entre los vivenciales y la ciencia. Los vivenciales
son creación inédita, ellos son imaginación, en el decir
de García Bacca, inventiva. Carecen de un pre. No existe
una novedad prefabricada, ni una creación prehecha,
ni un sentimiento preprogramado. La Vida, los auténticos
vivenciales, carecen de pre, de previos, de premisas,
de prejuicios, de presunciones. Su origen remite
al misterio de la creación humana, al castizo porque sí,
o, en cuanto creación ontológica, surgen de la nada.
Pero el mundo de la
ciencia no resiste la novedad total. Todo tiene un pre y
un porqué. Un teorema tiene por pre los axiomas y
por porqué sus consecuencias, es decir, otros teoremas.
Esta distinción nos
remite a una comprensión original de la praxis humana. La
racionalidad no puede explicar el porqué de la acción
humana, porque ella no controla las premisas previsibles
que permitan predeterminar el porqué de esa
acción. Estamos en la frontera de la racionalidad. Ella comprobó
que tiene límites muy definidos, los cuales, a su vez, son
superados de otro modo por los vivenciales humanos. Éstos se
constituyen en paradigmas que transcienden y empequeñecen el
propio concepto de racionalidad.
La praxis humana no
tiene una razón suficiente que la explique. Ella remite al
misterum de lo humano que no puede ser racionalizado. No es
lo racional que explica lo humano, sino que lo humano
desracionaliza lo racional y lo incrusta en el sin fundo
indeterminable de un más acá, a la vez que lo remite para un
horizonte no prognosticable de un más allá.
Lo humano no se
explica ni explicita totalmente en lo racional, lo cual no
significa que no sea razonable, en parte, o que lo racional no
sea una exigencia que deba ser inquirida de cualquier acción o
reflexión humana. Eso sin pretensión de agotar explicativamente
lo humano en lo racional, ni exhaurir predetermidamente
el modo de ser de las personas o de las sociedades.
En ese juego
tensional de indeterminación e irracionalidad, García Bacca
subraya la pertinencia de la teoría de probabilidades que nos
permite comprender la difícil interacción existente entre
necesidad y libertad. En la vida siempre existe un
elemento de necesidad inherente a las circunstancias, al
aquí y ahora, a los condicionantes ya dados, a la realidad
natural, a la construcción socio-histórica en la que se
desarrolla. Nadie puede negar lo que ya es, eso es
una necesidad de la cual tiene que partir para cualquier
pretensión de acción.
Como en un juego de
dados que necesariamente debe caer una de las caras para poder
jugar, la acción humana debe partir de los condicionantes,
necesarios que la conforman. Pero así como no existe nunca
determinación que pueda decir de antemano qué número va caer en
el dado, no existe teoría probabilística que defina qué acción
debe ser ejecutada, qué idea debe ser creada, etc. El deber ser
deja espacio para el azar, y este es identificado, en la
persona, con el misterio de la creación/libre.
García Bacca usa la categoría
coimplicación para explicar la integración de los cuatro
vivenciales.
Ellos interactúan coimplicando necesidad-y-azar.
Originalidad, espontaneidad, novedad y trancendentalidad se
imbrican interactuando en el proceso creador de la acción
humana.
La amenaza entrópica de la Vida
La entropía rige como
ley inexorable en todo el universo. Ella cuestiona nuestra
concepción del orden y de la armonía. Ella es, desde diversas
perspectivas, la gran amenaza de la Vida. La entropía desecha
como inservibles todas las opciones o posibilidades que no
fueron realizadas en los diversos órdenes físicos, naturales,
biológicos, vitales y hasta espirituales.
Lo que denominamos
orden no es nada más que una posibilidad entre las trillones o
indefinidas posibilidades de ser. Por el cálculo probabilístico
el orden que organizamos para un conjunto de doce objetos es uno
entre 500.000.000. Ahora imaginemos el universo, los multillones
de elementos y objetos y, según la teoría de probabilidades,
aquello que denominamos orden del universo es una posibilidad
entresacada de un número indefinido de posibilidades de ser
(que casi podemos denominar de infinito, si no fuese abusar
demasiado del término), y cada una de esas multillones de
posibilidades serían nuevas formas de orden y armonía universal
tan válidas como la que actualmente existe.
Podemos caracterizar,
pues, el orden como un estado excepcional, único, en
cuanto el desorden es universal, innumerable e invade todos los
ámbitos del universo. La entropía va borrando como inservibles
la diversidad no concretizada. De este modo ella va apagando la
pluralidad del universo estableciendo una dinámica de
uniformización de las diferencias y equilibración de las
diversidades.
La entropía es una ley
universal que afecta a todos los ámbitos desde el dominio
molecular al espiritual. Ella tiende a establecer una especie de
fría monotonía universal y la Vida no escapa a esta dinámica.
Aparentemente ella impone un determinismo que afecta
invariablemente a los propios vivenciales. Si así fuese, la Vida
tiene frente a sí un potencial superior a ella misma, es decir,
la entropía. Ésta niega o apaga la dinámica de la creación e
impulsa la uniformización fría de una única orden donde todo se
congelaría en un hipotético punto de colapso final.
¿Puede la Vida vencer
la dinámica de la entropía? ¿Cómo se realiza esa confrontación?
¿Dónde podemos otear ese punto de Esperanza Vital? García Bacca
apunta una original aportación a este grave dilema. El hombre
tiene un potencial radioantropológico que impulsa una
creación indefinida y neutraliza la acción de la entropía.
Antropología de la creatividad: la
radio-antropología
La radiactividad, lejos de ser una
propiedad exclusiva de algunos cuerpos, se manifiesta como una
dimensión de toda la materia:
“Todos y cada uno de los entes,
a medida de su ser, - cual condición necesaria -, son
radiactivos, es decir: espontáneos, causa sui; de cada uno
arranca de por sí una cadena causal más o menos larga y
complicada”
No existe una armonía
natural preestablecida que determina un orden fijo e
inmutable de los elementos. Lo natural es el caos, es decir, la
creación incondicionada en todas las direcciones posibles y por
todos los elementos del universo. En el interior de la aparente
estabilidad de un átomo se desarrolla una enhebriante actividad
creadora, un incontrolable campo de fuerzas interactúa
continuamente para establecer la cohesión y provocar los
incesantes cambios moleculares. Esa frenética e incontrolada
interacción no está totalmente programada, pero tampoco actúa de
modo absolutamente incontrolado, ella se irradia como fuerza
siguiendo la ley probabilística que correlaciona necesidad y
azar.
En esta instigante
concepción de la creación radioactiva de todos los cuerpos,
aflora la más genuina tradición filosófica de Plotino. El
Absoluto, “energía concentrada en sí misma”, es
securalizado, paganizado, por García Bacca, realizando, de modo
coherente, la transición de una radioteología para lo que él
denominará una radioantropología.
La propiedad radiactiva de todos
los elementos del universo se redimensiona en el ser humano y
adquiere virtualidades de creación pura. La persona irradia
novedad histórica. El hombre deconstruyó su complejo de
inferioridad de mera criatura dócil y recuperó (o robó) el don
divino de ser causa sui. Con ello rescató la genuina
tradición cristiana de que el hombre fue creado a imagen y
semejanza de Dios, no por el simple hecho de poseer un
conocimiento pasivo, racional, sino por tener el don de la
creación activa. De este modo el hombre integra y desarrolla el
gran atributo divino de la creación:
“Dios creó el universo; el
hombre lo recrea en mundo. Sustituye un decreto divino por
un proyecto humano; y a sí mismo reformase de creatura de
Dios en creatura de sí, en causa de sí; es decir, en
creador, ganándose el título paso a paso, invento a invento;
y no, siéndolo por aristocrática manera de herencia de ser –
o de esencia y naturaleza”.
La entropía inexorable
de universo se neutraliza delante de la dimensión
radioantropológica del ser humano. La creación humana no se rige
por la conjugación de elementos definidos, sino por le
emergencia de novedad inédita. La entropía funciona cuando
existe un número de elementos ya dados, limitados, aunque sea en
gran número. Pero ella no puede uniformizar el proceso creativo
del ser humano, ya que éste no se restringe a una formación
aleatoria de elementos definidos, sino que, a través de su
acción creadora, introduce algo nuevo que antes no existía.
García Bacca
desarrolla ampliamente la metáfora del uranio radioactivo y su
relación con la creación humana. El uranio se desintegra a
partir de una masa inicial y otra residual, de igual modo
coexisten en el ser humano una base natural que establece el
fondo de la necesidad y una naturaleza creadora que realiza el
espacio de la libertad. Éste es el fundamento de la
radioantropología.
Recursos radioantropológicos del ser humano
La creación
radioantropológica no es infinita, pero tampoco se limita a las
posibilidades combinatorias de elementos dados. La creación
humana está impregnada por la tensión coimplicante de la
necesidad-y- el azar. A su vez los resultados de esa acción se
diversifican según la teoría probabilística.
Cualquier
procedimiento probabilístico es comprobable cuando el número de
elementos es suficientemente grande, y para ello es necesario
que las posibilidades sean del orden del número de Avogadro:
cien mil trillones. La humanidad adquirió un crecimiento
numérico tal que, por primera vez en su historia filogenética,
su proceso histórico está regido por la teoría probabilística.
La teoría
probabilística organiza el conjunto entorno al esquema de una
mayoría y dos minorías, siendo que una minoría es supra y otra
infra. Explicamos. Cualquier combinación de elementos
suficientemente numerosa por su cantidad y calidad da como
resultado una mayoría de elementos que tienen características
semejantes y dos minorías, una que tiene características
superiores, son los supra, otra inferiores, los infra.
El modo probabilístico
contrasta frontalmente con las teorías necesitarias o de
imposibilidad. Lo necesario obedece a la disyunción de existir o
no existir, y no permite la existencia de un conjunto medio ni
la posibilidad de cambios imprevistos. Mientras que lo probable
se rige por alternativas posibles, todas ellas probables y
posibles al mismo tiempo. Aunque algunas se verifiquen con más
frecuencia, no se pueden excluir otras ni negar su posibilidad
de ser. Al mismo tiempo los elementos que hacen parte de las
minorías pueden saltar para el conjunto de las mayorías y
viceversa. No existe un orden rígido o de jerarquía inamovible
entre el conjunto de la mayoría y las dos minorías supra e infra.
A veces ocurre que un elemento forma parte de la mayoría o de
una minoría en uno u otro momento, según circunstancias. Nada
está definido, todo es posible, aunque las posibilidades están
sujetas al juego de probabilidades. La mayoría rige con más
intensidad el comportamiento del conjunto, pero no lo determina
ya que siempre existe la posibilidad de que elementos supra o
infra interfieran en el conjunto modificando el resultado final.
Incluso, en el desarrollo de los acontecimientos, el nivel o
concepto de la propia mayoría puede ser modificado a través de
la acción de los elementos supra o infra elevando o rebajando la
media de la mayoría.
Es importante resaltar
el término actual para entender la repercusión del método
probabilístico en la acción humana. Sólo en la actualidad se ha
conseguido el número suficiente en cantidad, calidad y
diversidad de recintos de la humanidad para que el método
probabilístico actúe de modo permanente e inexorable sobre la
acción humana. En el momento que la tierra alcance el número de
5.000.000.000 de habitantes, la ley probabilística de una
mayoría y dos minorías se irá imponiendo paulatinamente. A
medida que aumenta el número de habitantes, la ley
probabilística de una mayoría y dos minorías irá rigiendo de
modo cada vez más inexorable los procesos históricos y las
realizaciones humanas. Del mismo modo que tales leyes se imponen
cuando el número de moléculas de aire encerradas en un
centímetro cúbico asciende un trillón a un cuatrillón...octillón,
así las sociedades actuales y futuras se redimensionarán en
todos los ámbitos entorno a una mayoría -que define la media de
la sociedad -, y dos minorías, una infra –que no alcanza a media
de la mayoría– y otra supra –que supera la media.
García Bacca asume la convicción de
que la realidad está impregnada de una base lógica, más
especificante, matemática. En este sentido:
“El material básico del universo
está, pues, calado, empapado, impregnado de espiritualismo”.
El proceso de
racionalización ha permitido al ser humano apropiarse del
universo, lo ha hecho de él. Él se ha universalizado y el
mundo se ha humanizado. La correlación es de pertenencia mutua.
Ambos se corresponden, razón de la materia, hombre del
mundo, o material razonable y mundo humano. El universo se ha
humanizado y el hombre se ha universalizado.
Finito, Infinito, Transfinito: Transfinitadores
y refrenadores humanos
El uranio puede emitir
radioactividad de forma explosiva, destructiva. Es el poder
infinito de la radiación que se expande de forma descontrolada.
También, en sentido inverso, puede desaprovechar su
radiactividad desintegrándose imperceptiblemente sin ningún
resultado concreto aparente. Pero la radioactividad del uranio
puede ser encauzada de modo creativo (técnico) para una
productividad benéfica, puede generar energía, curar
enfermedades, etc. Del mismo modo, el complejo de finitud humana
puede anular la acción creadora de la persona. O puede encauzar
el potencial radioactivo de forma productiva, generando energía
u otras formas de realización constructiva. Está última
alternativa de la radioactividad sitúa al ser humano en el
horizonte de lo transfinito. Entre una acción creadora
pura, infinita, que es ilimitada, irrestricta, inalcanzable y
una finitud avasalladora, emerge la figura de la transfinitud.
El ser humano es transfinito porque tiene la potencialidad de
transcender todas (o casi todas) las finitudes que lo envuelven.
“El hombre ha inventado, está
inventando, las maneras y procedimientos de hacerse finito
por el único medio determinado y eficaz que es trans-finitarse:
superar por leyes y pasos graduales y graduados (función) su
natural finitud y definición”
El infinito es una
esencia heredada, en cuanto que el transfinito es una conquista
realizada de modo gradual y programático. Los números
transfinitos propuestos por Cantor son redimensionados por
García Bacca en una dimensión antropológica que resquebraja la
finitud cuantitativa y cualitativa y permite evadirse para una
infinitud finitada cuantitativamente y bien definida
cualitativamente. El infinito proyecta una suprema (infinita)
vaguedad, en la cual se empacota a Dios como siendo su atributo
exclusivo. El transfinito concreta las indefinidas posibilidades
humanas, él es un atributo real y verdadero que proclama la gran
alabanza del hombre.
De forma gradual
García Bacca va trenzando el imaginario de la paganización. Lo
pagano no se restringe a ignorar o negar a Dios, sino a creer en
el hombre como el gran heredero de la divinidad. En los
bastidores, y también en el palco, resuena el eco acusador de
Zaratrusta: ¡Nosotros hemos matado a Dios!, ya no hay lugar para
lo divino, nosotros ocupamos ese lugar.
La finitud no es la
gran realidad humana, sino su espejismo. El ser humano no es
finito por naturaleza, ésta le conclama para lo transfinito. Lo
finito es el mundo de la necesidad, de donde él parte, pero su
meta consiste en transcenderlo para un horizonte
ilimitado de posibilidades.
Lo transfinito
correlaciona tensionalmente las dos dimensiones contradictorias,
finitud e infinitud. Envuelto por esa tensión, el ser humano
crea transfinitadores que le posibilitan transgredir
la finitud presente y le permiten transcenderse para una
indefinida infinitud. Pero también experimenta refrenadores
que le anclan en su finitud y pretenden frenar sus posibilidades
de ser.
García Bacca menciona
como ejemplos de refrenadores la gran mayoría de dogmas e
instituciones religiosas o sistemas sociales autoritarios que
pretenden frenar la creación humana, sintiéndose amenazados por
la novedad, paganizante, de la innovación social. Dentro de ese
antros de autoritarismo también florecen transfinitadores que
posibilitan deconstruir su cerca sofocante, es el caso del
Cantar de los Cantares en el A.T. o los Hermanos Karamazov, El
Doctor Zivago, en la Rusia zarista, etc., transfinitadores que
estimularon la deconstrucción de un sistema férreo de
refrenadores ideológicos, políticos e institucionales.
No obstante,
transfinitadores y refrenadores están inexorablemente
correlacionados y ambos realizan funciones esenciales para la
creación humana. Si sólo existiesen transfinitadores, las
creaciones humanas explotarían como pirotecnia brillante de una
noche efímera. Los refrenadores ejercen, también, la función de
valorar y consolidar elementos específicos de una acción
creativa. Por medio de los refrenadores se consigue dar una
mayor durabilidad histórica y aceptación social a las creaciones
transfinitadoras. Si la Oratio de hominis dignitate, de
G. Picco de la Mirandola fue un gran transfinitador en su época,
hoy puede ser releída como un refrenador que está incorporado,
en gran medida, en el pensamiento oficial de las actuales
sociedades liberales.
Prometeo o Jesucristo
son transfinitadores que también fueron y son usados como
refrenadores. Prometeo fue y es puesto como un ejemplo de lo que
ocurre a aquellos que se atreven a desafiar a los dioses,
concluyendo que el lugar de los humanos es la finitud obediente.
Jesucristo fue y es usado como símbolo legitimador de poderes,
dogmas, censuras y exclusiones que desdicen lo dicho y lo hecho
por el nazareno.
Concluimos esta breve
exposición situándonos en nuestro punto de partida. Las palabras
de un sabio no son recetas para su mundo ni para mundos
venideros, sino iluminaciones para que cada uno pueda asumir su
real condición de creador transfinito. No existe una verdad
definida que nos permita catalogar los refrenadores como malos y
los transfinitadores como buenos, ni lo contrario tampoco. No
podemos saber de forma prededeterminada o fija cuándo los
refrenadores o transfinitadores son buenos o malos. Hé aquí el
gran desafío de la creación/libertad humanas; el bien y el mal
en las manos del humus-divinizado, listo para construir la
transfinitud de un paraíso posible o la tragedia de un infierno
hipotético (posible). Como conclusión queremos proponer a modo
de mediación/meditación estas palabras de nuestro autor sobre
nosotros mismos:
“El hombre es ‘invento’, tal
sería la única definición buena de hombre, pues es
definición desdefiniente, dialéctica. Y que el hombre sea
inventor – en todos los órdenes: de técnico, por político...
a religioso y científico... – es el dato básico y típico de
la antropología actual”
Castor Bartolomé
Universidad de UNISINOS (Brasil)
[Fuente: Carlos Beorlegui, Cristina de la
Cruz y Roberto Aretxaga, Editores. El pensamiento de Juan
David García Bacca, una filosofía para nuestro tiempo (Actas
del Congreso Internacional de Filosofía: Centenario del
nacimiento de Juan David García Bacca). Bilbao: Universidad de
Deusto, 2002.]
© José Luis Gómez-Martínez
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