Manuel González Prada

 

González-Prada
(1844-1918)

Manuel González Prada nació, el 5 de enero de 1844 en Lima, Perú, en el seno de una familia conservadora, acomodada, católica, fuertemente antiliberal e influyente en la sociedad peruana. A pesar de este entorno familiar, González Prada se muestra anticlerical y librepensador en su comportamiento personal y en su obra. Formado en el positivismo, no acepta el determinismo que dominaba en su época, aunque usa el método “científico” como el más apropiado para desarrollar su pensamiento de carácter utilitarista. Es de tendencia liberal en sus primeras obras, para evolucionar a posiciones anarquistas en sus obras maduras. González Prada muere en Lima el 22 de julio de 1918.

La educación de González Prada sigue las vicisitudes de su familia. De 1855 al 1857 estudia en Valparaíso en un colegio inglés (por razones políticas su familia vivía en Chile). Allí aprendió inglés y alemán. De nuevo en Perú, le matriculan en el Seminario Eclesiástico de Santo Toribio en 1858, pero en 1860 deja el seminario. Por influencia de su padre inicia en 1862 estudios de derecho, pero a su muerte abandona la carrera. En 1967 comienza su actividad de escritor con ocasionales artículo en el periódico El Nacional; son ensayos de fuerte crítica, pero firmados bajo seudónimo. Por estos años escribe fundamentalmente poesía.

Los años 1879-1883 son decisivos en la vida de González Prada por el impacto que tuvo en él la Guerra del Pacífico (Bolivia y Perú fueron derrotadas por Chile que ocupó la ciudad de Lima). González Prada participó en la Guerra del Pacífico como oficial del ejército. A partir de 1884 empiezan a aparecer sus ensayos. Participa también activamente en la vida intelectual de Lima y en 1887 fue elegido presidente del Círculo Literario. Adopta por estos años una posición combatiente, de crítica mordaz contra la visión conservadora y colonial que él veía como la causa de la situación de postergación en que se encontraba Perú. Su crítica se dirige ante todo contra las fuerzas políticas que no tenían en cuenta los intereses del país y contra el clero. Trata los más variados temas, desde lo filosófico y religioso a lo político y estético. Su prosa, aunque de combate, es refinada y acusa ya las influencias del modernismo en la transformación del idioma español.

En 1891 parte para Europa donde va a residir hasta 1898. Vive principalmente en París dedicado al estudio (sigue cursos de Renan en el Colegio de Francia) y escribe ensayos que luego recopilará bajo Paginas libres (publicado en 1894 en París). Asiste al Congreso de Librepensadores de Ginebra (1894) y viaja a España donde conoce a los intelectuales más destacados de su época (Valera, Castelar, Menéndez Pelayo, Campoamor...), a Unamuno y a otros miembros de lo que luego sería la Generación del 98.

De regreso a Perú en 1898, toma una posición de fuerte crítica ante el gobierno de Nicolás de Piérola y contra la Iglesia. Prohíben algunas de sus conferencias y funda los diarios Germinal y El Independiente. En ellos mantiene su oposición al gobierno, a la política tradicional, a favor del pueblo, de los obreros. Los ensayos de esta época se reunieron luego (póstumamente, 1936) en un libro Anarquía (en 1941 se editó de nuevo como Prosa menuda). Por estos años (1902) toma parte activa en la Liga de Librepensadores.

En 1904, publica González Prada su ensayo “Nuestros indios” que luego se incorpora en su libro Horas de Lucha (1908). Este ensayo es uno de los más leídos de González Prada y de los que causó más repercusión en su época. Forzó el inicio de una nueva aproximación a la situación del indio en las letras y en el debate nacional. Horas de lucha influyo mucho en la generación joven, como señalaría luego José Carlos Mariátegui. La mayor parte de sus ensayos se publicaron póstumamente. Peter Earle y Robert Mead resumen así la aportación de González Prada: “Aplica su criterio severo y penetrante a la realidad peruana e hispanoamericana y expresa sus juicios en artículos y ensayos mordaces, flagelantes, de un tono agresivo rara vez igualado en español. Escritor de una sinceridad poco común, su lema podría resumirse en una de sus frases predilectas: ‘La verdad no conoce hora ni lugar fijos, ocasión adversa o propicia: se la enuncia cuando se la encuentra’. Demoledor de lo que considera ser la herencia nociva del pasado, durante su vida es el escritor más genial de su país. Vivo, gana relativamente pocos discípulos en su Perú conservador, y es temido y denunciado por el gobierno, la aristocracia y el clero; muerto, sus libros le van agrandando y crecen sus admiradores. Sus incesantes ataques al colonialismo tardío en América, a todas las formas de la injusticia social, a las instituciones que se prestan a los privilegios inicuos –el Estado, la propiedad y el ejército–, no han perdido su actualidad, sino todo lo contrario. Y es el primero en llamar la atención sobre la necesidad de incorporar al indio a la estructura social de su país sobre una base de redención por la educación, el pleno ejercicio de sus derechos cívicos y la regeneración espiritual” (Historia del ensayo hispanoamericano. México: Ediciones de Andrea, 1973).

 

 

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