PRESENCIA DE ORTEGA Y GASSET EN AMERICA:
DOS POLOS EN EL DESARROLLO DEL PENSAMIENTO IBEROAMERICANO
José Luis Gómez-Martínez
El estudio de la
presencia de Ortega y Gasset en Iberoamérica, motivado con
frecuencia por los compromisos de las fechas conmemorativas, ha
quedado relegado en el mejor de los casos a una visión
fragmentaria de su influencia en determinados países y a las
invariables y en ocasiones impertinentes consideraciones sobre
la visión que tuvo Ortega de América. Los mismos juicios
profundos de un Francisco Romero, de un Leopoldo Zea o de un
Jaime Benítez, publicados en 1956, no han podido sustraerse de
cierto aire panegírico.[1]
Y si ello no impidió que se convirtieran en tópicos que darían
el tono a tantos estudios posteriores, no llegaron, sin embargo,
a motivar investigaciones que analizaran la validez de sus
afirmaciones.
Mi propósito en este
estudio es el de valorar el significado de la obra de Ortega y
Gasset dentro del cuadro totalizador del desarrollo del
pensamiento iberoamericano del siglo XX. Sólo así se hace
inteligible la repercusión que tuvo su pensamiento y se explican
las situaciones ambivalentes que caracterizan, por ejemplo,
obras tan provocativas como la de Francisco Larroyo, La
filosofía americana. Su razón y su sinrazón de ser, en la
cual su autor a pesar de guardar cierta distancia crítica ante
la obra de Ortega, tiene que reconocer, sin embargo, que “sin
Ortega, no es historiable, hoy, la filosofía en Iberoamérica”
(145). Así es, en efecto, aunque para ello es necesario ver a
Ortega desde el contexto iberoamericano; es decir, desde su
función en el desarrollo de la historia de las ideas
iberoamericanas; sólo de esta forma alcanzaremos a mostrar la
trascendencia del papel que le tocó desempeñar.
El panorama
intelectual a comienzos del siglo XX se muestra uniforme en los
diversos países iberoamericanos. Existe un consenso de que el
siglo XIX, en su realización práctica, es la historia de un
pensamiento que ha fracasado. Y había fracasado, porque se
pretendió ser una proyección europea en un principio y seguir
los pasos del mundo anglo-sajón después. En ambos casos se
imitaron formas extrañas, mientras se cerraban los ojos a la
circunstancia iberoamericana. Pero si era cierto que se había
fracasado, también lo era que la toma de conciencia del fracaso
mismo incitó a una búsqueda de la identidad iberoamericana, por
lo que el siglo XX se inicia con un dinámico proceso de
autoanálisis y con un deseo de independencia cultural. Rodó
opone en Ariel (1900) una posible trayectoria
iberoamericana a la pauta del progreso material del mundo
anglo-sajón; y más importante todavía, se comienza el análisis
sistemático de la propia circunstancia con obras como Nuestra
América (1903), del argentino Carlos Octavio Bunge; o de
Pueblo enfermo (1909), del boliviano Alcides Arguedas.
Bajo el eco todavía de
las palabras de José Martí (1891): “El buen gobernante en
América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el
francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país”
(38), se inicia ahora la recuperación de toda una línea de
pensamiento marginada durante el siglo XIX. Así, cuando el
mexicano Justo Sierra nos dice en 1910 que desea una universidad
que se proponga “adquirir los medios de nacionalizar la ciencia,
de mexicanizar el saber” (60), está reafirmando lo mejor del
pensamiento de Simón Bolívar, de Andrés Bello o de Juan Bautista
Alberdi. Los pensadores finiseculares más destacados,
independiente de su lugar de origen, parecen poseer esta visión
renovadora que da unidad al pensamiento iberoamericano. A pesar
de las indudables diferencias regionales tanto José Martí
(cubano) como Eugenio María Hostos (puertorriqueño), Justo
Sierra (mexicano), Manuel González Prada (peruano), Euclydes da
Cunha (brasileño), Franz Tamayo (boliviano), José Enrique Rodó
(uruguayo) o José Ingenieros (argentino), responden a unas
mismas inquietudes y a un intento común de recuperar la propia
circunstancia, convencidos de que únicamente desde ella podrán
iniciar un proceso creador, que les permita conseguir la
independencia cultural iberoamericana.
Durante la primera
década del siglo XX los esfuerzos siguen siendo individuales y
sólo lentamente se empiezan a perfilar tres núcleos definidos;
dos de ellos, el mexicano y el argentino, asociados a la
universidad; y el tercero, el peruano, en torno a un fuerte
movimiento minoritario de reivindicación social que en la década
de los veinte dio lugar a un partido político, el APRA, pero
cuyo ímpetu fue pronto sofocado por las fuerzas conservadoras.
La obra de José Carlos Mariátegui ejemplifica el pensamiento del
foco peruano, que influyó considerablemente en las luchas
sociales de la década de los treinta, pero que no fue capaz de
continuar el proceso creador que caracterizó al pensamiento de
Mariátegui. En la historia de las ideas iberoamericanas la
experiencia peruana constituye, sin duda, un capítulo importante
de su desarrollo, pero un capítulo concluso, cuya repercusión
cultural fue pronto eclipsada por la pujanza creadora que
emergía de la revolución mexicana.
Los otros dos focos de
irradiación, el argentino y el mexicano, forman los pilares
geográficos que dieron cohesión al pensamiento iberoamericano de
la primera mitad del siglo XX y cuya proyección es todavía
manifiesta en las tendencias filosóficas actuales. Ambos surgen
durante la segunda década del siglo XX y ambos deben, en parte,
su perduración al hecho de haberse mantenido y prolongado al
amparo de las cátedras universitarias. Los he denominado
“pilares geográficos” para destacar el hecho de que su éxito
como focos de irradiación de pensamiento estuvo determinado por
otros dos factores que vinieron a precipitar y consolidar el
proceso: la revolución mexicana y la llegada de Ortega y Gasset
a Buenos Aires en 1916. Analicemos ahora por separado dichos
elementos.
1. El
surgimiento de la filosofía universitaria.
El siglo XIX en
Argentina finaliza con un intento de fortalecer los estudios
filosóficos en el ámbito universitario. Para ello se fundó en
1896 la Facultad de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires.
La primera cátedra, denominada de ética y metafísica, estuvo a
cargo de Rodolfo Rivarola y desde ella se inicia el lento
proceso para conseguir lo que Francisco Romero llamaría la
“normalidad filosófica.” La importancia de esta cátedra, que a
partir de 1923 se denominaría de gnoseología y metafísica, es
central en el estudio del desarrollo del pensamiento filosófico
argentino durante la primera mitad del siglo XX. A través de
ella quedan marcadas las etapas que jalonan su proceso y a ella
se asocian también las figuras representativas que caracterizan
su desenvolvimiento: José Ingenieros durante la segunda década
(fue profesor suplente de 1914 a 1919), Alejandro Korn de 1923 a
1931 y, finalmente, Francisco Romero de 1931 a 1946.
El proceso es similar
en México. En 1910 Justo Sierra inaugura la Universidad Nacional
y la Escuela de Altos Estudios que después sería la Facultad de
Filosofía. En 1913 inicia Antonio Caso su magisterio y dominará
durante dos décadas en el ambiente filosófico mexicano. Continúa
su labor Samuel Ramos, y a partir de 1939 surgen dos centros
culturales unidos por un proyecto común de acción: La Cátedra de
Historia de la Filosofía en México en la Universidad Nacional,
regentada por Samuel Ramos y el Seminario de Tesis en El Colegio
de México, donde imparte sus clases José Gaos.
José Ortega y Gasset y
su obra llegaron, pues, a América en un momento crucial y fueron
la chispa que incitó el proceso dinámico del pensamiento
iberoamericano. En Argentina, pueblo amorfo de inmigrantes,[2]
fue el hombre y lo que representaba lo que más repercutió en su
mundo académico. A México llegó su obra, y ello en la década de
los veinte, cuando se iniciaba ya un proceso de reflexión
después de la traumática experiencia revolucionaria. En ambos
casos la influencia de Ortega se ajustó a la circunstancia
nacional y, por ello, dio lugar a dos desarrollos diferentes
aunque complementarios, y que luego, en la década de los
cuarenta, parecen confluir en la persona y en la obra de
Leopoldo Zea.
2. Ortega
en Argentina.
Desde 1895 a 1915 el
pueblo argentino experimenta una drástica transformación
demográfica. Un auge desbordado de inmigrantes llegó a duplicar
su población en sólo diez años (de 4 a 8 millones). En 1916, el
proceso migratorio había disminuido; se iniciaba una etapa de
asimilación y reafirmación en todos los sectores de la vida
argentina. La misma cátedra de filosofía, desde 1914 a cargo de
José Ingenieros, ejemplifica este proceso. La herencia hispánica
y la “realidad” argentina son los temas con que inicia sus
conferencias Ingenieros. En 1914 publica las direcciones
filosóficas de la cultura argentina, cuyo primer capítulo se
titula precisamente “El sentido filosófico de la argentinidad.”
En la primera parte de 1916, el mismo año que llegó Ortega a
Buenos Aires, las lecciones de Ingenieros versan sobre el
pensamiento español, La cultura filosófica en España.
Estos esfuerzos, sin embargo eran aislados, sin repercusión
fuera del mundo académico. Las aulas universitarias de la
facultad de filosofía parecían retraerse del torbellino de una
población que buscaba encontrar su propio sentido en un nuevo
país. Los estudios filosóficos necesitaban renovación, abrir sus
puertas a nuevas ideas y, especialmente, salir de las aulas
universitarias e interesar a un público selecto sobre los
problemas filosóficos.
Tales eran las
circunstancias que enfrentó Ortega cuando llegó en julio de 1916
a Buenos Aires. Su personalidad destacó inmediatamente. Ante su
primera conferencia, nos señala Julio Noé, se vio ya en él a la
España joven; “no parece español” (167), se decía. Su facilidad
oratoria trascendió por primera vez las aulas universitarias y
convirtió su llegada y conferencias en noticia. Julio Noé nos
describe así su impresión ante los primeros sucesos: “Tanto fue
el asombro que produjo su primera disertación, que una
extraordinaria concurrencia quiso oír las siguientes. Abigarrada
multitud se golpeó a las puertas de la Facultad y pugnó casi a
golpes por entrar a su recinto estrecho. Las autoridades de esa
casa de estudios se vieron forzadas entonces a reclamar la ayuda
de la policía. Nunca se había visto algo semejante en sus
tranquilos y desiertos claustros. Por primera vez la filosofía
era un gran espectáculo público” (169). Estas son las mismas
conclusiones a las que llega en enero de 1917 Juan Rómulo
Fernández: “De Ortega y Gasset podría afirmarse, en su elogio,
que la influencia de su palabra ha sido tal, que al presente
tenemos aquí a la filosofía casi como cosa de moda” (29).
A la circunstancia
argentina hay que añadir en esta primera visita de Ortega, la
repercusión que el viaje mismo tuvo en él, al sentirse tratado,
al inicio de su carrera filosófica, como un consumado maestro.
Ortega tomó su misión en serio, vivió con intensidad sus días
argentinos y sintió profundamente su magisterio. “El viaje a
América determina, en Ortega y Gasset, una honda y fecunda
crisis” (IV, 261), nos dice en 1917 Alfonso Reyes. Y éste es
también el legado de Ortega: causó una crisis en el sistema
caduco de superficialidad positivista que dominaba en el
ambiente universitario argentino de entonces, y este desasosiego
intelectual obró, en palabras de Juan Rómulo Fernández, “como
fuerza inicial, como punta de la espada, algo, en fin, que era
estático y que ahora se torna en factor dinámico” (28). Años más
tarde, al historiar el desarrollo del pensamiento argentino, nos
dirá a este particular Francisco Romero, que “en sus enseñanzas
de Buenos Aires se manifestó Ortega resueltamente
antipositivista ... Estimuló la renovación que se venía
preparando, la justificó con argumentos traídos de la más fresca
actualidad filosófica europea, la aceleró considerablemente ...
Ortega acostumbró a ir a la conferencia filosófica pública y aun
a la lección de cátedra, a personas que nunca antes habían
acudido a las exposiciones orales de estos temas ... La atención
suscitada por el entonces joven maestro español preparó así el
terreno para la posterior difusión de la Revista de Occidente
y de la Biblioteca de la misma” (1950, 124).
[3]
Junto a Ingenieros, la
figura dominante por aquellos años, los pensadores más
destacados y los llamados a continuar la obra de Ingenieros,
éste muere prematuramente en 1925, eran Alejandro Korn y
Coriolano Alberini. Ambos son igualmente representantes de la
nueva nación de inmigrantes, de un país en el que se debilitaban
cada vez más las raíces coloniales. La influencia que ejerció
sobre ellos Ortega señala también el signo de la presencia
orteguiana en Argentina. Alejandro Korn, en un estudio publicado
en 1927, “Filosofía argentina,” señala con claridad el
significado inmediato de Ortega en el panorama filosófico
nacional y la repercusión que tuvo en su propia obra: “La
presencia de Ortega y Gasset en el año 1916 fue para nuestra
cultura filosófica un acontecimiento. Auto-didactos y
diletantes tuvimos la ocasión de escuchar la palabra de un
maestro; algunos despertaron de su letargo dogmático y muchos
advirtieron por primera vez la existencia de una filosofía menos
pedestre. De entonces acá creció el amor al estudio y aflojó el
imperio de las doctrinas positivistas. No nos trajo Ortega y
Gasset un sistema cerrado. Enseñó a poner los problemas en un
plano superior, nos inició en las tendencias incipientes, dejó
entrever la posibilidad de definiciones futuras, nos incitó a
extremar el esfuerzo propio. Mucho le debo personalmente, pero
creo poder emplear el plural y decir: mucho le debemos todos. De
ahí arranca su justo prestigio en nuestra tierra” (280).
Korn admiraba en
Ortega sus conocimientos de las nuevas corrientes filosóficas y
el rigor de la filosofía académica. Estos eran precisamente los
puntos a los que Ortega hizo referencia en 1924 en su ensayo
“Carta a un joven argentino que estudia filosofía.” Allí se
pedía a la nueva generación precisión y disciplina: “Son ustedes
más sensibles que precisos y, mientras esto no varíe, dependerán
ustedes íntegramente de Europa en el orden intelectual... La
nueva generación necesita completar sus magníficas potencias con
una rigurosa disciplina interior” (157-158). Pero se quiso
buscar la precisión y la disciplina en el esquema de un sistema
cerrado, con lo que se incapacitaba al mismo tiempo para la
comprensión del pensamiento orteguiano. Así sucedió en el caso
de Korn. En el estudio que venimos citando, de 1927, señala
decepcionado que en 1916 quedaron los argentinos “convencidos
que [Ortega] no tardaría en darnos un concepto propio de la
filosofía contemporánea. Esta esperanza no se ha confirmado: en
vez de filosofía nos ha dado literatura... Habríamos preferido
una vigorosa visión sintética, cimentada en tres o cuatro ideas
directoras... Pero el Perspectivismo parece ser el arte del
análisis sutil, juego o deporte tanto más ingenioso cuanto más
menudo es el tema” (280-281).
Algo semejante sucede
en el caso de Coriolano Alberini, el más genuino representante
de la filosofía universitaria argentina durante la primera mitad
del siglo XX, y que tuvo a su cargo, desde 1922, la cátedra de
introducción a la filosofía. Para él, Ortega es ante todo “el
joven filósofo español [que] nos reveló a Husserl, Max Scheler y
a muchos otros filósofos alemanes” (1949, 73). Está de acuerdo
en reconocer, como todos sus contemporáneos, que la actuación de
Ortega fue “todo un acontecimiento para la incipiente historia
filosófica argentina,” pero Alberini ve el momento culminante de
Ortega en su seminario sobre Kant (1949,73). De ahí la
evaluación que hace de la influencia de Ortega: “¿Qué debemos a
este eminente español? Fácil es contestar: un gran interés
formativo y fermental por la filosofía alemana contemporánea en
sus manifestaciones más vivientes” (1930,71).
Ortega fue en
Argentina ante todo un agitador de mentes y el promotor de la
filosofía académica. Su propio pensamiento no fue comprendido
por los maestros del momento y tanto Korn como Alberini vieron
en Ortega al divulgador del pensamiento alemán a través de la
Revista de Occidente y de los libros publicados por la
Biblioteca de Ideas del Siglo XX y los incluidos en “Nuevos
hechos y nuevas ideas.” La presencia de Ortega dio origen, eso
sí, al estudio sistemático y disciplinado de la filosofía
europea.[4]
Entre los
intelectuales no profesionales de la filosofía la repercusión de
Ortega fue de otro signo. En ellos influyó más la teoría de las
circunstancias, especialmente en su conexión con la realidad
argentina. Los mismos ensayos sobre la Argentina que publicó
Ortega a raíz de su segundo viaje, incitaron a escritores
destacados a interiorizarse en su propia circunstancia. “¿No
habrá incurrido el Espectador en un error de perspectiva?”
(153), se pregunta Roberto Giusti, para añadir en otro lugar:
“La Pampa no puede ser vista sin ser vivida; por consiguiente,
el Espectador habla de ella como a ciegas” (10). Desde la
izquierda, Anderson Imbert le acusa de falta de compromiso y
cree que las “vacilaciones” que se encuentran en la obra de
Ortega son “propias en un pensador que prefiere la teoría a la
acción” (65). Incluso Manuel Gálvez, que defiende a Ortega ante
la crítica, señala también que “no todos los argentinos pueden
juzgar las observaciones de Ortega y Gasset. Su punto de vista
europeo... reclama un conocimiento, siquiera superficial, de lo
que es en los hechos actuales, no en la Historia, la cultura
europea. Quien no haya pasado el Atlántico, por lo menos
espiritualmente, no comprenderá a Ortega y Gasset” (108). Surgen
así poderosas obras de interpretación de la circunstancia
nacional que condicionan y proyectan el pensamiento argentino.
Me refiero aquí, entre otros, a libros como Radiografía de la
Pampa, de Ezequiel Martínez Estrada, publicado en 1933; a
La Argentina en nuestros libros, de Manuel Gálvez, de 1935;
a Historia de una pasión argentina, de Eduardo Mallea, de
1937.
3. Ortega
en México.
A comienzos del siglo
XX, la fe en el positivismo, que había dominado en el último
tercio del siglo XIX en México, está en franca decadencia. Los
intelectuales mexicanos, al menos los más destacados, coinciden
en que el positivismo no ha producido los resultados que
prometía. Pero todavía entonces, se culpaba del fracaso a la
ideología misma y a sus posibles errores. El hecho de que ésta
hubiera sido importada, de que no respondiera a la circunstancia
mexicana, tanto por serle extraña como por no considerar sus
problemas pasaba desapercibido a los intelectuales, quienes de
nuevo buscaban fuera las soluciones a sus problemas. Sin
embargo, la circunstancia mexicana ya no era la misma. La
reacción contra el positivismo traía también consigo el primer
paso hacia una independencia cultural. Antonio Caso, maestro de
la generación mexicana de la Revolución, y que sucedió a Justo
Sierra en el papel de director de la intelectualidad mexicana,
hacía ya notar en 1913 la necesidad de tomar la circunstancia
mexicana como base de toda empresa. En su estudio, “El bovarismo
de la ley,” Caso expresa este nuevo sentir al preguntarse:
“¿Será la Constitución del 57 la causa de todos nuestro malos
gobiernos y de nuestras incomparables revoluciones intestinas?
La respuesta se impone: Hay que adaptar las prescripciones de la
constitución al ambiente histórico y moral” (vol. II, 184).
En este aspecto, 1913
supone el principio de un cambio brusco en el escenario
mexicano, que traería consigo de modo acelerado un despertar
ante lo mexicano, una toma de conciencia de los valores
autóctonos. En 1913, tras el asesinato de Francisco Madero, la
Revolución, que en 1910 había comenzado sin una clara base
filosófica, adquiere ahora su mayor virulencia y, dentro del
caos ideológico que todavía la caracterizó, se empieza a cargar
de ideales de reforma. Esta situación interna, agravada por los
sucesos europeos de la Primera Guerra Mundial y la Revolución
Rusa, colocan a México en una situación de aislamiento, que
ayudará y forzará a toda una generación de jóvenes
intelectuales, formados ya en el México revolucionario, a una
mirada de introspección, a un preguntarse ¿qué es México? Así
surge lo que Gómez Morín ha llamado la Generación de 1915. Como
testimonio vital de ésta época, Martín Luis Guzmán nos ha
dejado, en un libro de ensayos, La querella de México,
publicado precisamente en 1915, un precioso documento del
proceso de interiorización y del deseo y necesidad de descubrir
a México. Cree Guzmán, con plena conciencia de ser portavoz de
un nuevo modo de sentir, que si algo permanece en su libro será
“la afirmación del deber imperioso, insoslayable ya, de hacer
una revisión sincera de los valores sociales mexicanos” (vol I,
8). Ya que, continúa Guzmán, “propendemos los mexicanos, por
razones educativas, a ver siempre las cuestiones que atañen a
nuestro país--tan peculiar en su origen, en sus elementos
formativos y en su historia-- paralelamente a las que ha
suscitado la vida de otros pueblos a los cuales nos parecemos
muy poco” (9).
Ante esta situación
comienzan a llegar a México las obras de Ortega y en ellas
encuentran los mexicanos una formulación teórica de lo que ellos
ya sentían. El prestigio de un filósofo europeo venía ahora a
confirmar los anhelos mexicanos de independencia cultural, de la
necesidad de conocer su propia circunstancia y de hacer de ésta
la base de todo proceso creador. De Ortega aceptaron los
mexicanos dos conceptos básicos: la idea de las generaciones y
la teoría de las circunstancias. Ambos conceptos aparecen ya
integrados en función de la realidad mexicana, en 1927, en una
obra de Manuel Gómez Morín, significativamente titulada
1915. Según él, “el aislamiento forzado en que estaba la
República por el curso de la lucha militar, favoreció la
manifestación de un sentido de autonomía. Poco podíamos recibir
del extranjero. Razones militares y aun monetarias nos impedían
el conocimiento diario y verídico de los sucesos exteriores y la
importación de los habituales artículos europeos o yanquis de
consumo material o intelectual. Tuvimos que buscar en nosotros
mismos un medio de satisfacer nuestras necesidades de cuerpo y
alma. Empezaron a inventarse elementales sustitutos de los
antiguos productos importados. Y con optimista estupor nos dimos
cuenta de insospechadas verdades. Existía México. México como
país con capacidades, con aspiración, con vida, con problemas
propios” (7-8).
El primer triunfo de
esta nueva conciencia lo representa la pintura mural que a
partir de 1921, y a través de Orozco, Rivera y Siqueiros,
elevaron la circunstancia mexicana a categoría estética, a la
vez que proyectaron lo concreto mexicano al plano universal.
Otro tanto sucedía con la música, la arquitectura y,
especialmente, con el pensamiento filosófico. Como nos señala
Vasconcelos en 1923, se había experimentado una transformación
radical en el sentir de una sociedad: “El primer siglo de
nuestra vida nacional ha sido de vasallaje espiritual, de copia
que se ufana de ser exacta, y ésta es la hora de la
originalidad” (104-105). Surgen ahora obras tan significativas
dentro de su contexto cultural como El problema de México y
la ideología nacional (1924), de Antonio Caso, o La raza
cósmica (1925), de Vasconcelos.
En 1934 Ortega publica
otro libro, Ideas y creencias, que llega a México en el
momento en que Samuel Ramos, discípulo de Caso, madura su
pensamiento y asentaba su influencia entre la intelectualidad
mexicana de la década de los treinta. Ortega profundiza en esta
obra en conceptos básicos expuestos anteriormente y que habían
servido ya de orientación al pensamiento de Samuel Ramos. En
este mismo año de 1934, en su libro El perfil del hombre y la
cultura en México, ya nos decía Ramos que “todo pensamiento
debe partir de la aceptación de que somos mexicanos y de que
tenemos que ver el mundo bajo una perspectiva única, resultado
de nuestra posición en él” (vol. I, 176). Y de modo explícito
nos dirá años más tarde: “En esta frase de Ortega: “Yo soy yo y
mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo” veía el
que esto escribe [Samuel ramos] una norma que aplicar a México,
cuya realidad y cuyos problemas eran completamente desconocidos
para la filosofía. La meditación filosófica podía muy bien
servir a la definición de la circunstancia mexicana, a la
determinación de lo que es o puede ser su cultura, tomando en
cuenta las modalidades propias de nuestra historia y la forma en
que éstas han modelado la fisonomía peculiar del hombre
mexicano. Con estos propósitos el autor publicó en 1934 un libro
titulado El perfil del hombre y la cultura en México” (vol
II, 222-223). En 1940, con la publicación de Hacia un nuevo
humanismo, deja Samuel Ramos establecida la filosofía
mexicana en su doble vertiente: Primero, como programa de
autoconocimiento, mediante un estudio sistemático de lo mexicano
y una recuperación del pasado filosófico. Y, segundo, como
aportación mexicana a la cultura universal.
4.
Leopoldo Zea: De la circunstancia orteguiana hacia un nuevo
humanismo.
El pensamiento
iberoamericano comienza a definirse en la década de los cuarenta
al confluir el foco mexicano y el foco argentino en los
proyectos estimulados por Leopoldo Zea. Las circunstancias
internacionales favorecieron y aceleraron el proceso. Las
tensiones europeas de finales de la década de los treinta y el
estallido de la Segunda Guerra Mundial justificaban la
interiorización en la realidad americana. Además, la semilla de
Ortega y Gasset había germinado en dos direcciones que ahora
habrían de complementarse. Por una parte los estudios
filosóficos en Argentina habían adquirido un reconocido nivel de
profesionalismo, aunque bajo Korn y Alberini dependían en exceso
del pensamiento europeo, especialmente del alemán. Era una
filosofía académica, sistemática y precisa, pero que carecía de
un propósito definido, de un sentido de dirección. Mientras
tanto, en México se había iniciado el camino hacia una filosofía
mexicana, cuya manifestación académica era únicamente una
expresión más del sentir de un pueblo. Era un pensamiento que,
con presupuestos orteguianos, se había lanzado en búsqueda de su
independencia cultural.
El acercamiento entre
ambos polos lo inician, todavía en la década de los treinta,
Samuel Ramos y Francisco Romero. Ramos añade el rigor académico
a la recuperación del pasado y a sus esfuerzos en pro de un
nuevo humanismo, a la vez que se interesa por el pensamiento
argentino y estudia, por ejemplo, la obra de Alejandro Korn.
Romero, por su parte, aun sin llegar a independizarse de la
influencia europea, sí que concibe la necesidad de iniciar una
recuperación sistemática del pasado filosófico iberoamericano y
de establecer lazos de unión entre los pensadores de los
diversos países.
Se inicia así la
década de los cuarenta como una nueva promesa que cuenta además,
desde el principio, con el apoyo institucional. En México se
crea dentro del Colegio de México, en 1940, el Seminario de
Historia del Pensamiento en los Países de Lengua Española, que
funcionó en estrecha colaboración con la Universidad Nacional a
través de la Cátedra de Historia de la Filosofía en México
(1941). Samuel Ramos desde la Cátedra y José Gaos desde el
Seminario formaron a la nueva generación de pensadores mexicanos
dedicados ahora profesionalmente al estudio de la cultura
hispánica. Para la difusión de sus investigaciones contaron
desde un comienzo, además de las editoriales universitarias, con
la revista Filosofía y Letras (1941) y con la editorial
Fondo de Cultura Económica. En Argentina el proceso fue
semejante. Francisco Romero desde la Universidad primero, y a
partir de 1941 también desde la Cátedra Alejandro Korn,
inaugurada en el seno del Colegio Libre de Estudios Superiores,
inició el proyecto de publicar las historias nacionales de la
filosofía de los diversos países iberoamericanos. Proyecto que
se comenzó en la Editorial Losada y que después continuó el
Fondo de Cultura Económica.
La influencia de
Ortega y Gasset unía, pues, en la década iberoamericana de los
cuarenta a tres de sus pensadores más destacados: Samuel Ramos,
José Gaos y Francisco Romero. A pesar de sus diferencias, los
tres compartían un mismo sentido de misión, que podría muy bien
resumirse en las siguientes palabras de Samuel Ramos: “Me ha
parecido siempre que una de las maneras de hacer filosofía
mexicana es meditar sobre nuestra propia realidad filosófica, la
de los filósofos mexicanos y sus ideas, para averiguar si
existen rasgos dominantes que pudieran caracterizar un
pensamiento nacional. Para la realización de aquel proyecto me
había detenido la idea de que una historia general de nuestro
pasado filosófico sólo podía establecerse después de hacer una
serie de trabajos monográficos sobre épocas y filósofos
especiales. Naturalmente esta es una labor que sólo un esfuerzo
colectivo puede consumar, pero no sin antes despertar el interés
por este género de estudios, muy poco apreciados en nuestro
medio filosófico” (vol. II, 99).
Leopoldo Zea,
discípulo de José Gaos y Samuel Ramos es el heredero de esta
preocupación y quien encabezará la dirección más fecunda del
movimiento filosófico iberoamericano de la segunda mitad del
siglo XX. El contacto decisivo entre los focos argentino y
mexicano tuvo lugar entre 1945 y 1946; y el motivo fue un
prolongado viaje de investigación que efectuó Zea por los países
iberoamericanos. Este viaje le llevó a conocer a Francisco
Romero y a través de él a varios de los jóvenes filósofos que se
iniciaban en la década de los cuarenta. Cruz Costa nos señala a
este propósito que “a partir de 1945 lentamente comienza a
formarse alrededor de Leopoldo Zea, en América Latina, un
pequeño grupo de interesados en el estudio de la Historia de las
Ideas” (81). De estas fechas data su amistad, entre otros, con
José Luis Romero (Argentina), Arturo Ardao (Uruguay), Joao Cruz
Costa (Brasil), Francisco Miró Quesada (Perú), Mariano Picón
Salas (Venezuela), Benjamín Carrión (Ecuador). En 1947, siendo
Silvio Zavala presidente de la Comisión de Historia del
Instituto Panamericano de Geografía e Historia, se creó el
Comité de Historia de las Ideas en América, cuyo primer
presidente fue Leopoldo Zea. La primera plataforma internacional
del grupo tuvo lugar en 1950 a través del debate sobre los nexos
entre la filosofía americana y la historia de las ideas que se
originó en el Tercer Congreso Interamericano de Filosofía,
celebrado en México. Y el esfuerzo se consolidó en 1956 en
Puerto Rico, en el Primer seminario sobre la Historia de las
Ideas en América y en la Revista de Historia de las Ideas.[5]
Zea surge, pues, como
la fuerza que unió y dio dinamismo al grupo de pensadores
iberoamericanos que forjaron, en las décadas de los cincuenta y
sesenta, el renacer de un pensamiento filosófico iberoamericano
que alcanza ahora, por primera vez, repercusiones
internacionales. La labor de Zea adquiere su más acabada
expresión en la pauta a seguir que marcan sus propias obras.
Desde un principio hace suyas las palabras anteriormente
expuestas de Ramos, e inicia su investigación filosófica
profundizando en lo mexicano, El positivismo en México
(1943). Pero su obra no era simplemente una recuperación del
pasado filosófico, suponía también, como muy bien había intuido
Ramos, una “manera de hacer filosofía mexicana.” En efecto, Zea
formula ya aquí los primeros postulados de una filosofía de la
historia que, a su vez, lo proyectarán a la historia del
pensamiento iberoamericano, Dos etapas del pensamiento en
Hispanoamérica (1949), y a formular una de sus tesis
centrales: La filosofía como compromiso (1952), que en la
década de los setenta dará lugar a lo que hoy conocemos como
filosofía de la liberación. Y esta es precisamente la dimensión
creadora que adquiere en Iberoamérica el pensamiento de Ortega,
y cuyo germen, la teoría de las circunstancias, se encontraba ya
en su primera obra en llegar a América, en Meditaciones del
Quijote.
BIBLIOGRAFIA DE OBRAS CITADAS
-
Alberini, Coriolano.
“La filosofía alemana en la Argentina”
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Notas
[1]
Francisco Romero en su ensayo “Ortega y Gasset y el
problema de la jefatura espiritual,” afirma que “la
jefatura de Ortega tiene su periodo más efectivo desde
la fundación de la Revista de Occidente hasta los
momentos iniciales de la República Española” (26); “He
calificado de espiritual su jefatura--no sólo de
filosófica, no sólo de intelectual--porque durante un
lapso se extendió por todo el ámbito de la vida del
espíritu y dejó en ella una huella profunda” (28).
Leopoldo Zea en “Ortega El Americano,” afirma “que por
lo que su obra representó para nuestra América, la
hispánica, Ortega merece este apodo” (132). Jaime
Benítez, en “Recuerdo de Ortega,” añade que “en el caso
específico de Ortega, difícilmente pueda mencionarse
otra persona a quien en este siglo y en el campo de la
cultura, el mundo hispánico le deba tanto” (196). La
referencia bibliográfica completa de estas citas y de
las que se anotan a lo largo del texto se encuentra en
la bibliografía que se incluye a continuación del
estudio.
[2]
Pueblo amorfo en cuanto al origen de sus habitantes:
según el censo de 1914 un 30% de la población argentina
había nacido fuera del país. En 1895 el porcentaje de
inmigrantes era ya de 25%. Con “amorfo” no nos
referimos, por supuesto, a la cultura argentina forjada
a lo largo del siglo XIX, y cuya fuerza quedó probada
precisamente al ser capaz de asimilar e integrar en su
proceso a dicha “masa” de inmigrantes.
[3]
Ortega fue también, por supuesto, duramente criticado
por los pensadores positivistas, quienes creyeron ver en
su posición cierta arrogancia intelectual. Alberto
Palcos en una respuesta a las conferencias de Ortega
publicada entonces mismo en la revista Nosotros,
señala: “Palabras graves, sin duda. Ellas evidencian que
su autor no está bien preparado en la médula de las
doctrinas evolucionistas y que no es un filósofo de
verdad sino un literato de la filosofía. En efecto: el
determinismo y el evolucionismo, lejos de hallarse en
decadencia, pueden considerarse como las dos conquistas
más valiosas de la filosofía contemporánea. Estos dos
conceptos básicos no ahogan al hombre: lo emancipan de
miles de prejuicios y de supersticiones... Palpita en el
fondo de las frases citadas [las de Ortega] la olímpica
vanidad racionalista que odia las humildes y fecundas
conquistas de la experiencia, como si “la razón” fuera
una soberana omnímoda e infalible” (205). Pero incluso
los pensadores positivistas reconocieron la
trascendencia de su actuación, como muy bien resume
Joaquín Castellanos al evaluar el significado de sus
conferencias: “Por ellas le debemos, no la gratitud
hacia un instructor,--que tal no ha sido la índole de su
función intelectual entre nosotros, y él mismo,
sensatamente, declinó este carácter desde el
principio,--sino la que le corresponde por el beneficio
considerable que nos ha hecho suscitando la atención y
el interés de la juventud argentina y de los elementos
pensantes, sobre materias ideológicas que aquí no tienen
especialistas que las cultiven y apenas uno que otro
curioso que se asome a las ventanas de lo ignoto” (329).
[4]
Dentro del ambiente universitario Ortega era considerado
como uno de los promotores del desarrollo de la
filosofía en Argentina. En este sentido es significativa
una nota, “La cultura filosófica en la Argentina,” que
se publicó en La Libertad (16 de diciembre de
1935), de Mendoza. Se establece aquí de forma
esquemática la evolución de la filosofía en la
Argentina. El estudio consta de siete breves secciones;
pues bien, una, la sexta, se dedica a Ortega. Ello es
tanto más significante cuando sólo otra, la cuarta, se
consagra a un solo pensador, José Ingenieros.
[5]
La labor editorial que inicia Francisco Romero a través
de la Editorial Losada a principios de los cuarenta con
obras como Filósofos brasileños (1943) y La
filosofía en Bolivia (1945), de Guillermo Francovich,
es continuada en México por el Fondo de Cultura
Económica. Entre otras muchas obras se publicaron aquí
Las ideas políticas en Chile (1946), de Ricardo
Donoso; Las ideas políticas en Argentina (1946),
de José Luis Romero; La filosofía en Cuba (1948),
de Medardo Vitier; La filosofía en el Perú
(1954), de Augusto Salazar Bondy; La filosofía en el
Uruguay en el siglo XX (1956), de Arturo Ardao;
El pensamiento boliviano en el siglo XX (1956), de
Guillermo Francovich; Esbozo de una historia de las
ideas en el Brasil (1957), de Joao Cruz Costa.
[Fuente: José Luis Gómez-Martínez.
“Presencia de Ortega y Gasset en América:
Dos polos en el desarrollo del pensamiento iberoamericano.”
Arturo Andrés Roig Filósofo e Historiador de las Ideas. Edición
de Horacio Cerutti Guldberg y
Manuel Rodríguez Lapuente (Guadalajara: Universidad de
Guadalajara, 1989, 350 pp.), pp. 177-192]